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Full text of "La prisionera : comedia en tres actos"

9 6 2 



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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/laprisioneracome25213bour 



EDUARDO BOURDET 



La Prisionera 



COMEDIA EN TRES ACTOS 

Estrenada el 6 de Marzo de IQ2Ó, 
en el Teatro Fémina, de Parts, 

Traducción de Andrés Guilmain 



EDITORIAL COSMOPOLIS 

Bretón de los Herreros, 6 
MADRID 



Es propiedad. Reservados 

TODOS LOS DERECHOS 



[Jtomenaje de gratitud 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

Irene Mme. Sylvie. 

Francisca » Suzanne Dantés 

Giséle » Lyliane Garcin 

Señorita Marchand » Rauzena 

Josefina » Mazalto 

Santiago Mr. Pierre Blanchar 

Aiguines » Jean Worrns 

Montcel . .,.- » Arvei 

Jorge » Max Víctor, 



668614 



ACTO PRIMERO 



La habitación de Irene. Puerta a la derecha, que 
da al tocador; otra al foro, que da, al vestíbulo; 
otra a la izquierda, que da ala habitación de Gi- 
séle. Pocos muebles, pero antiguos y muy bue- 
nos; la cama en un hueco del aposento; butaca, 
sillas, mesa. Sobre ésta, un aparato telefónico. 
En la pared, algunas fotografías de cuadros dt 
la escuela italiana. En un rincón, un caballete 
de pintor, vuelto contra la pared, 

Al levantarse el telón, la escena está desierta; lue- 
go, la puerta de la izquierda se entreabre, y Gi- 
séle asoma la cabeza. 

GISELE 

I Irene! . . . (Entra y llega hasta la puerta de la 
derecha.) ¡Irene! . . . {Entre bastidores.) No está 
aquí, 

señorita marchand {apareciendo) 

Ya le he dicho que no había vuelto., No soivmá* 
que las seis: es demasiado pronto para ella* 



11 



EDUARDO B O U R D E T 

GISELE 

Me dijo que volvería temprano. . v Antes de la 
hora de la comida, Tiene que ayudarme a eolocar 
las flores en la mesa, 

SEÑORITA MARCHAND 

Yo, en lugar de usted, no contaría mucho con 
su ayuda, ¿Quiere usted que yo le eche una mano? 

GISELE 

Preferiría que ella estuviera aquí. Si lo hago yo, 
no tendrá ninguna elegancia. 

SEÑORITA MARCHAND 

Entonces . . . 

GISELE' 

¡Cuánto me molesta que siempre se retrase 
así! . . . Y ¿cómo voy a arreglarme para vestirme? 

SEÑORITA MARCHAND 

Pues, ¿qué necesita? 

GISELE 

Es preciso que sepa qué vestido he de ponerme. 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Y necesita usted a su hermana para elegirlo? 

GISELE 

No; pero como somos las dos únicas mujeres 
que asistiremos a la, comida, hace falta que, en 



12 



LA PRISIONERA 

cuanto sea posible, nuestros vestidos hagan juego; 
¿comprende? 

SEÑORITA MARCHAND 

¡Ah! SI. (Josefina, doncella, aparece por él foro, 
llevando una blusa que va a- dejar en el tocador.) 

GISELE 

¡Ah, Josefina! ¿Le ha dichq Irene qué vestido se 
pondrá para la comida? 

JOSEFINA 

No, señorita. No ha dicho nada, 

GISELE 

¡Qué gracia! ¡Entonces, yo no sé cómo vestirme! 
{Josefina sale.) 

SEÑORITA MAECHAND 

Póngase el vestido amarillo: es precioso, y le 
está a usted muy bien. 

GISELE 

¡El vestido amarillo! ¿Está usted loca? 

SEÑORITA MARCHAND 

¡Giséle, no estaría de más un poco de respeto a 
su institutriz! 

GISELE 

¡Perdón, señorita! La respeto a usted; pero en 



13 



EDUARDO B O U R D É T 

cuestión de vestidos, permítame que le diga que 
no entiende usted una palabra.; 

SEÑORITA MARCHAND 

Está bien. ¿Y qué es lo que le encuentra usted 
a su vestido amarillo? 

GISEI.E 

Viste demasiado . . . Papá ha dicho que se trata 
de una comida política, de americana. Seremos 
ocho, en total; sólo vendrán diputados, unos cole- 
gas de papá y dos senadores. ¡Por 16 demás, va a 
ser un latazoí 

SEÑORITA MARCHAND 

¡Vamos, Giséle! 

GISELE 

¿Qué? 

SEÑORITA MARCHAND 

Si no mide usted más sus palabras, le aseguro 
que no brillará nada en Roma. Piense que va usted 
a ser un personaje casi oficial, allá. La hija de un 
embajador no es cualquier cosa. Sus expresiones 
más insignificantes serán recogidas y comentadas, 
no le quepa duda. 

gisele (riendo) 
¿No me toma el pelo? 



14 



LA PRISIONERA 

SEÑORITA MARCHAND 

No se dice «tomar el pelo», ¡Cuántas veces le he 
hecho esta reconvención! Además, cuando no esté 
usted sola con su hermana, deberá reflexionar un 
poco antes de hablar. (El señor de Montcel apare- 
ce en el foro.) 

montcel (sin entrar) 
¿Está aquí Irene? 

GISELE 

No, papá; no ha vuelto. 

» 

montcel (como hablando consigo mismo) 

¡Naturalmente! (En voz alta.) Hola, señorita 
Marchand. No se moleste. (A Giséle.) Que me avi- 
sen en cuanto venga. 

GISELE 

Bien, papal (Montcel se dispone a salir.) ¡Papá! 

MONTCEL 

¿Qué? 

GISELE 

Si es para algo de la comida por lo que quieres 
ver a Irene, puedes decirme a mí lo que. . . 

MONTCEL 

No; no se trata de la comida. 



15 



EDUARDO B O U R D E T 

GISELE 

¡Ah! Buena 

MONTCEL 

Que me avise en cuanto vuelva, ¿en? Aunque 
haya gente en mi despacha 

GLSELE 

Sí, sí, papá. (Montcel sale.) Se prepara la tor- 
menta La sentía venir, 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Ocurre algo entre Irene y su padre? 

GISELE 

Hace ocho días que no se dirigen la palabra. 
«Buencs días, buenas noches», y eso es todo, ¡Bien 
lo vamos a pasar en Roma, si esto continúa así! 
Aquí, después de todo, papá está fuera tres días 
de cada cuatro. Pero allá . . . 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Y a qué se debe esa situación? 

GISELE 

¡Ah! . . . Eso es un misterio. (Pausa.) ¿No se 
acuerda usted cuando, el otro día, al final del al- 
muerzo, Irene preguntó a papá si podía escuchar- 
le unas palabras en su despacho? 



16 



LA PRISIONERA 

SEÑORITA MARCHAND 

Sí; lo recuerdo perfectamentev 

GISELE 

Pues bien; desde entonces están así. ¿Qué es lo 
que se dijeron? No lo sé. Se lo he preguntado a 
Irene, pero no he podido sacarle nada. Me ha di- 
cho que no me preocupe, que todo se arreglará, y 
ha hablado de otra cosa. Y he comprendido que 
no debía insistir. 

SEÑORITA MARCHAND 

¿No cree usted que su padre está enfadado con 
Irene por haber rechazado a ese señor? 

GISELE 

¿Qué señor? 

SEÑORITA MARCHAND 

Ya sabe usted: ese joven que conocía su tía. . . 

GISELE 

¡Oh! ¿Usted cree? ¡Eso es ya viejo! Data de más 
de un mes, Hace mucho tiempo que se ha olvidado. 
Como, además, es el tercer pretendiente que Irene 
rechaza en un año, supongo que papá ya se ha- 
brá acostumbrado. . . ¡Qh, no, no! Se trata de otra 
cosa. 

SEÑORITA MARCHAND 

Quizá su padre empiece a darse cuenta de que 



17 



EDUARDO B O ü R D E T 

Irene lleva una existencia un poco anormal para 
una joven. . . 

GISELE 

¡Ah, por fin! ¡Hacía mucho tiempo que no se la- 
mentaba usted de la conducta de la pobre Irene, 

señorita! 

SEÑORITA MAROHÁND 

¡Oh! Si yo no me lamento en modo alguno. Ade- 
más, eso no, me incumbe. ¡No me incumbe ya, gra- 
cias a Dios! Si estuviese encargada todavía de su 
educación, me lamentaría, quizá, y con motivo. 
¡Pero, afortunadamente, no nos hallamos en ese 
caso. 

GISELE 

En fin, de todos modos, usted no querrá que, a 
los veintisiete años, Irene lleve la misma existen- 
cia que yo, que tengo diez y ocho. 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Per qué no? La mayor de los Robien tiene vein- 
tiséis años y su hermana diez y ocho como usted. 
Pues bien; viven exactamente de la misma mane- 
ra: ñq .sa^en más que con su madre o con su ins- 
titutriz. 

GISELE 

¡Supongo que no», comparará usted a esa estú- 
pida de Valentina de Robien con Irene! 



18 



LA PRISIONERA 

SEÑORITA MARCHAND 

Son, dos muchachas de la misma edad y de la 
misma clase social 

GISELE 

¡Vamos! Demasiado sabe usted que Irene no es 
una muchacha como las demás. 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Y por qué? 

GISELE 

¿Usted conoce muchas tan inteligentes, tan cul- 
tas, tan seductoras, en todos los órdenes, como 
ella? 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Y qué? 

GISELE 

¡No se puede pedir a un ser así que viva ¡como 
una oca blanca, entre su hermanita y su institu- 
triz! ¡Se moriría de tedio! 

SEÑORITA MARCHAND 

No sé si se moriría de tedio, como dice usted 
tan amablemente; pero ello sería mejor para su 
reputación, que pasarse el tiempo fuera, siempre 
sola y sin decir nunca adonde va. 



19 



EDUARDO B O U R D E T 

GISELE 

¿Cómo? ¿Adonde va? Va al estudio, a casa de 
su profesor, ¡vaya! Va a pintar., 

SEÑORITA MARCHAND 

Sí . . . ¡En fin! 

GISELE 

¿Qué? ¿No lo cree usted? 

SEÑORITA MARCHAND 

Sí, querida, sí lo creo. Estoy segura de ello; pero 
¿qué quiere usted?, esa no es una existencia pro- 
pia de una joven: no me sacará usted de ahí. Así 
no es como se encuentra un buen marido» 

gesele 
¡Oh! Eso no' me inquieta...: El día que Irene 
quiera. . . 

SEÑORITA MARCHAND 

El día que quiera, quizá sea demasiado) tarde. 
En fin; todot eso, no me incumbe a mí; le incum- 
be a su padre, 

GISELE 

¡Oh! ¡Para lo que se ocupa de eso papá! . . „ Evi- 
dentemente, preferiría que nos casásemos las dos, 
para librarse de nuestra carga . . ., Así podría ha- 



20 



LA PRISIONERA 

cer t®das sus comidas en casa de la señora de Ga- 
llón. ¡Viviría encantado! 

SEÑORITA MARCHAND 

¡Giséle! ¿Quiere usted no hablar así de su pa- 
dre? 

gisele (sonriendo a medias) 

¿Cómo? No he dicho nada malo. Está en su de- 
recho al preferir la cocina de la señora de Gallón 
a la nuestra. Parece que, en efecto, tiene un jefe 
notable ... Yo rae pregunto cómo se las va a arre- 
glar papá en Romai, A menos que no se la lleve 
consigo, como se la llevó a Bruselas . . . ¿Usted cree 
que se la llevará? 

SEÑORITA MARCHAND 

Giséle, le ruego que deje ese asunto. ¡Eso es 
muyi incorrecto! 

gisele 

¡Bueno! No se enfade. ¡Ya me callo! (Va a be- 
sarla, riendo). ¡Pobre señorita! (Se abre la puer- 
ta del foro y aparece Irene. Giséle se vuelve) . i Ah! 
¡Aquí está! 

IRENE 

¿Qué hacen ustedes aquí las dos? 

GISELE 

Te estábamos esperando. ¿Tú sabes la hora 
que es? 



21 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

Sí; me he retrasado. No conseguía encontrar un ¡ 
taxi. 

GISELE 

Díime en seguida qué vestido te vas a poner esta 
noche. 

IRENE 

¿Qué Vestido? . . , 

SEÑORITA MARCHAND 

Giséle< no olvide el encarga que le ha dado su 
padre para Irene, 

GISELE 

¡Ah, sí! Papá ha venido a decir que le avisáse- 
mos cuando hubieras vuelto. 

IRENE 

¡Ah! 

GISELE 

Ha dicho que lo hiciéramos aunque tuviese vi- 
sitas^ 

irene (como hablando consigo mismo) 
¡Ah, ah! 

GISELE 

¿Quieres que vaya? 



22 



LA PRISIONERA 

IRENE 

Sí; haz el favor., 

SEÑORITA MARCHAND (a Giséle) 

Voy a despedirme de usted, querida. Son las seis 
dadas. Me voy. 

GISELE 

Espere un instante. Ahora vuelvo. (Irene, que 
se ha quitado su sombrero y su capa, queda pen- 
sativa. Giséle sale), 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Cómo va su pintura, Irene? ¿Está usted satis- 
fecha? 

Irene (distraída) 
¿Qué? . . . ¡Ah! Sí; gracias, señorita. 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Progresa usted? 

irene (como antes) 
Un poco; sí. 

SEÑORITA MARCHAND 

¿Y le sigue a usted interesando mucho? 

mENE (como antes) 
Sí, sí; lo mismo. (Un silencio.) , 

2 3* 



EDUARDO B O U R D E T 

gisele {reapareciendo) 
Papá ha dicho que va a venir. 

IRENE 

Bien. 

SEÑORITA MARCHAND 

Adiós, Irene,. 

IRENE 

Adiós, señorita. (Se estrechan la mano), 

señorita marchand (a Gisele, besándola) 
Hasta mañana, querida. 

gisele (acompañándola) 
Hasta mañana. Tengo lección de italiano a 
las dos. Venga usted a eso de las tres ¿quiere? 

SEÑORITA marchand 
Convenido. 

GISELE 

Iremos a dar una vuelta por el Bosque, si hace 
buen día. . . (Salen. Gisele vuelve casi inmediata- 
mente. A Irene.) No me has dicho qué vestido te 
vas a poner. 

IRENE 

No lo sé, rica. El que tú quieras; me es com- 
pletamente igual. 



2 4 



LA PRISIONERA 

GISELE 

Entonces, el malva, ¿quieres? Yo rae pondré el 
rosa. Ya sabes; el nuevo; para estrenarlo. 

IRENE 

Bien. Díme, ¿no sabes de qué quüere hablarme 
papá? 

GISELE 

No. Le he preguntada si era a propósito de la 
comida, y me ha respondido que i'O. Eso es todo 
lo que puedo decirte. 

IRENE 

¿Qué aspecto tenía? 

GISELE 

Más bien serio. . . Ahora que, como sabes, eso 
nq quiere decir nada. ¡Casi nunca está alegre! 
(Montcel aparece por el foro). 

MONTCEL 

Giséle, ¿quieres dejarnos solos, hija mía? Ten- 
go que hablar con Irene, 

IRENE 

Sí, papá. (Sale). 

montcel (después de un silencio) 
Comienzo por decirte, querida hija, que la con- 
versación que vamos a tener es extremadamente 



25 



EDUARDO B O U R D E T 

grave. Mi actitud con respecto a tí en el porvenir 
depende de ella. (Pausa). Antes de adoptar nin- 
guna resolución, he querido darte tiempo para 
que reflexiones, ¿Lo has hecho? 

IRENE 

Sí, papá. 

MONTCEL 

Entonce©, ¿quieres decirme cuál ha sido. . . el 
resultado de tus reflexiones? 

IRENE 

No he cambiado de opinión, papá. 

MONTCEL 

Lo que quiere decir . . >. 

IRENE 

Te suplico que me dejes aquí cuando te mar- 
ches a Roma. 

MONTCEL 

¡Ah! . . . Por consiguiente, estos ocho días no 
han servido de nada. Insistes en pedirme una cosa 
que, como sabes muy bien, es imposible. 

IRENE 
Insisto en pedírtela, pero no veo que sea irnpot- 
sible. 

MONTCEL 

Bien. (Pausa), ¿Persistes igualmente en no que- 



26 



LA PRISIONERA 

rer deeiiíme la causa de esa extraordinaria preten- 
sión? 

IRENE 

ÍSi ya te la he dicho, papá! 

MONTCEL 

Me has dicho que querías quedarte en París pa- 
ra dedicarte a tu trabajo, a tu pintura. Es así, 
¿no es verdad? 

IRENE 

¡Sí! 

MONTCEL 

Irene, contesta a lo que te pregunto: ¿quieres c 
no decirme cuál es el verdadero motivo? 

IRENE 

IPero si no hay otro! 

MONTCEL 

¡Vamos, eso es pueril! Si se tratase de ir a una 
isJ.n desierta o al fondo del Sahara, tu pretexto 
tendría al menos el mérito de la verosimilitud; 
pero se trata de ir a habitar en Roma; en el cen- 
tro de Italia, tierra clásica de las artes; de esa 
Italia adonde, el año pasado, me pedías sin tre- 
gua que te dejase ir, y de donde, siempre con el 
pretexto de tu trabajo y de tu pintura, no se te 



27 



EDUARDO B O U R D E T 

podía hacer volver . . , Verdad es que habías hecho 
amistad con esa gente, con esos . . „ Aiguines, que 
parecen haberse convertido desde entonces en el 
centro de todas tus preocupaciones . . .. 

DRENE 

¿Qué tienen que ver en este asunto los señores 
de Aiguines? 

MONTCEL 

Yo soy el que podría acaso preguntártelo; pero 
me limitaré, ya que estamos hablando de ellos, a 
volver a decirte que deploro esas relaciones. 

IRENE 

¿Por qué? 

MONTCEL 

Porque no es una amistad digna de tí. 

IRENE 

Pues, ¿qué se les puede reprochar? 

MONTCEL 

Muchas cosas. Ya no es una buena nota que haya 
tenido que abandonar la diplomacia en el momen- 
to de su matrimonio. 

IRENE 

¡Se ha casado con una extranjera! 



28 



LA PRISIONERA 

MONTCEL 

Con una austríaca; ya lo sé, 

IRENE 

¿Y. . . qué más? 

MONTCEL 

Si quieres, dejaremos a un lado la cuestión de los 
Aiguines. Volvamos a Eoma, donde, como te de- 
cía antes, estarás admirablemente situada para 
continuar cultivando la pintura, si esto te causa 
placer. 

IRENE 

Cuando se ha comenzado a trabajar con un maes- 
tro, no conviene cambiar, Y el mío no está en 
Roma, sino que está aquí. 

MONTCEL 

¿Trabajas mucho con tu maestro? , 

IRENE 

Sí; naturalmente, 

MONTCEL 

Todos los días, me figuro. . . 

IRENE 

Casi todos; 1 sí. 

MONTCEL 

¡Eso no es verdad! 



29 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

¿Qué? 

MONTCEL 

He ido a ver a tu maestro. 

IRENE 

¿Has! ido a verle? 

MONTCEL 

Hoy mismo. He querido salir de dudas. He ido 
a preguntarle si estaba satisfechoi de su alumna. 
Y he salido de su casa enterado del' verdadero lu- 
gar que la pintura ocupa en tu vida. 

IRENE 

¿Qué te ha dicho? 

MONTCEL 

Sencillamente, que no te había visto en su es- 
tudio desde hacía un mes, 

IRENE 

He estado trabajando en el Louvre... en una 
copia. 

MONTCEL 

¿De verdad? Pues bien; en ese caso, regocíjate, 
querida hija: encontrarás en Roma un gran nú- 
mero de museos, de galerías, donde podrás copiar 
algunos de los mejores cuadros del mundo,. 



3 



LA PRISIONERA 

IRENE 

Pero, en fin, ¿por qué tienes tanto empeño en 
que yo vaya a Rqma? 

MONTCEL 

Porque una muchacha debe vivir ail lado de su 
familia*, y tu familia, hasta el. día en que te ca- 
ses,, soy yo, tu padre.. ., aunque parece que lo 
olvidas demasiado. 

IRENE 

Si yo lo olvido, papá, acaso sea porque tú no 
te has acordado siempre de ello. 

MONTCEL 

¿Qué quiere decir eso? 

IRENE 

¡Oh! Nada. . . 

MONTCEL 

¡Cómo nada! Vas a explicarte; lo exijq. 

IRENE 

. . .Si el puesto de una joven está al lado de su 
>adre, ¿por qué no te preocupaste de llamarnos 
uando estabas en Bruselas? 

MONTCEL 

| Por razones de instalación; ya te lo he explicado. 



31 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

¡Oh! Solamente por eso, ¿no es verdad? 

MONTCEL 

¡Ah! Pero, ¿cuál de nosotros dos tiene que ren- 
dir cuentas al otro aquí? ¿Tú o yo? . . •. Basta. 
Piensa de mí lo que gustes; me es igual. Pero yo 
soy tu padre, y quiero que me obedezcas. . . He 
creído, hasta ahora, que eras una muchacha for- 
mal y capaz de caminar sola en la vida; te he tra- 
tado* como a tal, y me he equivocado. En adelante, 
te trataré como te mereces. Partiré para Roma en 
cuanto mi sucesor llegue aquí, es decir, en los pri- 
meros días del mes próximo, y tú partirás al mis- 
mo tiempo que yo, con tu hermana. 

irene (suavemente) 
No¡, papá,. 

MONTCEL 

¿Qué dices? 

IRENE 

Que no iré; ya te lo he dicho. 

MONTCEL 

¡Irás, de grado o por fuerza! 

IRENE 

¡Oh! Eso.. . 



32 



LA PRISIONERA 

MONTCEL 

Ten cuidado, Irene. Deberías conocerme, sin em- 
bargo, y saber que cuando he decidido una cosa es 
peligroso tratar de oponerse a ella. He roto en mi 
vida resistencias más sólidas que la tuya, ¡créelo! 

IRENE 

Tú también deberías conocerme, papá. Soy hija 
tuya, y en eso nos parecemos. 

MONTCEL 

¡Basta! No tengo por qué tomar en cuenta tus 
amenazas. 

IRENE 

No son amenazas. Pero tengo veintisiete años; 
ya no soy una niña, y comprenderás que no te ha- 
bría hablado como lo hice el otro día, si no estu- 
viese también absolutamente decidida. . . 

MONTCEL 

¿Decidida a qué? ¿A quedarte en París? 

IRENE 

Sí. 

MONTCEL 

¿Y dónde te quedarías? 

IRENE 

Pues . . . aquí. 



33 



EDUARDO B O U R D E T 

MONTCEL 

¡Ah, no! Aquí, no. Lo siento mucho, pero he de- 
cidido subarrendar el cuarto, que es muy caro y 
no hay ningún motivo para conservarlo, desde el 
momento en que no viva ya en París. 

IRENE 

¡Ah!.., 

MONTCEL 

Te ruego, pues, que me digas a dónde irás. 

IRENE 

Pues, bien . . , Supongo que iré a un hotel» 

MONTCEL 

¿Y cómo vivirás? ¿Con qué dinero? Con el mío 
no, desde luego. No obtendrás de mí un céntimo ya. 

IRENE 

¡Pero, papá! . . . 

MONTCEL 

Ni un céntimo, ¿entiendes? Mientras yo viva. 
Y he de advertirte, aun a riesgo de disgustarte* 
que mi salud no me inspira hasta ahora ninguna 
inquietud. (Pansa): ¡Ah! Este es un nuevo aspec- 
to de la cuestión, ¿verdad? 

IRENE 

Si crees convencerme por esos medios . . . 



34 



LA PRISIONERA 

MONTCEL 

Si éstos no bastan, hay otros . . . 

IRENE 

¿Cuáles? 

MONTCEL 

Voy a decírtelo. No únicamente no obtendrás 
un céntimo mío, sino que será para mí como si no 
existieses ya. No volveré a verte nunca.. . Ya sé 
yo que eso te tiene sin cuidado. Tu cariño filial so- 
portará valientemente esta separación, no Ib dudo; 
pero quizá te impresione más saber que no te de- 
jaré nunca que vuelvas a ver a tu hermana. 

irene (sobrecogida) 



¡Oh! 

¡Nunca! 



MONTCEL 



irene (alterada) 
¿Tú harás eso? 

MONTCEL 

¡Oh, ya lo creo! 

IRENE 

¡Es abominable! 

MONTCEL 

No sé si es o no abominable; pero mi deber es 
35 



EDUARDO B O U R D E T 

protegerla contra tí, y eso lo haré; te lo garan- 
tizo, 

IRENE 

¡Protegerla contra mí! ¿Pero tú te has dado 
cuenta, papá, de lo que has dicho? ¿Qué sería sin 
mí de la pohrecita? ¿Quién la querría? ¡No tiene 
a nadie más que a mí en el mundo! 

MONTCEL 

¡Vaya! ¿Y yo? ¿No soy nadie? 

IRENE 

¿Tú? . . . ¡Vamos; papá! . . . 

MONTCEL 

¿Qué? ¡Habla, acaba tu pensamiento! ... No me 
quiere, ¿verdad? ¿Es eso? ¿No me queréis, ni la 
una ni la otra? 

irene (sin violencia) 

Y tú, papá, ¿nos quieres a nosotras? ¿Te has 
preocupado mucho, te has molestado mucho por 
nosotras, en la vida? ¡Hay que decirlo, al cabo, 
puesto que hemos llegado a esto! ¿Cómo ha sido 
nuestra infancia? ¡Te aseguro que no muy ale- 
gre! . . . Siempre solas, en compañía de los cria- 
dos. Si Giséle no me hubiese tenido a mí, como ye 
la he tenido a ella, no habríamos conocido cariño 
alguno desde que murió mamá. 



36 



LA PRISIONERA 

MONTCEL 

¿Va a comenzar de nuevo esa historia? 

IRENE 

No, papá. Ya ha terminado. . . Has hecho lo que 
has querido. No tenemos por qué juzgarte; no es 
ese nuestro papel. Únicamente, si crees que, des- 
pués de habernos acostumbrado, durante quince 
años, a serlo todoi la una para la otra, ahora pue- 
des separarnos, te equivocas, y eso es todo. 

MONTCEL 

Pero dime: si te consideras necesaria para tu 
hermana hasta ese punto, ¿cómo te propones 
quedarte aquí mientras ella permanezca en Ro- 
ma? . . -. ¿Eh? . . . ¡Explícame eso! 

IRENE 

¿Por qué no había de quedarse aquí ella tam- 
bién? 

MONTCEL 

¿Contigo? . . . ¿Bajo tu cuidado? . . , ¡Ah! ¡Pero, 
entonces tú estás completamente loca! . . . ¿Imagi- 
nas que yo podría confiarte esa criatura? , . i ¡A 
tí! ¡A tí!. . 3 ¡Estaría bonito! 

IRENE 

¿Qué quieres decir con eso? 



37 



EDUARDO B O U R D E 



MONTCEL 

Quiero decir que tu hermana es un ser puro y 
limpio. ¡Y quiero que, por loi menos ella, continúe 
siéndolo! ¡Eso es! 

IRENE 

¡Oh!.. . Papá... 

MONTCEL 

Lo siento, pero digo lo que pienso, lo que tu con- 
ducta me obliga a pensar. Si me equivoco, justifí- 
cate. 

IRENE 

No tengo de qué justificarme. 

MONTCEL 

¡Pardiez! Si el motivo que tienes para querer 
quedarte aquí fuese de los que una hija puede 
confesar a su padre, hace mucho tiempo que lo 
hubieras declarado, 

IRENE 

Ya te he dicho que la pintura . . . 
montcel (mirándola) 

Te creía más inteligente. En el punto en que 
estamos, yo diría la verdad en tu lugar. Sería me- 
jor . . , (Irene calla) . ¿No quieres? . . . Pero, ¿no 
ves que tu silencio es el cargo más aplastante para 
tí? ¿Te figuras que después de lo que supongo ya 



38 



LA PRISIONERA 

y de lo que quizá adivino, me será difícil saber lo 
demás? 

ffiENE 

¿Qué supones? 

MONTCEL 

¿Quieres que lo diga? 

IRENE 

Sí, 

MONTCEL 

Supongo que, si no quieres venir a Roma, es 
porque hay alguien que te retiene en París ... Es 
eso, ¿no es verdad? . . . ¡Responde! . . . Escucha, Ire- 
ne: estoy decidido a poner este asunto en claro, 
¿me comprendes? Obstinándote en no decirme na- 
da, me expones sencillamente a hacer gestiones 
extremadamente desagradables, que todavía me 
puedes evitar. 

ffiENE 

¿Qué gestiones? 

MONTCEL 

¡Eso es cuenta mía! Pero te garantizo que sabré 
la verdad. Iré a pedirla allí donde puedo obtener- 
la, y tendrán que decírmela. 

ffiENE 

¿Dónde? 



39 



EDUARDO B O U R D E T 

MONTCEL 

¡Ah! Quisieras saber a quién me dirigiré, ¿ver- 
dad? 

IRENE 

Sí. ¿A quién? 

MONTCEL 

A las personas a quienes debo suponer al co- 
rriente de los detalles más insignificantes de tu 
existencia; a tus amigos los de Aiguines, puesto 
que quieres saberlo todo. 

irene (sobrecogida) 
¿Estás loco, papá? 

MONTCEL 

No lo creo, 

irene (haciendo un esfuerzo) 
Pero. . . ¿cuál es la razón. . . de preguntar una 
cosa semejante a los señores de Aiguines? 

MONTCEL 

Es una idea que se me ha ocurrido a consecuen- 
cia de ciertas observaciones que he hecho. Y es 
una idea que considero buena. ¡Eso es! 

IRENE 

¿Qué observaciones has hecho? 



40 



LA PRISIONERA 

MONTCEL 

Me permitirás que me las reserve hasta que 
lo crea conveniente, 

IRENE 

Pero tengo derecho a saber. . . 

MONTCEL 

¡No! . . . (Pausa) . Parece preocuparte de un mo- 
do extraño que haga esa gestión . . K 

IRENE 

¿A mí? ¡Oh! De ningún modoj. . . Te aseguro que 
me da lo mismo. 

MONTCEL 

¿De veras? . . , ¿Entonces por qué te has pues- 
to pálida de pronto, cuando he pronunciado el 
nombre de Aiguines? 

irene (turbada) 
¡Pero si no me he puesto pálida! 

MONTCEL 

¡Sí! (Pausa). Además, es muy sencillo. . . (Saca 
él reloj). Vamos a salir de dudas en seguida. . . 

IRENE 

¿Qué vas a hacer? 



41 



EDUARDO B O U R D E T 

MONTCEL 

Rogar al señor de Aiguines que venga inmedia- 
tamente a hablar conmigo. 

IRENE 

Tú no harás eso. papá. 

MONTCEL 

Vas a verlo. (Retrocediendo). 

Irene (siguiéndole) 
¡Pero, si te digo que es inútil que no sabrás 
nada! . . . 

MONTCEL 

Eso es ya un comienzo de confesión. Entonces, 
escúchame: si dentro de dos minutos no has pro- 
nunciado el nombre que espero, quieras o no, se 
lo preguntaré al señor de Aiguines. 

irene (trastornada) 
Papá . . . ¡Te suplico que no hagas eso! 

MONTCEL 

¡Entonces, habla! . . . ¿Por quién tratas de que- 
darte en París? . . . ¿Quieres decirlo, si o no? 

irene (enloquecida) 
Pero. . . 

montcel (después de una pausa) 

¡Vamos! ¡Basta ya! (llega a la puerta del foro)> 



42 



LA PRISIONERA 

irene (suplicante) 
¡Papá! ¡No! Papá. . . 

MONTCEL 

¿Qué? 

IRENE 

Es por . . . Santiago . . . 

montcel (sorprendido) 
¿Por Santiago? (Se aproxima). ¿Qué Santiago? 
¿Santiago Virieu? 

IRENE 

Sí. 

montcel (como antes) 
¿Es por Santiago por quien quieres quedarte en 
París? 

irene (nerviosamente) 
¡Pues bien; sí! 

MONTCEL 

¡Caramba!. . - (Pausa). ¿Qué es lo que ha pasa- 
do entre vosotros? 

IRENE 

¡Oh! . . , Nada. 

MONTCEL 

¿Cómo, nada? 



43 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

Nada grave; tranquilízate!. 

MONTCEL 

Escucha: no juguemos con las palabras, ¿sabes? 
Te prevengo que todo lo que me dices será com- 
probado. 

IRENE 

Sí, papá. 

MONTCEL 

Te aconsejo, por lo tanto, que no me ocultes 
nada. Ahora, responde a mi pregunta: ¿Qué ha 
pasado entre vosotros? 

irene {haciendo un esfuerzo) 

Pues bien, hace mucho tiempo que sentimos 
gran afecto el uno por el otro y hemos pensado. . & 
en fin, yo he pensado que podría casarme con él. . . 

MONTCEL 

¿Me lo dices todo? 

IRENE 

Sí, papá. 

MONTCEL 

¿Queréis casaros? 



44 



LA PRISIONERA 

IRENE 

He dicho que yo quisiera. . s En fin, que lo de- 
searía. 

MONTCEL 

¿Y él? 

IRENE 

El, no lo sé. 

MONTCEL 

¿Cómo? . . . ¿No te ha hablado de sus inten- 
ciones? 

IRENE 

No, 

MONTCEL 

¿Entonces? . . .. 

IRENE 

No me ha hablado todavía de ello, 

MONTCEL 

¿Y supones que se dispone a hacerlo? . . . ¿Eh?. . , 
¡Vamos, habla, explícate! ¡Hay que arrancarte las 
palabras! 

IRENE 

No estoy segura de nada . . ■. 

MONTCEL 

Pero, en fin ... Tú le amas, y, si me pidiese tu 



4 5 



EDUARDO B O U R D E T 

mano, estarías dispuesta a casarte con él, ¿no es 
eso? 

irene (después de una pausa) 
Sí. 

MONTCEL 

¿Y es por ese proyecto por lo que querías per- 
manecer en París? 

IRENE 

Sí. 

MONTCEL 

Bueno; ¿y por qué no me lo has dicho todo, sen- 
cillamente, en lugar de hacer todo ese miste- 
rio? . . . ¿Eh? . . . 

IRENE 

Este secreto no era mío. 

MONTCEL 

No es traicionar un secreto como ese confiárse- 
lo a un padre. Tanto más, cuanto que debías ha-. 
berte dado cuenta de que tu proyecto no podía 
contrariarme en nada. . . Santiago Virieu, por par- 
te de su madre, es pariente nuestro. . .. Os cono- 
céis desde vuestra infancia. Pertenece a nuestra 
clase social. Es un muchacho formal, que merece 
toda mi estimación. Ese negocio de electrici- 
dad en Marruecos le asegura ahora cuantiosos be- 



46 



LA PRISIONERA 

neficios. ¡Yo no tenía ningún motivo para oponer- 
me a tu deseo! 

IRENE 

No quería hablarte de una cosa. . . que quizá no 
exista más que en mi imaginación. 

MONTCEL 

¿Por qué? ¿Qué inconveniente había? 

IRENE 

Nunca es agradable exponerse a una decepción 
de esa especie: debes comprenderlo. 

MONTCEL 

Hay casos en que debemos saber dejar a un lado 
nuestro orgullo. En lugar de desconfiar de mí, de- 
berías hacer comprendido que yo era tu auxiliar 
más indicado. . . Comprendo perfectamente que no 
puedes ir a pedirle a ese muchacho que te revele 
sus intenciones: no es ese tu papel. En cambio, yo 
puedo hacerlo perfectamente, sin que por ello pa- 
dezca tu amor propio. 

irene (alarmada) 
¡Pero, papá. . . eso es imposible! 

MONTCEL 

Es tan posible, hija mía, que le hablaré maña- 
na mismo. 



47 



E D U A ,R D O B O U R D E T 

irene (como antes) 
¡No hablas en serio! 

MONTCEL 

Tranquilízate: no te pondré en evidencia. Ni si- 
quiera aludiré a nuestra conversación. 

IRENE 

Pero, papá . . . 

montcel (continuando) 

Le diré que, desde hace algún tiempo, diversos 
indicios me han llevado a suponer que tú sentías 
una... inclinación secreta hacia alguien; que te 
he observado con más atención; que he creído 
comprender, sin que, por otra parte, tú me hayas 
dicho una palabra, que se trataba de él, y. . . que, 
en el momento de abandonar París, para mucho 
tiempo quizá, deseo saber si tiene algo que de- 
cirme, sencillamente . . . 

IRENE 

¡Papá, te ruego que no le hables! 

MONTCEL 

Lamento muchísimo contrariarte, pero soy me- 
jor juez que tú en este caso. Y tú me agradecerás 
algún día la gestión que voy a hacer. 

IRENE 

¡No quiero que la hagas! 



48 



LA PRISIONERA 

MONTCEL 

¿Prefieres irte a Roma sin saber nada? 

IRENE 

Prefiero esperar, y no precipitar las cosas. 

MONTCEL 

¿Esperar qué? ¿Que se decida? No olvides que 
•me marcho dentro de tres semanas. 

IRENE 

iOh! Naturalmente, en tres semanas no puede 
haber un gran cambio. 

MONTCEL 

Entonces . . . 

IRENE 

Por eso es por lo que quiero quedarme. 

MONTCEL 

¡Eso, bajo ningún pretexto! ... A menos que na 
se haya declarado formalmente; y, aun enton- 
ces . . . , ya veremos. 

IRENE 

¡Pero, puesto que tienes confianza en él, como 
acabas de decir! ... 

MONTCEL 

No, no insistas; es completamente inútil Le ha- 
blaré, según te he anunciado, y . . . 



49 



EDUARDO BOÜRDET 

IRENE 

Por última vez, papá, te pido que no hagas eso. 

MONTCEL 

¡Basta, hija mía! Mi resolución está tomada: no 
cambiaré de opinión. Y hagamos punto por esta 
tarde, si quieres. Ya son las seis y media, y es 
preciso] que vaya todavía al, Ministerio antes de 
comer. (Se aleja.) ¡Ah! . . . Pondrás a Dardennes a 
tu derecha, y a Couvreur a tu izquierda. Comere- 
mos a las ocho y cuarta [Sale. En el semblante de 
Irene se refleja una gran ansiedad en cuanto que- 
da sola. Se sienta y reflexiona unos momentos; 
luego, se levanta bruscamente, va a la mesa y des- 
cuelga el receptor telefónico.) 

irene (en el teléfono) 
Elíseos 24-51. . . Sí. . . Oiga. ¿Elíseos 24-51?. . . 
Quisiera hablar con el señor Santiago Virieu . . . 
¿Eres tú, Santiago? ... No reconocía tu voz. ¿Re- 
conoces tú la mía? . . . Bueno. Escucha, Santiago, 
¿podría verte? ... Sí . . . Si quieres; pero, ¿no se- 
ría posible en seguida, por casualidad? . . . Enton- 
ces, ¿quieres venir a casa? . . . Gracias; te espe- 
ro . . . ¿Qué? ... Ya te diré; por teléfono no pue- 
do. . . Hasta ahora. (Vuelve a colgar el receptor, 
y se queda un mom.ento pensativa; aparece Giséle 
por la izquierda.) 



50 



LA PRISIONERA 

GISELE 

¿Puedo entrar? ¿No te molesto? 

IRENE 

No, imonina. . . ¿Estás ya arreglada? 

GISELE 

Es tarde, ¿sabes?, y no hemos colocado las 
flores, 

IRENE 

Haz]o tú sin mí; seguramente, no tendré tiempo. 

GISELE 

Bien. Quedará horrible, pero ¡qué le hemos de 
hacer! 

IRENE 

No; no quedará horrible. ¡Qué tonta eres! . . . 
Llama a Josefina, ¿quieres? Tengo que vestirme. 

gisele (después de haber llamado) 
Dime, Irene. . . 

IRENE 

¿Qué? . . . 

Josefina (apareciendo en el foro) 
¿Ha llamado ]a señorita? 

IRENE 

Sí, Josefina; prepare mi vestido de crespón de 
China en el tocador: voy a vestirme en seguida. 

51 



EDUARDO B O U R D E T 

GISELE 

¡Pero si me habías dicho que te pondrías el ves- 
tido malva! 

IRENE 

¡Ah, es verdad! ¡Mi vestido malfva, Josefina! 

JOSEFINA 

Bien, señorita, (Sale por la derecha.) 

DRENE 

¿Ibas a preguntarme algo? 

GISELE 

¡Ah, sí! Hace un momento, mientras estaba en 
mi habitación, he oído decir a papá . . . 

iréne (inquieta) 
¿Has oído a papá? 

GISELE 

¡Oh! No lo he hecho a propósito, ¿sabes? No es- 
taba escuchando a la puerta; no tengo esa costum- 
bre. Pero hubo un momento en que papá habló 
tan fuerte que, a pesar mío, oí lo que decía. 

IRENE 

¿Y qué es lo que decía? 
52 



LA PRISIONERA 

GISELE 

Decía: «¡Partirás! ¡Partirás de grado o por fuer- 
za!». . . ¿Acaso se refería. . . a Roma? 

IRENE 

Sí, 

GISELE 

¿Cómo? . . . ¿Nq vendrás a Roma? . . . ¡Irene! . . . 
¿Es eso verdad? . . . 

IRENE 

Todavía no lo 'sé, querida. No te preocupes. 

GISELE 

¡No irás a dejarme marchar sola con papá! 

IRENE 

. . .Puede ser que sí. 

gisele {desesperada) 
¡Oh!... 

IRENE 

¡Pero si te divertirás mucho en Roma! ¡No sa- 
bes cuan hermoso es aquello! Además, tratarás 
una gente encantadora. Serás halagada. La única 
mujer de la Embajada. ¡Considera! ¡Te prometo 
que te divertirás enormemente! 

GISELE 

¿Sin ti? 



03 



EDUARDO B O U R D E T 

irene (con ternura) 
Sí, querida; aun sin ¡mí. 

GISELE 

¿Cómo quieres que me divierta en cualquier 
parte donde tú no estés? 

Irene (estrechándola en sus brazos) 
¡Nena mía! 

GISELE 

¡Oh! Si tú me abandonas, entonces. . . 

IRENE 

¡Abandonarte yo! ¡Demasiado sabes que eso es 
imposible! 

GISELE 

¡Entonces, di! ¿Qué va a ser de mí sin ti? 

Irene (después de una 'pausa) 
¿Preferirías mejor quedarte aquí conmigo? 

GESELE 

¡Oh, naturalmente que sí! 

IRENE 

¿Pero no sentirás haber dejado de ir a Roma? 

GESELE 

Me hubiera gustado ir contigo; pero sin ti, no. 
Prefiero quedarme aquí. 



54 



LA PRISIONERA 

IRENE 

¿De verdad? 

GISELE 

De verdad. 

IRENE 

Entonces, ¿quieres que trate de conseguir de 
papá que te deje a ti también? Será difícil de lo- 
grar; pero maniobrando hábilmente, acaso con- 
sienta. . . 

GISELE 

¡Oh, sí; te lo ruego! 

IRENE 

Bueno. Déjame hacer, pero no le digas nada a 
nadie, ni aun a la señorita Marchand, ¿eh? 

GISELE 

Bien. 

Josefina (apareciendo por la derecha) 
Si la señorita quiere vestirse . . . 

IRENE 

Sí; voy. (Pasa a la derecha, al tocador. Gisele se 
queda sda en escena.) 

GISELE 

No me has dicho nada de mi nuevo vestido. 



55 



EDUARDO B O U R D E T 

ikene (entre bastidores) 
¡Es verdad! Perdóname. (Giséle se aproxima a 
la puerta entreabierta.) Muy bonito, rica. 

GESELE 

¿No te parece que la falda es demasiado larga? 

irene (entre bastidores) 
No; yo la encuentro bien. 

gisele (recogiéndose el bajo de la falda) 
Mira. ¿No estaría mejor así? 

ffiENE (entre bastidores) 
Como tú quieras; pero también estaba bien 
antes. 

GISELE 

¡Oh, qué cargante eres! ¿No puedes darme tu 
opinión? 

Pues bien, no . . . Eso es un poco corto para ti., 
No sería correcto, 

ffiENE (entre bastidores) 
No sería correcto. 

GESELE 

¿Tú crees? ... ¡Oh! La he acortado apenas cua- 
tro centímetros}. 

ffiENE (entre bastidores) 
Te sobra tiempo de enseñar las piernas*. 



56 



LA PRISIONERA 

GE3ELE 
¿Sí? ¿Y si se vuelven a llevar las faldas largas 
el año que viene? ¡Ah! 

irene (entre bastidores) 
¡Ah!... 

GE3ELE 

Me agradaría acortarla sólo dos centímetros. 
¿Qué te parece? 

irene (entre bastidores) 
Buena Vaya por los dos centímetros. 

gisel'e (a Josefina que entra por la derecha 
y va hacia el foro, llevando la capa de Irene) 
¿Oye usted, Josefina? Dos centímetros. 

JOSEFINA 

Sí, señorita. 

GISELE 

Yo le pondré unos alfileres mañana por la ma- 
ñana. Por esta noche, la dejo como está, natural- 
mente. Además, esta noche . . . (Hace un gesto) , 
eso no tiene importancia. 

irene (entre bastidores) 

¡Josefina! 

JOSEFINA 

Señorita. 



57 



EDUARDO B O U R D E T 

irene (apareciendo) 
El señor Santiago Virieu va a venir a verme. 
En cuanto llegue, hágale pasar directamente aquí. 
¿Ha comprendido usted? 

JOSEFINA 

Sí, señorita. (Sale por el foro. Gisele ha cogido 
de encima de la mesa un ramillete de violetas que 
Irene, cuando ella, llegó, tenía en la mano, y, dis- 
traídamente, aspira su perfume.) 
gisele (alegremente) 

¿Va a venir Santiago? (Irene ve las violetas en 
las manos de Gisele, se las quita, sote un segun- 
do por la derecha, vuelve con un florero donde 
mete las flores y lo coloco, encima de la mesa. Gi- 
sele la ha estado contemplando, un poco asombra- 
da, sin decir nada.) Di, Irene. . . 

IRENE 

¿Qué? 

GISELE 

¿Va a venir Santiago? 

IRENE 

Sí; lo estoy esperando. 

GISELE 

¡Qué bien! ¡Me gustaría verle! . . . ¡Qué simpá- 
tico es Santiago! . . . ¿Pero no se queda a comer? 



58 



LA PRISIONERA 

IRENE 

No. Le he rogado que venga a verme un instan- 
te, porque . . . tengo que decirle una cosa ... Y tú 
serás tan amable que, cuando le hayas saludado, 
me dejes sola con él,. 

GISELE 

¡Entendido, entendido! 

IRENE 

Gracias, nena, ¡Eres una hermanita adorable! 
No haces nunca ninguna pregunta, no pides nin- 
guna explicación . . . 

GISELE 

Procuro no mezclarme en lo que no me concier- 
ne, y nada más. 

IRENE 

Sí; pero, ya ves, es raro encontrar personas como 
tú. (Josefina abre la puerta del foro e introduce 
a Santiago.) Buenas tardes, Santiago. 

SANTIAGO 

Buenas tardes, Irene. (A Gisele.) ¡Calla, la pe- 
queña! 

GISELE 

Buenas tardes, Santiago'. 

SANTL4GO 

¡Señor, qué hermosa es! ¡Me impresiona! ¡Y de- 



59 



EDUARDO B O U R D E T 



cir que he hecho saltar a esta criatura sobre mis 
rodillas! ¡Ya no me atrevería a hacerlo! 

GISELE 

¡Pues sí! ¡No faltaría más que eso! 

santiago (Mirándolas. A Irene.) 
¡Pero no me habías dicho que se trataba de una 
recepción! 

IRENE 

¿Una recepción? 

SANTIAGO 

¡Demonio! Vuestros vestidos. . , 

IRENE 

Tranquilízate: es que papá tiene convidados esta 
noche. 

SANTIAGO 

¡Ah, ya! (Se sienta). Bueno, tú dirás. 

GISELE 

Díme antes adiós. 

SANTIAGO 

¿Te vas? 

GISELE 

Sí, 

SANTIAGO 

Adiós, preciosa señorita. 

00 



LA PRISIONERA 

GISELE 

¿Cuándo nos invitas a merendar, a Irene y a mí? 

SANTIAGO 

Cuando queráis. 

GISELE 

Me prometiste un té suntuoso con unos sand- 
wichs de caviar, la última vez que nos vimos: 
¡pero lo estoy esperando todavía! 

SANTIAGO 

Ya arreglaremos eso; palabra . . . 

GISELE 

Ya sabes que cuento con ello, (Sale), 

SANTIAGO 

¿Qué hay? 

IRENE 

Gracias por haber venido, Santiago. 

SANTIAGO 

¡Vaya! . . . (Pausa) . Estoy muy intrigado, ¿sa- 
bes? ¿Qué es lo que te ocurre? 

IRENE 

Ante todo, es preciso que me jures que no di- 
rás a nadie en el mundo una palabra de nuestra 
conversación!. 



61 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

¿Se trata de una cosa tan grave? 

IRENE 

Sí; ¿Me lo juras, Santiago? 

SANTIAGO 

Sí; desde luego. 

IRENE 

Sabes que papá acaba de ser destinado a Boma, 
¿verdad? 

SANTIAGO 

Sí, 

IRENE 

Había decidido que le acompañaríamos Giséle 

y yo. 

SANTIAGO 

Naturalmente. 

IRENE 

No es tan natural. Hasta ahora, cada vez que ha 
desempeñado un cargo en el extranjero*, nos ha 
dejado siempre aquí. ¿Por qué quiere llevarnos a 
Roima? . . <• Creo que se lo han aconsejado, 

SANTIAGO 

¿Quién? 

62 



LA PRISIONERA 

IRENE 

No lo sé . . . En el Ministerio, probablemente. Pa- 
rece que en Roma son bastante severos. Han de- 
bido pensar, en las altas esferas, que convendría 
que tuviese a sus hijas a su lado, y ello le im- 
pediría llevar consigo a la señora de Gallón, como 
ha hecho hasta ahora. Creo que esto no estuvo 
muy bien visto en Bruselas;. 

SANTIAGO 

¿De veras? 

IRENE 

No aseguro que sea esa la razón, pero es vero- 
símil). Además, poco importa.. Lo esencial es que 
ha decidido que partiríamos con él, (Pausa). Úni- 
camente, que yo he decidido quedarme en París. 

SANTIAGO 

¿Por qué? 

IRENE 

. . .Le he dicho que por no abandonar mi pintu- 
ra. . . para poder continuar trabajando aquí, con 
mi maestro. 

SANTIAGO 

¿Y eso, no es verdad? 

IRENE 

. . .No. Además, mi maestro, al que ha ido a ver 



63 



EDUARDO B O U R D E 1 

hoy, le ha dicho que, desde hace un mes, yo no 
he aparecido por el estudio. 

SANTIAGO 

¡Ah! 

IRENE 

Ha comprendido que había otra razón para que 
me quedase, y, hace poco, en una escena extrema- 
damente violenta que hemos tenido, acaba de de- 
cirme que estaba seguro de que, si no quería par- 
tir, era porque alguien me retenía en París, y me 
ha requerido para que le diga quién. 

SANTIAGO 

¿Y qué? 

IRENE 

Me ha abrumado a preguntas, a las cuales... 
no podía responder; me ha amenazado con hacer 
determinadas gestiones, que yo no podía dejarle 
hacer; estaba loca, aterrada, y, en mi angustia, me 
vino un nombre a los labios, casi a pesar mío, el 
nombre del único amigo del que estoy segura, de 
la única persona a quien puedo confiarme. (Ba- 
jando la cabeza,) El tuyo, 

SANTIAGO 

¿El mío? 

IRENE 

Sí« 



64 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Has dado mi nombre? 

IRENE 

Sí, 

SANTIAGO 

¿Entonces ... tu padre se imagina que es por 
causa mía por lo que quieres quedarte en París? 

IRENE 

Sí, 

santiago (después de mía pausa) 

¿Te das cuenta, Irene, de lo que has hecho? 

IRENE 

Sí, 

SANTIAGO 

¿Qué es lo que tu padre puede suponer? 

IRENE 

No supone nada.. Le he hecho creer que dejándo- 
me en París, es decir, no alejándome de ti, no era 
imposible que un proyecto que yo sola, hasta aho- 
ra, había formado, pudiera convertirse en rea- 
lidad, 

SANTIAGO 

¿Qué proyecto? 

irene (como antes) 
El de. . , casarnos. 



65 



EDUARDO B O V R D E T 

SANTIAGO 

¿Le has hecho creer eso? 
IRENE 

Sí, 

SANTIAGO 

¡Ah! 

IRENE 

Sí; ya Jo sé. Sé todo 3o que tú piensas. No me 
lo digas; no merece la pena. 

irene (bruscamente, mirándole) 
¿Tú no crees que hubiera sido mejor confesarle 
la verdad? 

IRENE 

¿Qué verdad? 

SANTIAGO 

No lo sé; pero, cualquiera que sea, la verdad era 
preferible a esa mentira, 

IRENE (con los OJOS fijos) 

Si la hubiese dicho, nadie la habría compren- 
dida. ¡ 

SANTIAGO 

¿Por qué? . . . (Irene se calla.) ¿Eh? . . . 

IRENE 

. . .Poco importa. 



66 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿No puedes decirme a mí esa verdad? 
IRENE 

. . ;no, 

SANTIAGO 

i Ah! . . . (Pausa) . De todos modos, me cuesta tra- 
bajo creer, te lo confiesa, que hayas dispuesto así 
de mí, para una cosa tan grave, sin consultarme 
siquiera. 

IRENE 

¿Es que tenía tiempo de consultarte? Estaba 
hostigada, acosada; todo cuanto intentaba para de- 
fenderme, se volvía contra mí; no he visto más que 
una cosa: que hacía falta a toda costa tranquili- 
zar a papá para que no siguiese indagando. No he 
mirado más lejos. 

SANTIAGO 

¿Tan segura estabas de que mi nombre bastaría 
para tranquilizarlo? 

IRENE 

. . .Sí. 

SANTIAGO 

¡Ah! . . . Pues ya ves, Irene; debieras haber ele- 
gido otro nombre. . ., cualquier otro nombre. . . 



67 



EDUARDO B O U R D E T 



IRENE 

¿Acaso podía elegir? ¿Tú crees que dispongo de 
un solo amigo, descartándote a ti, a quien pedir 
una cosa semejante? 

SANTIAGO 

¿Y no has comprendido que podías pedírmela a 
mí menos que a cualquiera otro? 

IRENE 

Creí que tú sentías afecto por mi 

SANTIAGO 

¿No has recordado que sentía también. . . amor? 

IRENE 

¡Oh, Santiago! . . . ¡Eso pertenece al pasado! 

SANTIAGO 

¿Estás segura?. . . {Pansa). Aunque así sea, se 
trata de un pasado que no está lo suficientemente 
lejano para que lo hayas olvidado ya. 

IRENE 

No he reflexionado tanto. . . 

SANTIAGO, 

Pues bien; has hecho mal. Debieras haber pen- 
sado que no debías pedir que se convirtiera en no- 
vio tuyo imaginario a un hombre que ha que- 



68 



LA PRISIONERA 

rido serlo de verdad y que, apenas hace un año, 
podía creer que esa ambición pertenecía al domi- 
nio de las cosas realizables, 

IRENE 

Santiago, no volvamos sobre ese error que tanto 
he lamentado, te lo aseguro. No sé qué es lo que 
ha podido hacerte suponer que yo alguna vez haya 
tenido la idea de . . , 

SANTIAGO 

¿De ser mi esposa? Entonces, ¿por qué no me 
desengañaste en seguida, la primera vez que te 
declaré que te quería y que deseaba casarme con- 
tigo? 

IRENE 

Pues. . s porque creí que no era en serio. . e 

SANTIAGO 

¡Vamos! ¿Acaso se juega con esas cosas? . . . Ade- 
más, si hubieras creído que se trataba de una bro- 
ma, me habrías respondido en el mismo tono. En 
lugar de eso, me dijiste, con una emoción que creí 
y que todavía creo sincera, que necesitabas refle- 
xionar. Y como debías salir al mes siguiente para 
Florencia, nos vimos todos los días, hasta tu par- 
tida. Te acompañé a la estación, la noche que par- 
tiste, y, en el andén, en el momento en que el tren 
arrancaba, me dijiste, con una sonrisa que todavía 



69 



EDUARDO B O U R D E T 

me parece estar viendo, que me enviarías tu res- 
puesta desde allá. . . Pues bien; nunca me aban- 
donará la idea de que aquella respuesta que te dis- 
ponías a darme no era la que recibí efectivamen- 
te al cabo de tres semanas. 

IRENE 

Te equivocas . . ,, 

SANTIAGO 

No lo creo,. 

IRENE 

¿Y qué es lo que, según tú, ha podido hacerme 
cambiar de resolución? 

SANTIAGO 

No lo sé. Ha debido haber allá, en tu vida, al- 
guna cosa que ignoro, que no «he tratado de saber, 
pero que ha modificado muchas cosas en ti . . . En 
fin; eso no me concierne . . , El caso es que tengo 
derecho a encontrar . . . inesperado que vengas a 
pedirme, después de aquello, que pase por novio 
tuyo. í Confiesa que esto resulta bastante cómico! 

IRENE 

¿No sentirás un poco de compasión por mí? 

SANTIAGO 

¡Oh, no te hago reproches! ¡Es que eso me pare- 



70 



LA P R I S I O N E R 



A 



ce cómico! . . , (Pausa) . Así, pues, le has dicho a 
tu padre que yo quería casarme contigo y que . . . 

ERENE 

No le he dicho que tú querías casarte conmigo; 
le he dicho que yo lo deseaba, pero que ignoraba 
tus intenciones. 

SANTIAGO 

¿Y a tu padre le ha parecido verosímil que te 
haya acometido ese deseo así, sin que por mi par- 
te lo haya estimulado en nada? . . . ¡"Vamos, Irene! 
Tu padre conoce tu orgullo; no puede menos de 
creerme en vísperas de pedirle tu mano. 

IRENE 

Te juro que no le he dicho nada que pueda ha- 
cérselo suponer . . . Además, podrás darte cuenta 
de ello, porque quiere hablarte. 

SANTIAGO 

¡Ah! ¿Quiere hablarme? 

ERENE 

He hecho todo lo posible por impedirlo, pero no 
ha querido escuchar nada. Me ha dicho que te ve- 
rá mañana. 

SANTIAGO 

¡Ah! 



71 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

Podrás comprobar, por la manera de que te ha- 
ble), que yo no he «dispuesto» de ti, como dices . . . 
En un momento de angustia, he tendido única- 
mente los brazos hacia ti, como hacia el único ser 
capaz de socorrerme. Si no quieres hacerlo, nada 
te obliga a ello. Cuando papá te interrogue, no 
tendrás más que hacer como que no comprendes 
y fingirte asombrado; dirás que se trata de un 
error, que lamentas el equívoco, que tú no has he- 
cho nada por provocarlo, etc., y todo quedará re- 
suelto. Tranquilízate, que no volverás a oír hablar 
de nada, 

SANTIAGO 

¿Y entonces, qué harás tú? 

IRENE 

Eso, Santiago. . .. 

SANTIAGO 

Sí; eso no me importa, ¿verdad? 

IRENE 

¿Qué puede interesarte? 

santiago (después de una pausa) 

Di me: antes de llamarme en tu socorro, ¿se te 
ha ocurrido la idea de que yo pudiera no ser li- 
bre, de que pudiera haber alguien en mi vida? 



72 



LA PRISIONERA 

IRENE 

Ya sé que hay alguien en tu vida, 

SANTIAGO 

¿Lo sabes? 

IRENE 

¡Sí! 

SANTIAGO 

Pues si lo sabes, ¿cómo me pides que represen- 
te ese papel cerca de ti? 

IRENE 

¿Acaso te pido que cambies algo en tu exis- 
tencia? 

SANTIAGO 

¿Y qué es lo que en definitiva me pides? ¿Que 
pase por tu novio? 

IRENE 

¡De ningún modo! Es, sencillamente. . . 

SANTIAGO 

Sí; ante tu padre: ya he comprendido. 

IRENE 

No. Ni aun ante papá se trata de que pases por 
mi noviq. Todo lo que te pido es que le dejes la 
impresión de que, alejándome de París, comprome- 



73 



EDUARDO B O U R D E 1 

te una... posibilidad de matrimonio entre nos- 
otros algún día, y nada más, 

SANTIAGO 

Dicho de otro modo, quieres aprovechar la con- 
fianza que tu padre puede tener en mí para am- 
parar tras ella ... no sé exactamente qué, pero 
algo, desde luego, que no puedes confiar a nadie. 
¿No es eso? 

IRENE 

Necesito ganar algunos días, hasta la marcha de 
papá;. Después. . ,. (Un gesto): 

SANTIAGO 

¿Después, qué? 

IRENE 

Después, yo me las arreglaré y me desenvolve- 
ré completamente sola para quedarme aquí. Te de- 
volveré la libertad: te lo juro. 

SANTIAGO 

Pero, en fin, ¿por qué es preciso a toda costa que 
te quedes? ¿No se puede saber? 

IRENE 

, . .No quiero abandonar París: esto es todo lo 
que puedo decirte. 



74 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Di la verdad: no quieres abandonar a alguien 
que está en París. Es eso, ¿eh? . . . (Irene calla. 
Un silencio) , i A dónde has ido a parar! ¡Tú! . . . 
¡Tú, a la que he admirado tanto! . . . ¡Tú, a la que 
he creído durante tanto tiempo incapaz de una 
cosa baja o vulgar! . . . ¡Incurrir en la más vulgar 
de todas: la mentira! 

IRENE 

¡Si miento, es porque se me obliga a ello! 

SANTIAGO 

¿Quién? 

IRENE 

Todo el mundo. . . No tengo otro recurso» 

SANTIAGO 

Ese recurso no es gran cosa; créeme, no te ser- 
virá de mucho. Además, sobre todo, es indigno de 
ti, Irene. ¡Tú vades más que todo eso! 

IRENE 

¡No; no valgo más que eso! Siempre te has he- 
cho ilusiones sobre mí, pobre Santiago, ¡Cuántas 
veces te he suplicado que me hagas descender del 
pedestal, ¿te acuerdas?, y me pongas en el suelo, 
como a todo el mundo! ¿Por qué te has obstinado 
siempre en creerme diferente de las demás? 



75 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Porque te quería, probablemente, 

IRENE 

¡Yo no tengo la culpa! 

SANTIAGO 

¡Además, eso no es verdad, no! Eras diferente 
de las demás. Sólo que has cambiado, o, más bien . . , 
te han cambiada 

IRENE 

¿Quiénes «me han» cambiado? 

SANTIAGO 

Sin duda, las personas a quienes tratas desde 
hace un año. Al abandonar por ellas a todos tus 
antiguos amigos, no parece que hayas ganado en 
el cambio; es lo menos que se te puede decir. 

IRENE 

¿Y tú conoces a esas «personas», como dices? 

SANTIAGO 

En absoluto,. 

IRENE 

¿Entonces? . . ? (Pausa) . Al menos, dame gusto 
en una cosa: piensa de de ellas lo que quieras, 
pero no me hables de eso, ¿quieres? 



76 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¡Bueno, bueno! ¡Entendido! . . . Puesto que al pa- 
recer te son tan queridas, ¿por qué no te diriges 
a una de ellas, antes que a mí, para el favor que 
necesitas? Me parece que estaría mucho más in- 
dicado, ¿no? . . . Tanto más, cuanto que yo, la ver- 
dad, no soy ni mucho menos, un hombre apto para 
esa clase de comedias, 

irene (implorante) 

¡Santiago! . . •. 

SANTIAGO 

Debes tener buenos amigos, y entre ellos, uno 
predilecto, seguramente. Pues bien; pídeselo a él. 

IRENE 

No tengo más que un amigo, y ese eres tú . . 
Al menos, yo te creía amigo mío. 

SANTIAGO 

Precisamente porque soy amigo tuyo, no tengo 
derecho a hacer lo que me pides. 

IRENE 

¿Por qué? 

SANTIAGO 

Porque es desagradable, peligroso y, sobre todo, 
inútil: una mentira como esa no prospera. Está 
fracasada de antemano. 



77 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

Si fueses verdaderamente amigo mío, escucha- 
rías un poco más a tu corazón y un poco menos a 
los preceptos de la moral burguesa. 

SANTIAGO 

¡Oh, ya sabes que la moral burguesa tiene a 
veces algo bueno! 

IRENE 

Sí; depende de la persona a quien aprovecha. 

SANTIAGO 

¿Qué quiere decir eso? 

IRENE 

¿Era en nombre de la mora! burguesa en nom- 
bre de quien hablabas, hace un año, cuando tra- 
taste de hacer de mí tu querida? ¿No te acuerdas? 

SANTIAGO 

¡Sí! 

IRENE 

¿Y consideras que eso era imoral? 

SANTIAGO 

¡Sí! 

IRENE 

¡Ah! 



78 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Sí; porque si me hubieses pertenecido, habrías 
acabado por amarme y por consentir en casarte 

. conmigo^ Esa repugnancia que experimentabas 
ante la idea de comprometer tu libertad, tu sacro- 

[ santa libertad, yo tenía la pretensión, sí, de que 
iría acabando poco a poco, desde el día en que hu- 
bieras sido mía. Y, en mi pensamiento, la posesión 
no era más que una etapa hacia la única solución 
normal para una muchacha, es decir, el matri- 
monio. 

IRENE 

¡Entonces era para convertirme al matrimonio 
para lo que, en tu elevada sabiduría, querías que 
me entregase a ti! 

SANTIAGO 

¡Sí! 

IRENE 

¡Ah! . . . (Pausa). Me había figurado que me de- 
seabas, sencillamente. 

SANTIAGO 

Naturalmente que te deseaba. ¡Te deseaba con 
tedas mis fuerzas! ¡La idea de tu cuerpo contra 
el mío me trastornaba. . . como me trastorna aún, 
en este momento en que te hablo, si es que quie- 
res saberlo todo!! 



79 



EDUARDO B O U R D E T 



IRENE 



¡Santiago 



SANTIAGO 

Comienzo a creer que nunca me curaré de ti. 
Pero éste es otro asunto que no te interesa. . ,. Lo 
que quiero decirte es que siempre he pensado en 
ti, antes de pensar en mí; siempre. ¿Lo oyes? 
Ayer, cerno hoy. Y para que no dudes de ello, he 
de añadir esto: júrame que. . . la aventura en que 
te has comprometido y de la cual no quiero saber 
nada, supone para ti, en un plazo más o menos 
largo, esa solución normal de que acabo de hablar- 
te, el matrimonio, un matrimonio digno de ti . . . 
Júrame eso, sencillamente, y consiento en hacer lo 
que me pides. . . ¿Puedes jurármelo? 

irene (volviendo la cabeza) 
. . .No tengo que jurarte nada. . . 

SANTIAGO 

• ¡Bueno! Entonces, me niego a ellot Piensa lo que 
gustes: que no tengo corazón; que no te quiero. 
Me es igual. Me niego. Y si mi negativa puede 
obligarte a salir un poco antes de lo que tú pen- 
sabas de la situación en que te encuentras, pues 
bien: será preferible para todos, estoy seguro. 

IRENE 

Debieras conocerme lo bastante, Santiago, para 



80 



LA PRISIONERA 

saber que haré lo que he decidido, y que si para 
ello es absolutamente preciso dar un escándalo, lo 
daré. 

SANTIAGO 

¿Entonces es que estás completamente loca? 

IRENE 

¡No! Pero me volvería si me obligase a mar- 
charme . . . 

SANTIAGO 

¿Hasta ese punto? . . . (Irene baja la cabeza, 
sin responder, conteniendo su emoción).. ¡Pobre 
Irene mía! . . , 

gisele (apareciendo por el foro) 
Santiago, papá dice que no te vayas: que quie- 
re hablarte. 

IRENE 

¿Cómo ha sabido que Santiago estaba aquí? 

GISELE 

Lo ha sabido por mí. Acaba de volver. Ha ido a 
ver la mesa, y no le ha gustado. Quería que vinie- 
se a buscarte. Le he dicho que estabas con Santia- 
go. ¿He hecho mal? 

irene (contrariada) 
No, preciosa. 



81 



^EDUARDO B O Ü R D E T 

GISELE 

Entonces, me ha encargado que le diga a San- 
tiago que espere cinco minutos, pues quiere ha- 
blarle. . . ¿He metido la pata? 

SANTIAGO 

No, Giséle; de ningún modo. 

GISELE 

¡Ah! ¡Yo no podía figurarme! ¡Debía haber sido 
advertida! (Sale. Irene permanece un momento 
inmóvil; luego, súbitamente, adoptando una reso- 
lución, se precipita hacia el tocador, reaparece con 
una capa que se echa sobre los hombros y va ha- 
cia el foro). 

santiago (estupefacto) 

¿Qué haces? . . . ¿Sales? 

IRENE 

¡Me voy! 

SANTIAGO 

¿Te vas? ... ¿A dónde vas? 

IRENE 

Eso me incumbe a mí . . . ¡Me voy, y nada más! 

santiago (cerrándole el paso) 
¡Vamos, vamos, tú pierdes la razón! 

IRENE 

¡Déjame pasar! 



82 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Pero para qué quieres marcharte? 

IRENE 

¡Así quedará resuelta la cuestión! 

SANTIAGO 

¡Tú no estás en tus cabales, en este ¡momento! 

IRENE 

¡Déjame pasar! 

SANTIAGO 

¿Qué es lo que he de decir a tu padre? 

IRENE 

Lo que quieras: me es igual. . ; ¡Déjame pasar! 

SANTIAGO 

¡No! 

DRENE 

¡No tienes derecho a impedirme que haga lo que 
quiero! 

SANTIAGO 

¡Tengo el derecho de impedirte que hagas una 
locura! 

IRENE 

¡Basta, basta! Tengo veintisiete años, soy libre, 
y no tengo que dar cuentas a nadie. ¡Déjame pa 
sar, Santiago! 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 
¡Vamos, Irene, cálmate; te lo suplico! 

IRENE 

¿No comprendes lo que será mi vida aquí, des- 
pués que papá te haya hablado? . . . ¡No, no! ¡No 
quiero que se me interrogue más! ¡No quiero que 
todo el mundo esté detrás de mí, acosándome! 
¡Quiero irme! 

SANTIAGO 

¡Irene! 

IRENE 

¿Qué te importa que yo me vaya, después de 
todo? 

SANTIAGO 

¿Que qué me importa? 

IRENE 

¡Si! ¿Qué te importa a ti eso? 

santiago (después de una pausa) 
Tienes razón.. - Pues bien: vete.. . (Vuelve y 
se sienta,, con la cabeza entre las manos. Irene le 
sigue con los ojos, sin moverse. Un silencio). Pues 
bien: vete. ¿Qué esperas ahora para ir en su bus- 
ca? (Una sonrisa triste pasa por el semblante de 
Irene. Se envuelve en su capa, y llega a la puer- 
ta. En el momento de ir a abriría, Santiago se le- 
vanta.) ¡Irene! 
• 

84 



LA PRISIONERA 

irene (volviéndose) 
¿Qué? 

santiago (después de una pausa, claramente) 
Quédate. 

IRENE 

¿Cómo? 

SANTIAGO 

Quédate, te digo. 

IRENE 

No comprendo. . . 

SANTIAGO 

¡Demasiado lo comprendes! . . . Quítate la capa. 
Si tu padre lo ve, él será el que no comprenda. 

IRENE 

¡Pero explícate! 

SANTIAGO 

Haz lo que te digo. (Aparece Montcel. Irene, 
oculta por la puerta, deja caer su capa. Montcel se 
dirige a Santiago), 

MONTCEL 

Buenas tardes, Santiago. 

SANTIAGO 

Buenas tardes, tío. 

MONTCEL 

¿No te ha contrariado esperarme? 



85 



EDUARDO B O U R D E T 



SANTIAGO 

¡De ningún modo! 






MONTCEL 

Iba a enviarte un recado para rogarte que vi- 
nieses a verme mañana; pero al saber que estabas 
con Irene, pensé en evitarte esa molestia . . . De- 
searía hablar un poco contigo. ¿Quieres que nos 
vayamos a mi despacho? . . . (Santiago se indina.) 
No te retendré mucho tiempo.. (Abriendo la puer- 
ta.) Pasa; ahora voy. (Santiago sale. Montcel se 
acerca rápidamente a Irene.) Le has hablado ya, 
. ¿no es verdad? 

IRENE 

¿Cómo? 

MONTCEL 

Si está al corriente, dímelo y ello me evitará ur. 
preámbulo inútil. 

irene (después de un instante) 
Sí. 

MONTCEL 

¿Entonces? . . . ¿Su respuesta? 

IRENE 

El te la dirá. 

MONTCEL 

Bien. (Sale. Irene se deja caer en una silla, jun- 
to a la mesa, y se queda pensativa, con el dolor re- 



86 



LA PRISIONERA 

tratado en él semblante. Al cabo de un momento, 
sus ojos se detienen en el florero donde están las 
violetas; lo toma, contempla las flores, y luego, 
como si una idea cruzase por su mente,, consulta 
su reloj, vacila y„ por fin, extiende la mano lia- 
da el receptor telefónico, que descuelga en él mo- 
mento en que cae él 



TELÓN 



87 



ACTO SEGUNDO 

En casa de Santiago. Un despacho-biblioteca. 
Puertas a la izquierda, a la derecha y al foro. Una 
gran mesa en el centro. Sillones confortables, 

Santiago está sentado en una butaca, con un ál- 
bum de fotografías abierto sobre las rodillas, y me- 
dita, con la mirada inmóvtt. Pasan algunos instan- 
tes; luego se oye un timbre. Santiago fruce el 
ceño, consulta la hora que es, murmura un «¡Va- 
mos!» resignado, y se levanta. 

jorge, criado, aparece en el foro. 

JORGE 

¿El señor recibe? 

SANTIAGO 

Espero a la señora Meillant, y debe de ser ella. 

JORGE 

Bien señor. (Sale. Santiago guarda en un cajón 
el álbum de fotografías) 

jorge (reapareciando) 

No es la señora Meillant, señor. Es la señorita 
de Monteé!. 



89 



EDUARDO B O U R D E T 

santiago (sorprendido) 
¿La señorita de Montcel? 

JORGE 

Sí, señor. 

santiago (con agitación) 
¿La ha hecho usted pasar al salón? 

JORGE 

Sí, señor. 

SANTIAGO 

Bien. (Se dirige hacia la puerta de la derecha.) 
¡Ah! Si llega la señora Meillant, dígale.. . (Vaci- 
la). Dígale que he telefoneado anunciando que me 
retrasaré un poco; que me dispense, y que haga el 
favor de volver a eso de las cuatro, si puede. . , Sí: 
a eso de las cuatro. 

JORGE 

Bien, señor. (Sale por el foro. Santiago abre la 
puerta de la derecha.) 

SANTIAGO 

¿Quieres pasar aquí . . . (Sorprendido.) ¿Có- 
mo? . . . ¡ Ah! . . El ayuda de cámara me había 
anunciado «La señorita de Montcel», y creí . . . 

gisele (apareciendo) 
¿Creíste que era Irene? 



90 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 
Sí, 

GISELE 

¡Oh, estoy apenadísima, Santiago! 

SANTIAGO 

¿Por qué? 

GISELE 

Porque debes estar decepcionado. 

SANTIAGO 

De ningún modo. Tengo una gran alegría en 
verte, preciosa Giséle. Estoy un poco asombrado, 
pero muy contento. 

GISELE 

Estás asombrado, porque consideras que a mi 
edad no se va sola a casa de los caballeros, ¿no 
es verdad? Pero yo no he venido sola: la señorita 
Marchand me espera abajo, en el cocha 

SANTIAGO 

No tienes necesidad de disculparte. Siwitate... 

GISELE 

¡Oh! Sólo tengo que decirte una palabra. 

santiago 
Siéntate, sin embargo. 



9X 



EDUARDO B O U R D E T 

gisele (sentándose) 
Primero, pensé telefonearte esta mañana para 
preguntarte cuándo podría venir; pero el teléfono 
está en la habitación de Irene, y no quería que 
ella pudiera oirme. 

SANTIAGO 
¡Ah! 

GISELE 

No. (Pansa.) Y he venido temprano para tener 
más probabilidades de encontrarte . . . (Vacua.) 
Quizá te parezca que lo que hago es un poco ri- 
dículo y hasta absurdo; pero me es igual... 
Mira: he venido para decirte que Irene es muy 
desgraciada. 

SANTIAGO 

¿Irene? 

GISELE 

Sí. Y puedes creerme. Si te lo digo, es porque 
estoy segura de ello. . . Desde hace ya algún tiem- 
po, la encontraba extraña, nerviosa'. Varias veces 
me pareció que tenía los ojos enrojecidos. La se- 
ñorita Marchand también lo había observado. Por 
fin, el otro día, entré en su habitación, por casua- 
lidad, creyendo que había salido, para telefonear.. 
Pues bien; por más que volvió el rostro, vi per- 
fectamente que estaba llorando. 



92 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¡Ah! 

GISELE 

Comprenderás que, cuando Irene llora, es preci- 
so que haya una causa. ¡Eso no le ocurre a me- 
nudo! ... Y yo, verla sufrir, es una cosa que no 
puedo soportar. Preferiría no sé qué . . . Así, pues, 
he reflexionado bien, y, finalmente, me he dicho 
que quizá no te dieses cuenta, y que había que 
prevenirte. Y por eso es por lo que he venido: esto 
es todo, Santiago. (Un silencio. Santiago 'perma- 
nece pensativo.) ¿Acaso te parece mal que te haya 
hablado así? 

SANTIAGO 

No me parece mal, querida Giséle; pero te con- 
fieso que no comprendo por qué has creído que 
debías 'advertirme a mí . . . 

GISELE • 

¿Cómo? 

SANTIAGO 

Siento mucho afecto por Irene; pero no veo en 
qué puedo yo. . . 

gisele (sonriendo) 
Santiago. . . Papá me habló antes * de marcharse. 

santiago (sorprendido y contrariado) 
¿Y qué te dijo? 



93 



EDUARDO B O U R D E T 

GISELE 

¡Oh, tranquilízate! Me habló reservadamente, y 
ya puedes suponer que no seré yo la que vaya a 
contarle a nadie lo que se me ha confiado. Además, 
sé muy bien que no se trata todavía de una cosa 
decidida; que tenéis que reflexionar, y que no pue- 
des decir nada en este momento porque hay en 
tus negocios . . . dificultades . . . (Santiago pasea 
2X>r la habitación, contrariado y descontento.) ¿Te 
contraría que papá me haya hablado? 

SANTIAGO 

No; nada de eso. 

GISELE 

Como comprenderás, era difícil que no me di- 
jese nada. Estaba convenido que iríamos a Roma 
con él. Bruscamente, ha cambiado todo: nos que- 
damos, y la señorita Marchand viene a vivir a 
casa. Entonces, papá se ha creído obligado a dar- 
me algunas explicaciones. No podía figurarse que 
yo lo hapía adivinado todo. 

SANTIAGO 

¿Qué habías adivinado? 

GISELE 

¡Todo! No era nada difícil: sabía que Irene que- 
ría quedarse en París y que papá no quería oir ha- 
blar de ello. Luego, tú fuiste a ver a Irene, tuviste 



94 



LA PRISIONERA 

una entrevista con papá, y, aquella misma noche, 
papá anunció a Irene que podía quedarse, y que 
me dejaría con ella para que no estuviese sola. 
No se necesita ser un Sherlock Holmes para com- 
prender lo que todo eso significaba. ¡Si supieras, 
Santiago, que me he vuelto loca de contento! ¡No 
puedes figurarte lo contenta que me puesto! . . . 

SANTIAGO 

¿De veras? 

GISELE 

¡Estaba tan segura de que habéis nacido el uno 
para el otro! . . . ¿No lo crees tú así? 

SANTIAGO 

Sí, nenita. 

GISELE 

¿Y comprendes ahora por qué he venido? 

SANTIAGO 

Lo comprendo. 

GISELE 

¿Acaso he hecho mal? 

SANTIAGO 

No. 

GISELE 

¿Verdad que no te has dado cuenta de nada? 



95 



EDUARDO B O U R D E H 

SANTIAGO 

De nada, en efecto. 

ciisele {triunfante) 

¡Estaba segura de ello! Se lo he dicho a la seño- 
rita Marchand: «Cuando Santiago le ha rogado a 
papá que deje a Irene en París, es porque la quie- 
re, y si la quiere, no puede desear que sea desgra- 
ciada, o es que no se da cuenta de nada. Por otra 
parte, esto no tendría nada de extraño: Irene es 
tan orgullosa, que es muy capaz de no haberle de- 
jado ver siquiera que sufre. Así, pues, si nadie 
tercia en este asunto, la situación puede prolon- 
garse indefinidamente. ¡Y es preciso que no conti- 
núe!» (Le coge la mano.) ¿No es verdad, Santiago, 
que es preciso que no continúe? 

SANTIAGO 

Sí, querida Giséle; pero, ya ves . . . 

GISELE 

No, no me digas nada. No quiero saber nada.¡ 
Eso no me incumbe. Yo ya te he dicho lo que que- 
ría decirte. Lo demás, es cosa tuya. La única cosa 
que te pido es que Irene no sepa nunca que he ve- 
nido a visitarte, porque no me lo perdonaría. ¿Me 
lo prometes? 

SANTIAGO 

Te lo prometo. 

96 



LA PRISIONERA 

GISELE 

Gracias. (Se levanta.) 

SANTIAGO 

Espera; no te vayas todavía, ¿quieres? (Da al- 
gunos pasos, reflexionando; luego, se detiene de- 
lante de ella.) ¿Tienes confianza en raí, Giséle? 
gisele (sorprendida y un poco inquieta) 

¡Ya lo creo, Santiago! 

SANTIAGO 

¿Hasta el punto de creerme sin pedirme expli- 
caciones, aun cuando lo que te diga te parezca sor- 
prendente o incomprensible? 

gisele (como antes) 
Sí. ¿Qué pasa? 

santiago 
Mira: tú crees, y es natural, que depende de 
mí el impedir que Irene sea desgraciada, ¿no es 
verdad? 

gisele 
Sí. 

SANTIAGO 

Pues bien; te equivocas. 

GISELE 

¿Cómo? 



97 



EDUARDO É Ó Ü R t) É f 

SANTIAGO 

¡No puedo hacer nada por ella.,., o muy poca 
cosa! 

GISELE 

¡Tú! 

SANTIAGO 

Yo¡ 

GISELE 

¿No es por causa tuya por lo que es desgra- 
ciada? 

SANTIAGO 

No. 

gisele (sobrecogida) 
¿No? . . . 

SANTIAGO 

Si lo fuese por causa mía, te aseguro que no 
continuaría siéndolo por mucho tiempo. Ahora, es- 
cúchame: puedo, sin embargo, tratar de hacer algo 
por ella. Quizá no sirva de nada, pero hay que in-j 
tentarlo. Ahora bien; necesito tu ayuda para eso. 

GISELE 

¿Mi ayuda? 

SANTIAGO 

Sí. Necesito uno o dos detalles que sólo tú 
puedes suministrarme. Si pudiera dirigirme a al- 
guna otra persona, lo haría; pero no dispongo de 



98 



LA PRISIONERA 

nadie. Si te parece que mis preguntas son indis- 
cretas o si crees que en este momento me guía 
otra cosa distinta del interés de Irene y de su 
felicidad, no me respondas. 

GESELE 

¿Qué es lo que quieres saber? 

SANTIAGO 

Desearía algunos detalles acerca de la vida que 
hace y de las personas a quienes ve. 

GESELE 

¿Las personas a quienes ve? . . . Desde lue- 
go, tú, 

SANTIAGO 

¿Yo? 

GESELE 
Sí. 

SANTIAGO 

¿Cuándo me ve? 

GISELE 

Pues. . . no lo sé, ¿Acaso no acostumbráis a to- 
mar el te juntos, por la tarde? 

SANTIAGO 

¿Te lo ha dicho ella? 



99 



EDUARDO B O U R D E T 

gisele (contrariada) 
Lo he supuesto yo. . . He podido equivo- 
carme . . . 

santiago (después de una pausa) 

Y. . . además de a mí, ¿a quién ve? 

GISELE 

No siempre me dice lo que hace, ¿sabes? 

SANTIAGO 

Pero, cuando sale, por ejemplo, ¿no te dice nun- 
ca a dónde va? 

GISELE 

Todos los días, después del almuerzo, va al es- 
tudio. 

SANTIAGO 

¡Ah, sí!. . . ¿Y por la noche, sale alguna vez? 

GISELE 

¿Por la noche? ¡Oh, casi nunca! Ha ido una o dos 
veces al teatro o al concierto, y nada más. 

SANTIAGO 

¿Sola? 

GISELE 

No; con los Aiguines. 

santiago (después de tina pausa) 
Creo que los conoció en Italia, ¿no? 



100 



LA PRISIONERA 

GISELE 

Sí; en Florencia, el año pasado. 

SANTIAGO 

¿Y tú los visitas alguna vez? 

GISELE 

¿Yo? Nunca. 

SANTIAGO 

¿Por qué? 

GISELE 

No los conozco. 

SANTIAGO 

¿Cómo no los conoces, siendo Irene amiga ínti- 
ma de ellos? 

GISELE 

Eso no es una razón. Ella no .me ha propuesto 
que haga amistad con ellos, y yo no se lo he pe- 
dido. 

SANTIAGO 

¿Por qué? ¿No te agradan? 

GISELE 

IPero si no los conozco! . . . 

SANTIAGO 

¿Te habla de ellos alguna vez? 

GISELE 

No; nunca. 



101 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

¿Y nunca has tenido la curiosidad de pregun- 
tarle algo? 

GISELE 

Nunca le pregunto nada a Irene. Cuando ella 
me habla la primera de alguien o de algoj, la es- 
cucho. Cuando no me habla, me callo. 

SANTIAGO 

¿Entonces, no sabes nada de ese matrimonio? 

GISELE 

Poca cosa. Sé que ella es polaca o austríaca, no 
lo recuerdo. . . 

SANTIAGO 

Austríaca; sí. ¿Y de él, no sabes nada? 

GISELE 

No. 

SANTIAGO 

¿No sabes lo que hace, en qué se ocupa? 

GISELE 

En absolutos, 

SANTIAGO 

¿No sabes tampoco. . . cómo es? 

GÍBELE 

¿Físicamente? 



102 



LA P R I S I O N E R A 

SANTIAGO 
Sí, 

GISELE 

Es alto, afeitado . . . Elegante. 

SANTIAGO 

¿Le has visto, entonces? 

GISELE 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Dónde le has visto? 

GISELE 

Delante de la puerta de casa, una tarde que 
había acompañado a Irene. Yo volvía precisamen- 
te en aquel momento, y le vi. ¿Por qué lo pregun- 
tas? 

SANTIAGO 

He asistido a clase. en otro tiempo con un Ai-, 
guines, y quería saber si sería el mismo. 

GISELE 

¡Oh, no creo! Tiene bastante más edad que tú. 

SANTIAGO 

i Ah! Será algún primo suyo, entonces ... Sé 
que existen varias ramas. (Pausa.) ¿Ha sido esa 
la única vez que lo has encontrado? 

103 



EDUARDO B O U R D E T 

GE3ELE 

SL También he oído su voz por el teléfono, un 
día en que preguntaba por Irene, que no había 
vuelto todavía. Eso es todo, 

SANTIAGO 

¿Y viene a verla alguna vez? 

GE3ELE 

¿A casa? No; nunca. . . 

SANTIAGO 

¿Sabes dónde viven? 

GISELE 

En la Avenida de Víctor Hugo; pero he olvidado 
el número. Figuran en el anuario de teléfonos. 

SANTIAGO 

Bien, 

GISELE 

¿Tanto te interesan los Aiguines? 

SANTIAGO 

¡Oh! Me interesan... porque son amigos de 
Irene. Nada más. (Un silencio.) 

GÍBELE 

¿Eso era todo lo que querías preguntarme? 

SANTIAGO 

Sí, Giséle; gracias. No me has enterado de gran 



104 



LA PRISIONERA 

cosa, por .supuesto; sobre poco más o menos, sabía 
todo lo que acabas de decirme. Pero nuestra con- 
versación no habrá sido inútil, sin embargo. . . 
¡Ah! No olvides que Irene debe permanecer igno- 
rante de todo esto, ¿eh? 

GISELE 

Te lo prometo. 

SANTIAGO 

Ya sé que puedo contar contigo. 

gisele (después de haber vacilado) 
Santiago, antes de marcharme, quisiera . . . ha- 
certe una pregunta, yo también. 

SANTIAGO 

Sí; házmela, 

GISELE 

¿Puedes decirme . . . qué es lo que vas a hacer 
por Irene? 

SANTIAGO 

No, Giséle. Además, ¡tengo^ tan pocas probabili- 
dades de conseguir algo! . . . 

GISELE 

Pero, en definitiva, si lo intentas, ¿crees que po- 
drás conseguir algo? 



105 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Pongamos que haya una probabilidad contra 
diez, por lo menos. 

GISELE 

Entonces, si lo consigues, ¿quiere decir que os 
casaréis? Di . . . 

SANTIAGO 

No. 

GISELE 

¡Ah!. . . (Pausa.) ¡Y, sin embargo, tú la quieres! 

santiago (sonriendo tristemente) 
¿Tú crees? 

GISELE 

¡Vamos! Hace mucho tiempo que lo sé. La quie- 
res desde el verano en que viniste a Montcel, 

SANTIAGO 

Pues, ¡ya ves! Eso no es suficiente. 

GISELE 

¿Es que ella no te quiere? 

SANTIAGO 

Sí ... , sí me quiere. 

GISELE 

¿Estás seguro? 

SANTIAGO 

Completamente. 



106 



LA PRISIONERA 

GISELE 

. . . ¡Qué lástima! 

SANTIAGO 

¿Crees tú? . . . 

gisele (hace señal de que sí; luego, tendiéndole 
la mano:) 
Adiós, Santiago, 

SANTIAGO 

Adiós, nenita. (Ella lo contempla con tristeza, 
reteniendo su mano en la de él. Luego, con un 
brusco impulso de ternura; le besa en las dos me- 
jillas y sale. El la acompaña, vuelve al cabo de un 
instante, se sienta ante su mesa y parece refle- 
xionar. Luego, abre el anuario del teléfono,, lo con- 
sulta, acerca el aparato y descuelga el receptor.) 

SANTIAGO 

¡Oiga! . . . Passy 83-42 . . . ¿Es Ja casa del señor 
de Aiguines? . . . ¿Está el señor, hace el favor? . . . 
¡Ah! ¿Y dónde está su oficina? . . . ¿Cómo? . . . (Es- 
cribe en un papel.) Bien; gracias. ¿No sabe hasta 
qué hora está allí? . . . Muchas gracias. (Vuelve a 
colgar el receptor, da algunos pasos, reflexionan- 
do, y luego se sienta a la mesa, coge una hoja de 
papel de cartas y comienza a escribir. Al cabo de 
un momento, se detiene, repasa lo que ha escrito, 
y luego, descontento, estruja la hoja de papel y 



107 



EDUARDO B O U R D E T 

toma otra. Cuando ha terminado, llama e introdu- 
ce la carta en un sobre, en el cual pone la direc- 
ción. Aparece jorge.) 

jorge 
¿Ha llamado el señor? 

SANTIAGO 

Sí. Tome un coche y vaya a llevar esta carta a 
su destino. Es en un Banco. Si le dicen que 
este señor está, entregará usted la carta y aguar- 
dará la respuesta. (Se oye un timbrazo.) Si no 
está, me traerá la carta y preguntará si ma- 
ñana por la mañana habrá probabilidades de en- 
contrarle. No dé usted mi nombre; no es preciso. 

JORGE 

Bien, señor. 

SANTIAGO 

¿Ha comprendido usted bien? 

JORGE 

Sí, señor. 

SANTIAGO 

Vaya a abrir. 

jorge (en el momento de salir) 
Si es la señora de Meillant, señor, ¿qué le digo? 
(Nuevo timbrazo, imperativo esta vez.) 



108 



LA PRISIONERA 

) 

SANTIAGO 

Ella es. Que pase. (Jorge sale y, un momento 
después, introduce a Francisca.) 

FRANCISCA 

¡Creí que me iba a dejar en la puerta! Debie- 
ras decirle a Jorge que se diese más prisa en 
abrir. Hay encuentros comprometedores en las es- 
caleras.' 

SANTIAGO 

¡Me gusta ese plural! 

FRANCISCA 

¿Qué? 

SANTIAGO 

Nada. No es de Jorge la culpa, sino mía. Estaba 
dándole unas órdenes. 

FRANCISCA 

¡Razón de más, entonces! (Va hacia él.) ¡Bue- 
nas tardes! 

SANTIAGO 

Buenas tardes, Francisca. 

FRANCISCA 

¡Ah! ¿Eso es todo? . . . 

SANTIAGO 

Pero... ¡si no me dejas pronunciar una pala- 
bra! (Se besan con las puntas de los labios.) 



m 



EDUARDO B O Ü R D E T 

FRANCISCA 

iNo estás muy amable hoy!. 

SANTIAGO 

¿Yo? Sí. 

FRANCISCA 

¿Por qué no viniste anoche a casa de los Van 
Garten? 

SANTIAGO 

No pude. 

FRANCISCA 

Te estuve esperando hasta las doce y media, con 
un dolor de cabeza espantoso. ¡Al menos, podías 
haberme avisado! 

SANTIAGO 

Ya te dije que probablemente no podría ir. 

FRANCISCA 

De acuerdo; pero como yo había insistido mu- 
cho; como te había dicho que tendría un gran pla- 
cer en que fueses a buscarme, me figuré que te 
impondrías ese pequeño esfuerzo. Veo que ha pa- 
sado el tiempo en que yo podía pedirte estas 
cosas . . . 

SANTIAGO 

No sabes cuánto lo siento, Francisca. 



L 10 



LA P B 1 S I O N E K A 

FRANCISCA 

¿Qué cosa tan importante tuviste que hacer . . . 
si no soy indiscreta? 

SANTIAGO 

Comí en casa de mi hermano, y salí de allí muy 
tarde. 

FRANCISCA 

¿No podías haberle dicho que tenías que asistir 
a una recepción? 

SANTIAGO 

Acababa de llegar de viaje. No le había visto 
lesde hacía dos meses. 

FRANCISCA 

¡Evidentemente, era mucho más interesante que 
ir en busca mía! 

SANTIAGO 

Francamente, no me tentaba ir a esa casa. . . 
¥a sabes el horror que siento por esa clase de re- 
amones, y . . . 

FRANCISCA 

Sientes horror por todo lo que a mí me es agra- 
dable. 

SANTIAGO 

No, Francisca. 



111 



EDUARDO B O U R D E T 

FRANCISCA 

¡Sí! Todos los días ocurre igual, Ya comienzo a 
acostumbrarme . . . (Pausa.) Pues quizá hayas he- 
cho mal en no ir anoche, querido Santiago . . . 

SANTIAGO 

¿De veras? 

FRANCISCA 

¡Oh! Digo eso, pero ya sé que en el fondo, ahora, 
te tiene sin cuidada. . . 

SANTIAGO 

¿Qué me tiene sin cuidado? 

FRANCISCA 

Pues bien; que me hagan el amor, por ejem- 
plo. . . 

SANTIAGO 

¿Te han hecho el amor? 

FRANCISCA 

Bastante; sí. (Pausa.) Caramba, ya se sabe que 
cuando en sociedad se comienza a ver que una mu- 
jer llega sola y se va sola, y que el caballero que 
acostumbraba a acompañarla ha desaparecido, los 
hombres le demuestran en seguida mucho más in- 
terés. Y como, además, anoche llevaba un vestido 
muy bonito. . . 



112 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Cuál? 

FRANCISCA 

No lo has visto. Vacilé antes de encargarlo por 
tu causa, ya ves. Temía que te pareciera dema- 
siado descotado. Sin embargo, hice muy bien en 
' decidirme. Tuvo un éxito loco.. 

SANTIAGO 

¡Tanto mejor! 

FRANCISCA 

En cuanto fentré, me di cuenta de su éxito, al 
ver las miradas de las mujeres. 

SANTIAGO 

¿Las de los hombres no? 

FRANCISCA 

Sí; pero algo después. Las mujeres ven eso más 
pronto 

SANTIAGO 

¡Ah! 

FRANCISCA 

Además, saqué la impresión de que no estaba 
del todo fea anoche, 

SANTIAGO 

¿A pesar del dolor de cabeza? 
113 






EDUARDO B O U R D É T 

FRANCISCA 

A pesar del dolor de cabeza. . . Al menos, me lo 
repitieron mucho, 

SANTIAGO 



¿De veras? 
¡Palabra! 
¿Y quién? 



FRANCISCA 
SANTIAGO 



FRANCISCA 

¡Oh! ¿Qué te importa eso? 

SANTIAGO 

¡No ha de importarme! Supongo que no lo du- 
darás. 

FRANCISCA 

Pues bien . . . ¡Qué sé yo! . . . Varios hombres que 
estaban allí . . . Entre otros, tu amigo Moreuil, que 
no me abandonó en toda la noche. 

SANTIAGO 

¡Calla! Si yo le creía en América... 

FRANCISCA 

Ya ha vuelto . . . , y ha vuelto en extremo galan- 
te. Se empeñó en acompañarme hasta mi casa, y 
como cometí la torpeza de decir que Alfredo tiene 
el sueño muy pesado, poco faltó para que me pro- 
pusiera subir . . . 



114 



L A PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Es .posible? 

FRANCISCA 

Aquí, entre nosotros, creo que hasta Uegó a 
proponérmelo. . . 

santiago (sonriendo, distraído) 

¡Ese picaro Moreuil! . . . (Ella se muerde los la- 
bios, y le dirige una mirada furiosa.) ¿Y decías 
que te ... ? 

FRANCISCA 

¡Oh! Te ruego que hablemos de otra cosa, ¿quie- 
res? 

SANTIAGO 

Como gustes. 

FRANCISCA 

Escucha, Santiago: te aseguro que al venir aquí 
no tenía intención de armarte una escena; pero 
no parece, en verdad, sino que te has propuesto 
exasperarme. . . desde hace tiempo. He venido so- 
portando muchas cosas, pero esta vez ya se colma 
la medida. 

SANTIAGO 

¡Bueno! 

FRANCISCA 

Comprendo muy bien que no me quieras ya: es- 
tás en tu derecho. Pero entonces, dilo. ¡Es lo más 

115 



EDUARDO B O U R D E T\l 

sencillo! No nos hemos jurado amor eterno, por la ' 
demás... Sé sincero una vez: es preferible. 

SANTIAGO 

¡Pero si no hay tal cosa, Francisca! 

FRANCISCA 

¡Ah! ¿Te parece? . . . Pues bien; permíteme que 
te diga que si no hubieses estado nunca más ena- 
morado que hoy, yo no hubiera cedido. ¿Ah, no! . 
Cedí demasiado pronto: lo reconozco. Me hubieras 
querido más si me hubiese hecho desear por más 
tiempo. ¡Me gustabas, y te lo dejé ver! ¡Tanto 
peor para mí! Sin embargo, al -menos, en los pri- 
meros tiempos, podía forjarme algunas ilusiones 
acerca de tu amor; mientras que ahora. . . 

SANTIAGO 

Te aseguro, Francisca, que mis sentimientos ha- 
cia ti no han variado. . . 

FRANCISCA 

Lo cual quiere decir . . . 

SANTIAGO 

Escucha . . . 

FRANCISCA 

Que no me has amado nunca, ¿verdad? . . . 

SANTIAGO 

... Yo no he dicho eso . . . 



116 



LA^ PRISIONERA 

FRANCISCA 

Pero lo piensas . . . Pues bien; al menos, eso es 
franqueza. ¡Gracias a Dios! . . . Pero, entonces, si 
no ¡me querías, ¿por qué me pediste que fuera 
tuya? ¿Eh? . . . ¿Quieres decírmelo? . . . 

santiago {con didzura) 
Podría responderte que yo no te lo he pedido; 
pero. . . 

FRANCISCA 

¿Que no me lo has pedido? 

SANTIAGO 

No, Francisca. . . 

FRANCISCA 

¡Ah! Entonces . . . 

SANTIAGO 

Haz memoria . . . 

FRANCISCA 

¿Entonces fui yo, sin duda, quien te suplicó 
que fueses mi amante? 

SANTIAGO 

No... 

FRANCISCA 

En fin, es preciso que hayamos sido uno de los 
dos. Si no has sido tú, tenex> que haber sido yo. 



117 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Escucha, Francisca, ¿y si hablásemos de otra 
cosa? 

FRANCISCA 

¡Ah, no! ¡Cuando me hayas explicado lo que has 
querido decir! 

SANTIAGO 

Pues bien; hagámonos cuenta de que no he di- 
cho nada, 

FRANCISCA 

¡No, no, no! Eso no puede quedar así. Sería muy 
bonito decir una insolencia, y luego... 

SANTIAGO 

¿Te he dicho yo una insolencia? 

FRANCISCA 

¡Caramba! Si no crees que es una insolencia de- 
cirle a una mujer, que es tu querida desde hace 
,seis meses, que nunca la has solicitado para que 
lo sea, entonces ¿qué es? 

SANTIAGO 

En ese caso, te pido mil perdones. He cedido, 
simplemente, al deseo de poner las cosas en su 
punto. He hecho mal. Perdóname. 

FRANCISCA 

¿Poner las cosas en su punto? ¿Por consiguien- 
te, sigues en tus trece? 



118 



L A PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿No recuerdas nuestra primera conversación? 

FRANCISCA 

¿Nuestra primera conversación? 
santiago 

Una de las primeras, si quieres. Fué en Vérsa- 
te, a lo largo del Gran Canal. Me habías telefo- 
neado por la mañana para proponerme ir a dar 
un paseo por el campo. Dejamos tu coche a la en- 
trada del Parque, ¿te acuerdas? . . . 

FRANCISCA 

Me acuerdo; sí, 

SANTIAGO 

Apenas habíamos dado algunos pasos, cuando, 
de pronto, me dijiste esta frase, que no olvido: 
«En resumen, el gran error que cometen las mu- 
jeres es elegir al mismo hombre para hacer el 
amor y para hablar de él.» Yo encontré esto gra- 
cioso, y respondí: «Evidentemente, no puede uno 
esperar ser el primero a la vez en retórica y 
poética y en gimnástica:» Tú me hiciste coro, y 
añadiste amablemente: «Estoy segura que usted 
debe estar muy mal en retórica y poética.» Des- 
pués, cambiamos algunas ideas Uenas de origi- 
nalidad, pero de las que no conservo un recuerdo 
exacto, acerca del trato de los hombres y de 

119 



EDUARDO BOÜRDET] 

las mujeres, y, finalmente, tú declaraste que no 
veías realmente qué era lo que podía impedir á 
dos seres que experimentaban una atracción físi- 
ca el uno hacia el otro, establecer entre ellos una 
familiaridad... de gestos, siempre que quedase 
bien sentado que toda incursión en el dominio sen- 
timental quedaría rigurosamente prohibida... A 
mí me pareció encantadora la idea, y, como aque- 
lla conversación no llevaba trazas de terminar y 
era la hora del té, te propuse que fuéramos a to- 
marlo a mi casa, en París, lo cual tuviste la bon- 
dad de aceptar, He aquí, exactamente, cómo ocu- 
rrieron las cosas, 

FRANCISCA 

Y bien: ¿qué demuestra eso? 

SANTIAGO 

Yo siempre he creído que habíamos fijada aquel 
día las bases de nuestra asociación, 

francisca {encogiéndose de Iwmbros) 
¡Como si todas las palabras que se dicen en esos 
casos tuviesen la menor importancia! 

SANTIAGO 

Aquéllas la tenían para ¡mí. Adquirí el compro- 
miso que podía cumplir. Si hubiera adquirido 
otros, no hubiera obrado decorosamente. 



120 



LA PRISIONERA 

FRANCISCA 

¿Crees decoroso lo que estás haciendo, querido? 
¿Te parecía tan indigno, de ti amarme? 

SANTIAGO 

¡No se trata de eso! . . . 

FRANCISCA 

Pues por extraordiario que te parezca, hay mu- 
chos hombres que piensan de otro modo. 

SANTIAGO 

¡Estoy seguro de ello, Francisca! Eres una mu- 
jer en extremo seductora, y sé muy bien que mu- 
chos hombres quisieran estar en mi lugar. ¡La- 
mento de veras que me comprendas tan mal! He 
querido decir, sencillamente, que, en las circuns- 
tancias en que nos conocimos, no podía prometerte 
otra cosa. . . que lo que te prometí. 

FRANCISCA 

¿Porque querías a otra, indudablemente? ... Y 
la quieres todavía, ¿no es cierto?... Dilo. Pero, dilo. 

SANTIAGO 

Francisca, eso corresponde al dominio sentimen- 
tal. Yo no he penetrado nunca en el tuyo, lo re- 
conocerás. Respeta el mío. 

FRANCISCA 

¿Quién es? 



121 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

¡Calla, por favor! 

FRANCISCA 

¿No quieres decírmelo? 

SANTIAGO 

¡No tengo nada que decirte! 

FRANCISCA 

¡Oh, lo sabré! No debe de ser muy difícil. . . ¿La 
conozco yo? 

SANTIAGO 

¡Te aseguro, Francisca, que estás perdiendo el 
tiempo! 

francisca (tratando de adivinar) 

Veamos: una mujer ja la que querías ya hace 
seis meses, y que no te quiere . . . 

SANTIAGO 

¿Cómo sabes que ella no me quiere? 

FRANCISCA 

¡Diablo! Porque, de no ser así, supongo que no 
habrías buscado distracciones en otra parte. Eso 
es todo lo que, en definitiva, he sido yo para ti: 
una distracción. 

SANTIAGO 

Te equivocas, Francisca. 

francisca 
Eres muy amable, pero no te consideres obliga- 



122 



LA PRISIONERA 

do a protestar. . . Mira: apuesto cualquier cosa a 
que sé quién es, 

SANTIAGO 

¡Ah! 

FRANCISCA 

¿La menor de las Barentier? 

SANTIAGO 

Esa, 

FRANCISCA 

¿No es ella? 

SANTIAGO 

Sí, sí. ¡EUa es! . 

FRANCISCA 

¡Señor, cómo ime fastidias! 

SANTIAGO 

Francisca, ¿y si cambiásemos de conversación? 
(En este momento, aparece Jorge en el foro. San- 
tiago, al verle, se levanta. A Francisca».) ¡Per- 
dón!. . . {A Jorge.) ¿Qué hay? 

JORGE 

He entregado la carta. 

SANTIAGO 

¿Ha encontrado usted a ese señor? 

JORGE 

Sí, señor No me ha dado la respuesta, pero me 



123 



EDUARDO B O U R D E T 

ha encargado que le diga al señor que va a venir 
a verle. 

SANTIAGO 

¡Ah!... ¿Cuándo? 

JORGE 

Ahora, señor. 

SANTIAGO 

¿Cómo? ¿Ahora mismo? 

JORGE 

Sí, señor. Me ha preguntado si el señor estaba 
en casa. Yo le he dicho que creía que sí. Entonces, 
me ha dicho que iba a venir. 

santiago (después de una pausa) 
Está bien ... Le hará usted pasar al salón, cuan- 
do venga. 

JORGE 

Sí, señor.- (Sale.) 

FRANCISCA 

¿Esperas a alguien? 

SANTIAGO 

Sí. Dispénsame, Francisca. Es . . . un . . . hombre 
de negocios, con quien tengo que hablar ... de un 
asunto muy urgente . . . , relacionado con mis inte- 
reses en Marruecos. 

FRANCISCA 

Sí, sí. 



124 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

No esperaba su visita Al menos, no la esperaba 
hoy; de lo contrario. . . 

FRANCISCA 

Pero si esa no importa; no importa absoluta- 
mente nada. Además, no teníamos ya mucho que 
decirnos . . . , ¿verdad? 

SANTIAGO 

No sé, Francisca. 

FRANCISCA 

. . .Mira, Santiago; ahora me doy cuenta de 
que ... en el diálogo que venimos sosteniendo des- 
de hace seis meses, casi he sido yo sola la que ha 
hecho las preguntas y las respuestas. Comprendo 
que j& es bastante y que ha llegado el momento 
de poner punto final. . . ¿No eres de la misma opi- 
nión? 

SANTIAGO 

. . . Como tú quieras. 

FRANCISCA 

¡Ah, bueno! 

SANTIAGO 

¿Qué? 

FRANCISCA 

Nada, nada. Temía que pusieses dificultades . . . 
iOh, por cubrir las formas! Pero veo que aceptas 



125 



EDUARDO B O U R D E T 

valerosamente tu destino, y que ni siquiera juzgas 
conveniente protestar. ¡Enhorabuena! Te felicito 
por tu resignación . . . (Pausa.) ¿En qué piensas? 

santiago (que está ausente) 
En. . . ti; en lo que acabas de decir. . . 

FRANCISCA 

No... 

SANTIAGO 

Perdóname, Francisca; estoy, en efecto, bastan- 
te preocupado por esa visita que espero. Tienes 
que disculparme. ¿No. podíamos volver a vernos 
en otro momento? . . . ¿Mañana, por ejemplo? 

FRANCISCA 

¿Para qué? 

SANTIAGO 

Quisiera . . . tratar de explicarme . . . , de justi- 
ficarme . . . 

FRANCISCA 

¿Para qué? ¡He comprendido, te lo aseguro! ¡He 
comprendido demasiado bien . . . (Hace lo posible 
por no llorar; pero no puede retener una lágrima, 
que se enjuga con el pañuelo}) 

santiago (acercándose a ella) 
Francisca. . . 

FRANCISCA 

No hagas caso ... Ya se acabó . . . Ahora, des- 



126 



LA PRISIONERA 

pidámonos cortésmente, como personas bien edu- 
cadas que somos y como buenos amigos ... Te 
echaré de menos, mi querido Santiago . . . 

SANTIAGO 

¡Oh! ¡Vamos! . . . 

FRANCISCA 

Sí, sí; te lo aseguro. No es tuya la culpa: perte- 
neces a la clase de hombres a los que se echa de 
menos ... A pesar de todo, nos quedan algunos 
recuerdos no muy desagradables, ¿verdad? 

SANTIAGO 

Sí, Francisca; recuerdos deliciosos... 

FRANCISCA 

A pesar de que, como has dicho, no son re- 
cuerdos de amor . . . , no por eso reniego de ellos . . . 
Además, créeme, Santiago . . . Cuando una mujer 
se obligue a amarte, no debes creerla siempre; y 
cuando prometa no amarte, tampoco debes creerla 
enteramente . . . 

SANTIAGO 

¡Mi Francisca querida! 

FRANCISCA 

¡Vaya! No nos enternezcamos. 

SANTIAGO 

Permíteme, al menos, que te escriba. 



127 



EDUARDO B O U R D E T 

FRANCISCA 

Eso, sí; escríbeme una bella carta llena de pen- 
samientos delicados y un poco melancólicos acerca 
de las cosas que acaban, y mándamela por con- 
ducto del florista con algunos de esos claveles que 
tanto me gustan, Esperaré que se marchiten para 
tratar de olvidarte. ¿Adiós? (Le tiende la mano. 
Santiago posa en ella los labios. Francisca se di- 
rige luego hacia la puerta del foro. Se oye Un tim- 
brazo.) 

SANTIAGO 

Espera un segundo, ¿quieres? (Entreabre la 
puerta, y escucha un instante. Luego, la abre en 
el momento en que aparece Jorge.) ¿Es ese ca- 
ballero? 

JORGE 

Sí, señor, 

SANTIAGO 

Está bien. (Jorge se retira. Santiago se aparta 
para dejar pasar a Francisca, que le hace un leve 
saludo con la cabeza y luego se vuelve, una vez 
franqueada la puerta.) 

francisca (descubriendo su emoción) 
¿No olvidarás los claveles? . . . (Sale. El la acom- 
paña; rea/parece, al cabo de mi instante, y va a 
abrir ¡a puerta tte la derecha.) 



128 



LA PRISIONERA 

santiago (entre bastidores) 
Señor, ¿quiere tomarse la molestia de pasar? 
(Se aparta algunos pasos. Aparece Aiguines y se 
detiene; luego, va hacia el, con la mano tendida.) 

AIGUESTES 

¿Cómo estás? 

santiago (sorprendido) 
¿Cómo? ¿Eres? . . . 

AIGUESTES 

Soy yo; sí. ¿No sabías que era a mí a quien es- 
cribías esa carta? 

SANTIAGO 

No; de lo contrario . . . 

AIGUTNES 

Supongo que no me habrías dado ese tratamien- 
to. . . ¿Pero no te decía nada mi nombre? 

SANTIAGO 

Sí; pero creía que el Aiguines a quien tenía que 
dirigirme era de más edad. 

AIGUESTES 

¿De más edad? ¿Por qué? 

SANTIAGO 

En fin; poco importa Me acordaba de que te- 
nías primos, y creí que se trataba de uno de ellos. 

AIGUTNES 

¡Ah! ... ¿Ya propósito de qué? . . . 



129 



EDUARDO B O Ü R D E 1 

SANTIAGO 

Ahora te explicaré. (Pausa.) Siéntate. 

AIGUINES 

Me miras . . . Me encuentras cambiado, ¿eh? . . . 
Estoy seguro de que no me habrías reconocido. 

SANTIAGO 

Sí. . . Sin embargo. . . 

AIGUINES 

¡Diablo! Hace unos veinte años que no nos he- 
mos visto. Desde los felices tiempos en que des- 
gastábamos Jos fondillos de nuestros pantalones so- 
bre los bancos de Gerson. . . ¿Y veinte años dejan 
huella! En algunas personas, por lo menos.¡ Tú, en 
cambio, no has variado casi nada. . . Siento un 
gran placer en volver a verte, ¿sabes? 

SANTIAGO 

Gracias. 

AIGUINES 

Es raro que no nos hayamos encontrado nunca. 
Claro que yo no he estado mucho tiempo en Fran- 
cia. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de tu vida? . . . ¿No has 
estado en Marruecos hace poco? 

SANTIAGO 
Sí, 

AIGUINES 

¿Quién me lo había dicho? . . . ¡Ah! Ya sé. ¿Te 



130 



I A PRISIONERA 

acuerdas? ... El gordo Sicard. Me lo encontré un 
día en Madrid Estuvimos en el mismo hotel.; Lle- 
gaba de Casablanca, creo, donde te había visto. 

SANTIAGO 

Sí. 

AIGUTNES 

¿Y ahora te quedas aquí definitivamente? 

. SANTIAGO 

Definitivamente; sí. " 

AIGUTNES 

¡Lo que es la vida! ¿De modo que no sabías que 
el Aiguines a quien pedías una entrevista, era yo? 

SANTIAGO 

No, 

AIGUTNES 

Pues bien; yo no he vacilado al leer tu firma. 
¡Por eso he venido en seguida! Santiago Virieu 
quería verme, y no podía hacerle esperar. 

santiago (después de una pausa) 
¿E sólo por eso por lo que has venido en se- 
guida? 

aiguines (sorprendido) 
. . . ¡Diablo! ¡Si no tengo la menor idea de lo que 
vas a decirme! 

SANTIAGO 

¿No tienes la menor idea? 



131 



EDUARDO B O U R D E T 

AIGUINES 

¡Oh! ¡Claro que no! 

SANTIAGO 

SAh!... 

aigutnes (después de una pausa, mirándole) 
¿Sabes que rae estás intrigando? . . . ¡La verdad, 

pareces un .juez de instrucción! . . . ¿De qué se 

trata? 

SANTIAGO 

De quién, sería mejor decir. 

AIGUTNES 

¿De quién? . . . Como quieras. Pues bien, ¿de 
quién se trata? 

santiago (después de una pausa) 
De Irene de Montcel. 

aiguines (contrariado bruscamente) 
¿De Irene de Montcel? 

SANTIAGO 

Sí... (Pausa.) Parece que comienzas a com- 
prender. . . 

aigutnes (nerviosamente) 

No . . . ¿Qué tienes que decirme, a propósito de 
la señorita de Montcel? 

santiago 
¿No te lo figuras? 



129 



LA PRISIONERA 

AIGÜINES 

¡No! 

SANTIAGO 

Soy primo lejano suyo. Y, sobre todo, soy des- 
de hace mucho tiempo su amigo, uno de sus mejo- 
res amigos. Digamos el mejor, si te parece. 

AIGÜINES 

¿Y qué? 

SANTIAGO 

Lo sabías, ¿verdad? 

AIGÜTNES 

No sabía siquiera que la conocieses. 

SANTIAGO 

¿No ha hablado de mí nunca en tu presencia? 

AIGÜINES 

Nunca. 

SANTIAGO 

¿No te ha hablado tampoco del. . . papel que al- 
guien representaba en este momento cerca de ella? 

AIGÜINES 

¿Qué papel? 

SANTIAGO 

¿No sabes que hay quien se ha comprometido a 
pasar ante los ojos de su padre por novio suyo o 
cosa análoga? 



133 



EDUARDO B O U R D E T 

AIGUINES 

¿Por novio suyo? 

SANTIAGO 

Para desviar las sospechas de su padre y permi- 
tirle quedarse en París; sí. 

aiguines {después de una pausa) 
¿Y ha sido a ti a quien ella ha pedido eso? 

SANTIAGO 
Sí, 

AIGUINES 

¿Y tú lo has hecho? 

SANTIAGO 

Sí. (Pausa.) ¿Ignorabas todo esto? 

AIGUINES 

¿Yo? Naturalmente que sí. 

SANTIAGO 

Pues, mira. . . Yo me figuraba que debías estar 
al corriente de ello, 

AIGUINES 

¿Puedo saber adonde vas a ir a parar? 

' SANTIAGO 

He querido, sencillamente, que conozcas los títu- 
los que poseo para hablarte de ella como voy a ha- 
cerlo, 

AIGUINES 

Bien. Pues lo siento mucho; pero yo no poseo 



134 



LA PRISIONERA 

ningún título para escuchar lo que puedas tener 
que decirme acerca de esa joven. (Se levanta.) 

SANTIAGO 

Haz el favor de sentarte. 

AIGUINES 

Es inútil. Te repito que eso no me interesa: 

SANTIAGO 

Vamos, cálmate; si no, acabaré por creer que te 
interesa mucho, por el contrario . . . 

AiGurNES (violentamente) 
Pero bueno, ¿qué significa esto? 

SANTIAGO 

Pues bien; esto significa que una sospecha que 
yo ya tenía antes de tu visita está a punto de 
concretarse extrañamente, desde hace cinco mi- 
nutos . . . 

AIGUINES 

¡Bueno! Pues mira, guárdate tu sospecha, y dé- 
jame que me vaya, 

santiago (colocándose entre Aiguines y la puerta) 
¡Te juro que me escucharás! 

AIGUINES 

¡Estás loco, palabra! 

SANTIAGO 

No. 



135 




EDUARDO B O U R D E T 



AIGUTNES 

¿Quieres que te escuche? 

SANTIAGO 
Sí, 

AIGUINES 

Padeces un error; ya te lo he dicho. 

SANTIAGO 

Lo veremos, 

AIGUTNES 

Yo ya te he prevenido. Haz lo que quieras. 

SANTIAGO 

Tranquilízate: no seré prolijo. Si, en contra de 
lo que supongo, lo que voy a decirte no te con- 
cierne, seguramente sabrás a quién hay que repe- 
tírselo . . . Cuando un hombre ocupa en la vida de 
una muchacha el lugar que . . . aquél para quien 
hablo ocupa en la vida de Irene; cuando se la obli- 
ga a hacer o se la deja hacer — que viene a ser lo 
mismo — lo que ella ha hecho para no alejarse de 
él, no tiene ninguna excusa admisible, ¿entien- 
des?, ninguna. . ., para no casarse con ella. Si ese 
hombre es libre, no hay que decir. Si no lo es, se 
las arregla como sea para serlo lo más pronto po- 
sible. 

AiGurNES (después de una pausa) 
¿Es eso todo? 



136 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Casi todo. Porque no quiero admitir la hipótesis 
de que el personaje en cuestión no sea un hombre 
honrado. En ese caso, el deber de un amigo es muy 
sencillo: prevenir al padre para que proteja a su 
hija. Pero espero que no será preciso llegar a eso. 

AIGUTNES 

¿Has terminado ya? 

SANTIAGO 

Sí. 

AIGUTNES 

Escúchame, entonces ... A menos que yo esté 
alucinado, de todo esto resulta que tú me crees el 
amante, o poco menos . . . , de la señorita de Mont- 
ee!.. ¿No es eso? 

SANTIAGO 

Esa es la hipótesis más verosímil, en efecto. 

AIGUTNES 

Pues bien; mírame, y, a pesar del estado de so- 
brexcitación en que pareces hallarte, procura ver 
claro: te doy mi palabra de honor de que te equi- 
vocas; de que yo no soy ni he sido nunca para 
ella nada más que un conocido, ¿entiendes?, ni 
siquiera un amigo. . . Ahora, créeme o no me 
creas, i Allá tú! No añadiré nada a lo que acabo de 
decir. Y ten por seguro que si me he tomado la 



137 



EDUARDO B O U R D E T 

molestia de desengañarte, en lugar de marcharme 
encogiéndome de hombros, como se hace en pre- 
sencia de un loco, ha sido únicamente en atención 
a nuestra antigua amistad. 

santiago (impresionado por la actitud enérgica de 
Aiguines, y con angustia) 
Entonces..., ¿quién es? 

AlGUIISrES 

No sé nada de eso... ¿Acaso tiene algún 
amante? 

SANTIAGO 

Sí. 

AIGUINES 

¿Te lo ha dicho? 

SANTIAGO 

Me lo ha dejado adivinar, que viene a ser lo 
mismo. 



AIGÜJNES 

No siempre. Quizá te hayas apresurado demasia- 
do a formular la conclusión. 

SANTIAGO 

Vamos a ver. Esa es la única explicación posi- 
ble. Además, si no fuese cierto, me habría desen- 
gañado, pues no ha podido dudar ni un segundo 
que yo estaba convencido de ello. 



138 



LA PRISIONERA 

aigutnes (después de una pausa) 
De todos modos, lo siento mucho, pero no pue- 
do suministrarte ningún dato. Y si no tienes otra 
cosa que decirme . . . 

SANTIAGO 

¿No querrás marcharte ya? 

AIGUTNES 

Sí; tengo que marcharme. He venido en cuanto 
he recibido tu carta; pero... he de ausentarme 
de París dentro de pocos días; tengo mucho que 
hacer, y . . . 

SANTIAGO 

Te suplico que te quedes. Eres la única persona 
que puede ayudarme a aclarar esto, y es necesa- 
rio que lo aclare. 

AIGUTNES 

i Pero si yo no sé nada! 

SANTIAGO 

¡No es posible! Debes tener... una idea, una 
sospecha. Viéndola continuamente...; sabiendo la 
vida que hace. . . ; a quien ve. . . 

AIGUINES 

¡Pero si te equivocas! Yo no la veo continuamen- 
te. . . Sale con nosotros, de vez en cuando; pero. . . 
estoy mucho menos cerca de ella de lo que tú pa- 
reces creer. 



139 



EDUARDO BOURDET 

SANTIAGO 

Veamos; puede decirse que no ve a nadie más 
que a vosotros; se pasa todo el tiempo en tu casa. 
¡Es imposible que no sepas algo! 

aigütnes (fríamente, sin mirarle) 
No sé nada, 

SANTIAGO 

¿No te creo! 

AIGUINES 

Mira: basta ya. . . 

SANTIAGO 

Te he creído antes, te he creído sin pruebas, 
cuando me has dicho que no eras su amante. En 
ese momento, decías la verdad. Ahora, no, Mien- 
tes. Mientes^ para no descubrir el secreto de otro, 
que probablemente es amigo tuyo. ¿No es eso? 

AIGUINES 

¡No sé nada! 

SANTIAGO 

¿Y no comprendes que hay que acudir en auxi- 
lio de esa niña; que no se la puede dejar que se 
comprometa cada día más en una aventura en la 
que quizá esté a punto de perderse? . . . ¡Y si no 
fuera más que eso! . . . Pero, naturalmente, ha co- 
menzado a sufrir. . . ¿Qué es lo que le pasa con 
el otro? . . . ¿Ha advertido que quería dejarla? . . . 



140 



LA PRISIONERA 

No lo sé. Lo único que sé es que se pasa el tiem- 
po llorando, encerrada en su habitación. Esta es 
su situación actual. . . 

AIGUTNES 

¡Qué quieres que yo haga! (Con un ademán.) 

SANTIAGO 

¿A ti te da lo mismo? ... ¡A mí, no! ¡Daría mi 
vida, ¿entiendes?, daría ¡mi vida, con tal de que 
ella fuese feliz! 

aiguenes (le mira sorprendido, luego, dioe): 
¿La quieres, pues? 

SANTIAGO 

Soy su amigo, 

AIGUTNES 

¡Vaya, respóndeme! No se hace lo que tú has 
hecho simplemente por amistad; no se acepta el 
desempeño de esa comedia de noviazgo, y, sobre 
todo, no se pone uno como tú te has puesto hace 
un instante . . . ¿La quieres? 

SANTIAGO 

Pues bien, sí; ¡la quiero! ¡La quiero desde hace 
diez años, y no querré a nadie más que a ella. ¡Ya 
lo sabes! 

aiguines (va hacia él, le pone las manos sobre los 
hombros y le contempla) 

¿La quieres dé vertlaíd? 



141 



EDUARDO B J U R D B T 

SANTIAGO 
¡Sí! 

AIGUTNES 

¡Entonces, abandona el campo, amigo mío! Vete 
a cualquier parte, pero muy lejos y para mucho 
tiempo, y no vuelvas hasta que estés curado. Esto 
es todo lo que puedo decirte. 

santiago (sorprendido) 
¿Qué significa eso? 

AIGUTNES 

Que te doy un consejo, un buen consejo, y 
nada más. 

SANTIAGO 

¿Vas a explicarme lo que has querido decir? . . , 
¿Eh? . . . 

AiGüTNES (con cierta confusión) 

Pero . . . , si no hay nada que explicar ... Tú 
quieres a esa muchacha, y, a juzgar por lo que 
dices, el] a quiere a algún otro. En estos casos, creo 
que lo mejor que uno puede hacer es retirarse. 
¿No te parece? 

SANTIAGO 

¿Retirarse, dejándola entre las manos del otro, 
de un Don Juan, probablemente, que la ha desea- 
do y le ha hetího creer que se va a casar con 
ella?... 



142 



LA PRISIONERA 

AIGUTNES 

¿Es, realmente, tan ingenua? 

SANTIAGO 

Una mujer siempre es ingenua la primera vez 
que ama. Y, para ella, ésta es la primera vez. Ten-: 
go motivos para saberlo Si hubiera querido a al- 
guien antes que a ese, hubiera sido a mí; a mí, 
que la adoraba, y que he vivido hasta el año pa- 
sado con la esperanza de que acabaría por ser mi 
mujer. Y lo hubiera sido, ¡sabes!, si el otro no se 
hubiera presentado. . . Yo no he luchado: no valía 
la pena. Sólo que ya que él ha causpdo mi desdi- 
cha, al menos que labre la felicidad de ella. ¡Y, 
por eso, es preciso que yo le encuentre! 

AIGUINES 

No puedes hacer nada por ella. 

SANTIAGO 

¿Cómo lo sabes? 

AIGUINES 

Nadie puede hacer nada por ella. 

SANTIAGO 

¿Por qué? (Aiguines calla.) ¡Vamos, acabas de 
descubrirte! Ahora no continuarás pretextando 
que no sabes absolutamente nada. Ya no puedes 
callarte. 



143 



EDUARDO B O U R D E T 

AIGUINES 

Déjala. No medies en este asunto: créeme. Y no 
me preguntes nada más. 

SANTIAGO 

Veamos: no supondrás que voy a contentarme 
con esas frases enigmáticas que no tienen más 
que un resultado: el de inquietarme más aún. ¡No 
es un consejo lo que te pido, sino.fun nombre! 
aiguines (bruscamente) 

¿El nombre de su amante? ¡No tiene ningún 
amante! ¿Estás ahora satisfecho? 

SANTIAGO 

¿Qué? 

AIGUINES 

¡Acaso fuera mejor para ella tenerlo! 

SANTIAGO 

No comprendo, 

AIGUINES 

De un amante, aunque se tratase del peor de 
los hombres, se puede escapar, se le puede olvi- 
dar. En tanto que ella . . . 

SANTIAGO 

¿Qué? ¡Acaba! 

AIGUINES 

No es la misma esclavitud ... Y esa . . . (Hace 
un atf/emún«) 



144 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿No es la misma esclavitud? 

AIGUINES 

No sólo un hombre puede ser peligroso para 
una mujer... En algunos casos, puede serlo una 
mujer. ¡Ya lo sabes! 

SANTIAGO 

¿Una mujer? 

AIGUINES 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Qué me dices? ¿Es por causa de una mujer por 
lo que Irene se niega a seguir a su padre a Roma? 

AIGUINES 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Es por causa de una mujer por lo que llora? 

AIGUINES 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Qué clase de historia es ésta? 

AIGUINES 

Es una historia como hay algunas . . . contra lo 
que puedan suponer los hombres . . . Una de esas 
historias en las que no creen, en general, o que les 
hacen sonreír, divertidos y más bien indulgentes. 

145 

10 



EDUARDO B O Ü R D E T 

SANTIAGO 

¡Vamos! ¡Eso es imposible! Irene es una mujer 
muy equilibrada . . . 

AIGUTNES 

¿Quién demuestra eso? 

SANTIAGO 

¿Estás seguro de ello? 

AIGUINES 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Tú . . . conoces a esa mujer? 

AIGUINES 

. . .La conozco; sí: 

santiago (después de una pausa) 
¡Estoy estupefacto! . . . 

AIGUTNES 

Y un poco aliviado, ¿no? 

santiago 
¡Caramba! . . . Después de lo que había temido. . . 

AIGUTNES 

Lo prefieres . . . (Pausa.) Pues bien; haces mal 
en preferirlo. 

SANTIAGO 

¿Tú preferirías que tuviese un amante? 

AIGUINES 

¿En tu lugar? . . . Cien veces, mil veces mejor. 



146 



LA PRISIONERA 



SANTIAGO 



¿Estás loco? 



AIGÜINES 

Tú eres el que está loco. . . Si tuviese un aman- 
te, yo te diría: «Paciencia, amigo mío. Paciencia y 
valor. No se ha perdido nada. Un hombre no es 
eterno en la vida de una mujer. Tú la quieres. Vol- 
verá a ti, si sabes esperaría.» Pero, en este caso, 
te digo: «No la esperes. No merece la pena. No 
volverá. Y si alguna vez el Destino la interpone 
en tu camino, rehuyela. Rehuyela, ¿entiendes? Si 
no, estás perdido. Te pasarás la vida corriendo de- 
trás de un fantasma ,al que no alcanzarás nunca.» 
Porque no se las alcanza nunca. Son como unas 
sombras. Hay que dejarlas que se paseen en su 
reino de sombras. No debemos acercarnos a ellas. 
Son peligrosas. Sobre todo, no debemos querer ser 
algo para ellas, aunque sea muy poco, ¡En eso está 
el peligro! Porque, a pesar de todo, ellas nos ne- 
cesitan un poco en la vida. No siempre es fácil 
vivir para una mujer. Así, pues, si un hombre le 
propone ayudarla y partir con ella lo que posee 
y darle su nombre, ella acepta, como es natural. 
¿Qué puede importarle eso? Con tal de que no se 
le pida amor, de lo demás no es avara. Sólo que, 
¿concibes lo que puede ser la existencia de ese 
hombre, si tiene la desgracia de amar, de adorar 



147 



EDUARDO B O U R D E T 

a la sombra cerca de la cual vive? Di, ¿lo imagi- 
nas? . . . Pues bien; créeme, amigo mío: es una 
existencia insoportable. Le consume a uno. . . Se 
envejece antes de tiempo, y, a los treinta y cinco 
años, mira: se tienen los cabellos grises. 

santiago (contemplándole, sobrecogido) 
¿Cómo? 

AIGUTNES 

Pues bien; sí. . . Que mi ejemplo te sirva a ti, 
al menos. ¿Comprendes? No son para nosotros. 
¡Hay que rehuirlas! ¡Hay que dejarlas! ¡No hagas 
lo tjue yo! No digas, como yo he dicho en circuns- 
tancias casi idénticas a l?s tuyas: «¡Ah, bueno! No 
es más que esto... Amistad apasionada... Inti- 
midad demasiado afectuosa. . . Nada grave. ¡Ya 
sabemos lo que es eso!» ¡No! ¡Lo ignoramos! ¡No 
sabemos. lo que es! Es algo misterioso. . . y terri- 
ble. La amistad, sí, es la máscara. A cubierto de 
la amistad, una mujer se introduce en un hogar 
cuando quiere, como quiere, a todas las horas del 
día, y lo envenena todo, y lo destruye todo, sin 
que el hombre cuyo hogar va a ser asolado se dé 
cuenta siquiera de lo que ocurre. ¡Cuando se da 
cuenta es demasiado tarde, y se encuentra solo! 
Solo, ante la alianza secreta de dos seres que se 
entienden, que se adivinan, porque son semejan- 
tes, porque son del mismo sexo, pertenecientes a 



148 



LA PRISIONERA 

otro planeta que él, el extraño, el enemigo. . . ¡Ah! 
Contra Un hombre que quiere arrebatarnos a una 
mujer podemos defendernos: luchamos, al menos, 
con armas iguales, y tenemos el recurso de abo- 
fetearle . . . Pero en este otro caso . . . , no pode- 
mos hacer nada más que marcharnos, cuando po- 
demos, cuando tenemos fuerzas para ello... ¡Y 
esto es necesario que hagas tú! 

SANTIAGO 

. . . ¿Por qué tú no lo haces? 

AIGUTJSTES 

¡Oh! No es la misma situación. . . Yo no puedo 
abandonarla. Hace ocho años que nos casamos. ¿A 
dónde iría ella?... Además, es demasiado tarde: 
no podría ya vivir sin ella. .. ¿Qué quieres? La 
adoro... (Pausa.) ¿No la has visto nunca? (Santia- 
go hace seña de que no). Lo comprenderías mejo'* 
si la conocieses. . . Tiene. . . todas las seducciones, 
todas . . . En cuanto se acerca uno a ella, se expe- 
rimenta..., no sé como decir..., una especie de 
encanto. No solamente yo. Todo el mundo. Pero yo, 
más que nadie, porque vivo a su lado. Creo que es 
el ser más encantador y más armonioso que ha exis- 
tido nunca . . . Cuando estoy lejos de ella, algunas 
veces tengo energías para odiarla por todo el mal 
que me ha hecho; pero, a su lado, estoy vencido: 



149 



EDUARDO B O U R D E 7 

la contemplo, la escucho, la admiro. . . (Un suén- 
elo). 

santiago (que sigue su pensamiento) 
Dime por qué sufre Irene. 

AIGUTNES 

¡Ah! Eso ... No lo sé. Crees que recibo confiden- 
cias, ¿verdad? . . . Sufre, quizá, como puede sufrir 
un ser débil cuando es presa de un ser fuerte, 
en tanto que no ha abdicado, 

SANTIAGO 

¿Irene, un ser débil? 

AIGUTNES 

¿Ante la otra? ¡Oh, sí! (Pausa.) Se resiste, qui- 
zá, aún . . . 

SANTIAGO 

¡Ah! (Pausa). ¿Es por eso por lo que sufre? 

AIGUTNES 

Por eso. . . o por otra cosa. No tiene más que la 
dificultad de la elección. 

SANTIAGO 

Explícate. 

AIGUTNES 

¿Por qué no ha de sufrir?/ Yq también sufiío^ 
mucho. 

SANTIAGO 

¡No es lo mismo! 



150 



L A PRISIONERA 

AIGUINES 

¿Tú crees? . . . Supongo, por el contrario, que 
debe de ser muy semejante. ¡No hay más que una 
manera de amar y una manera de sufrir! Existe 
la misma fórmula para todo el mundo, y, en este 
respecto, podemos darnos la mano ella y yo, desde 
hace algún tiempo. Sólo que ella no ha adquirido 
todavía la costumbre. . . Yo, ya la tengo 

SANTIAGO 

No estoy seguro de comprenderte. 

AIGUINES 

¿No has oído hablar de un viaje? 

SANTIAGO 

¿De un viaje? 

AIGUINES 

Por el Mediterráneo, en un yate . . . , en un yate 
americano. ¿No? 

SANTIAGO 

No. (Pausa). ¿Toma parte en ese viaje? 

AIGUINES 

No sé,. Por eso te pregunto si te ha hablado de 
ello. 

SANTIAGO 

No me habla nunca de nada. Además, la veo muy 
poco, 



151 



EDUARDO B O U R D E T 

AIGUINES 

... En su lugar, yo me negaría a ir. 

SANTIAGO 

¡Ah! 

AIGUrNES 

Pero dudo que pueda' hacerlo. En fin: allá ela. . . 
El que importa eres tú. ¿Qué vas a hacer? ¿Segui- 
rás mi consejo? ¿Te alejarás de ella? 

santiago (pensativo) 
No sé todavía. Ya lo veré. 

AIGUTNES 

No esperes nada, amigo mío. Créeme, 

SANTIAGO 

Exageras el peligro, en lo que a mí concierne. 
La veo muy poco: te lo repito. 

AIGU1NES 

¿Qué importa eso? Ella sabrá encontrarte cuan- 
do tenga necesidad de ti. Te lo prevengo. Pues 
bien; aun prevenidos, nos dejamos coger.. Acuér- 
date de lo que te digo. . . Vete. 

SANTIAGO 

¿Pero adóide quieres que vaya? 

AIGIUNES 

A cualquier parte, con tal de que sea lejos, (Pau- 
sa). ¿No has conservado intereses en Marruecos? 



152 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Sí; pero. . . 

AIGUINES 

Vuélvete allá, por algún tiempo. Allí, por lo me- 
nos, no te tendrá al alcance de su mano. 

SANTIAGO 

Te aseguro que, si la conocieses mejor, te darías 
cuenta de que tus temores son quiméricos. Ha po- 
dido volverse hacia mí en un instante de enloque- 
cimiento; pero, de eso a continuar haciéndolo, va 
mucha diferencia: es demasiado orgullosa. Y, ade- 
más, no veo, verdaderamente, en qué podría yo ser- 
virle.: 

AIGUINES 

¿Acaso eso se sabe? (Pausa) . Si no quieres mar- 
charte, entonces busca una mujer que te gustie, 
una verdadera mujer que ame el amor, éste, nues- 
tro amor .... Y procura que te haga olvidar a la 
otra. 

SANTIAGO 

Ya lo he hecho,i 

santiago (después de una pausa) 

¡Ah! ¿Y no ha bastado? (Santiago hace seña de 
que no). Ya ves cómo no exageraba demasiado el 
peligro. Así, pues, no queda más recurso que el de 
la ausencia. Y yo, en tu lugar, no tardaría en uti- 



153 



EDUARDO B O U R D E T 

lizarlo. Ahora, allá tú. (Se oye un timbrazo) ¿Es- 
peras a alguien? 

SANTIAGO 

No. 

AJGUÜSTES 

De todos modos, te dejo . . . Adiós, Santiago. 

SANTIAGO 

Gracias. 

AIGUTNES 

¡Oh! (Hace un ademán) . Si lograra, al menos, ha- 
berte convencido, (Jorge aparece por el foro). 

SANTIAGO 

¿Qué hay? 

JORGE 

La señorita de Montcel pregunta si el señor pue- 
de recibirla,- 

santiago (emocionado) 
¡Oh! 

JORGE 

Le he dicho que venía a ver si el señor estaba 
aquí. 

SANTIAGO 

Hágale entrar en el salón y cierre la puerta de 
la antesala. 

JORGE 

Bien, señor. 



154 



LA PRISIONERA 

santiago 
¿Es la señorita Irene? 

JORGE 

Sí, señor. (Sale.) 

SANTIAGO 

No me esperaba esta visita, en verdad. 

AIGUTNES 

Oye: supongo que no pensarás revelar a Irene 
de Montcel una 'sola palabra de nuestra conversa- 
ción, ¿verdad? 

SANTIAGO 

¿Estás loco? . . . ¿Crees que ella me perdonaría 
de saber? . . . 

AIGUINES 

Bien. Eso es todo. Ahora . . . , ¡buena suerte! (Se 
estrechan la 'mano.) Y acuérdate de que, por mu- 
cho que hagas, no será para ti . . . No son para 
nosotros nunca. ¡Adiós! (Sale. Santiago le acompa- 
ña. La escena queda vacía algunos instantes) lue- 
go, reaparece Santiago por la derecha, con Irene.) 

IRENE 

¿De verdad no te molesto? 

SANTIAGO 

De verdad. 

IRENE 

Me lo dirías, ¿no? 



155 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Te lo diría. 

IRENE 

¿Estabas solo? 

SANTIAGO 

Estaba. . . con un amigo; pero se iba a marchar 
cuando tú has llamado. 

IRENE 

Pero esperarás tal vez a alguien. 

SANTIAGO 

A nadie. 

IRENE 

Entonces, ¿puedo quedarme? ¿No te molesto? 

SANTIAGO 

Tú no me molestas nunca. 

IRENE 

Te habrás sorprendido cuando te hayan dicho 
que era yo. 

SANTIAGO 

Un poco; sí. 

IRENE 

Te habrás preguntado qué vendría yo a hacer 
aquí, ¿verdad? . . . Habrás pensado: «¡Ah! ¿Pero es 
que me va a acosar hasta en mi casa ahora? ...» 
¿No has pensado eso? 



156 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

He pensado que, sin duda, debías tener que ha- 
blarme. 

IRENE 

Sí, 

SANTIAGO 

Pues bien; te escucho. 

irene {sonriendo) 

¡Oh, así no! ¡No pongas esa cara! ¡No me ha- 
bles como un notario atareado a una cliente! ¡Sé 
un poco amable, un poco afectuoso!... ¡Deja ese 
aspecto severo! 

SANTIAGO 

¿De dónde sacas que mi aspecto es severo? 

IRENE 

Tú siempre tienes el aspecto severo, ahora. 

SANTIAGO 

Te equivocas . . . 

IRENE 

¡Sé bueno, digo! . . . ¡Como en otro tiempo! . . . 
¡Necesito tanto de tu. bondad! 

SANTIAGO 

¡Ah, ah! 

IRENE 

¿Por qué dices: «¡Ah, ah!»? 



157 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Por nada. Vaya, continúa. 

SANTIAGO 

¿Te extraña que te pida que seas bueno, que 
seas afectuoso? 

SANTIAGO 

¡Oh! Hace ya algún tiempo que he renunciado a 
asombrarme de nada tuyo, Irene . . . 

IRENE 

¡No seas malo! ... Te he dado motivos para que 
lo seas, no lo olvido. Pero no lo seas, sin embargo, 
¿sabes? . . . Por lo menos, no lo seas hoy. (Vuelve 
la oabeza para ocultar las lágrimas.) 

santiago (con más amabilidad) 
¿Qué te pasa? 

IRENE 

Nada ... No hagas caso. 

SANTIAGO 

¿No quieres sentarte? 

IRENE 

Gracias. 

SANTIAGO 

¡Dispénsame un segundo! Voy a advertir que, si 
viene alguien, digan que no estoy. (Sale un ins- 
tante; luego, vuelve.) ¿Quieres tomar una taza 
de te? 



158 



LA PRISIONERA 

IRENE 

No, gracias. (Pausa.) Santiago, quisiera que me 
dijeses una cosa. . . 

SANTIAGO 

¿Qué? 

IRENE 

Desde que te pedí, desde que aceptaste el re- 
presentar esa comedia ante papá, ¿sientes menos 
afecto por mí? 

SANTIAGO 

¿Por qué me preguntas eso? 

IRENE 

Necesito saberlo. 

SANTIAGO 

Siento el mismo afecto; pero . . . 

IRENE 

Pero, ¿qué? 

SANTIAGO 

Ese afecto se ha modificado. Antes, te admiraba. 
Ahora, te compadezco. 

irene (pensativa y sin mirarle) 
Y me desprecias. 

SANTIAGO 

Te compadezco.. 

IRENE 

Tienes razón . . . Soy digna de lástima, y nunca 



159 



EDUARDO B O U R D E T 

sabrás hasta qué punto. . . {Pausa.) Pero, ¿tú si- 
gues siendo amigo mío? 

SANTIAGO 

su 

IRENE 

¡Tengo tanta necesidad de oírtelo decir, de estar 
segura de ello! . . . Santiago, tú no sabes todo lo 
que eres para mí. 

SANTIAGO 

¿Tanto soy? 

IRENE 

No; no seas irónico . . . Dices que me compade- 
ces. Pues bien; demuéstramelo. 

SANTIAGO 

¿Qué he de hacer? 

IRENE 

¡Oh, nada! . . . Testimoniarme un poco de cari- 
ño y de indulgencia nada más. 

SANTIAGO 

¿Acaso no eres dichosa? 

IRENE 

¿Dichosa? 

SANTIAGO 

Sí, 

IRENE 

Hay momentos en que quisiera morirme. 



160 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Evidentemente, esa es una solución; pero. . . 

IRENE 

¿No lo crees? 

SANTIAGO 

Me parece que exageras. ISi fuera uno a ma- 
tarse siempre que no es feliz! . . . 

IRENE 

¡Oh, no pienso en matarme! Para matarse, se 
necesita valor. ¡Y yo no tengo ni siquiera valor! 
Ya no tengo nada. . . 

SANTIAGO 

Pareces, en efecto, muy desamparada, ¡mi pobre» 
Irene. Sin embargo, has conseguido lo que solici- 
tabas. Querías a toda costa quedarte en París. 
Pues bien; aquí estás. . . ¡Ah! A este respecto, he 
de decirte que es preciso que escriba a tu padre. 

IRENE 

¿A papá? 

SANTIAGO 

Sí. Convinimos que la situación en que nos en- 
contramos no se prolongaría después de su mar- 
cha. ¿Te acuerdas? 

IRENE 

Sí. ¿Y qué? 



161 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Además, insistió mucho en que le diese a cono- 
cer mis intenciones lo antes posible, y me compro- 
metí a ello. Hace más de un mes que se fué; no 
le he escrito todavía, y ya es tiempo de que lo 
haga¿ 

IRENE 

¡Ah! 

SANTIAGO 

Le diré que las dificultades que presentaban 
mis negocios en el momento de su partida han au- 
mentado; y que, en tales condiciones, no me es po- 
sible hacer proyecto alguno para el porvenir. . . 
¿Te parece bien? 

IRENE 

Como quieras 

SANTIAGO 

Le diré, además, que voy a marcharme a Ma- 
rruecos para vigilar de cerca los intereses que ten- 
go allá, 

IRENE 

Pero no será cierto; no te irás . . . 

SANTIAGO 

Sí; probablemente* 

IRENE 

¡Oh! . . . (Pausa.) ¿Y por qué? ¿Realmente a cau- 
sa de tus negocios? 



162 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

No. 

DRENE 

Entonces . . . ¡ Ah! ¿No vas solo? 

SANTIAGO 

¿Cómo que no voy solo? 

IRENE 

. . . ¿Te acompaña alguien? 

SANTIAGO 

No; nadie, 

IRENE 

Entonces, ¿por qué tienes que irte? 

SANTIAGO 

Necesito cambiar de aire. El de aquí no me sien- 
ta bien. (Pausa.) Hace mucho tiempo que debie- 
ra haberme ido: hace un año, cuando volviste de 
Italia. Quizá ahora estuviese curado. 

IRENE 

¿Es por mi causa por lo que te marchas? 

SANTIAGO 



¡Claro! 

¿De verdad? 



IRENE 



SANTIAGO 
¿No te parece que ya es tiempo de que piense 
un poco en mi descanso, en mi tranquilidad? . . . 



163 



EDUARDO B O U R D E T 

No puedo pasarme la vida queriéndote y volviendo 
a sufrir cada vez que te veo. 

IRENE 

Fero ¿me quieres todavía, Santiago? ¿Es cierto? 

SANTIAGO 

Te extraña, ¿verdad? 

IRENE 

Después de todo lo que has debido suponer de 
mí en estos últimos tiempos, creí que habrías va- 
riado, probablemente...; que ya no me que- 
rías... Pensaba esto...., pero esperaba lo con- 
trario. . . 

SANTIAGO 

¿Esperabas lo contrario? 

IRENE 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Esperabas que continuaría queriéndote? . . . 

IRENE 

Sí, 

santiago (después de una pausa) 
No comprendo» 

Irene (sin mirarle) 
No te vayas, Santiago. 

santiago 
¿Cómo? 



164 



LA PRISIONERA 

IRENE 

No te vayas. (Santiago la mira un instante, es- 
iupefacto, en silencio.) 

Santiago 
¡Ah, sí, sí!. . . Ya comprendo. 

IRENE 

¿Qué comprendes? 

SANTIAGO 

Temes que tu padre te llame a su lado cuando 
reciba mi carta y se entere de que no estoy aquí, 
¿eh? O que venga a buscarte. . . Pues bien; tanto 
peor. Lo siento; pero esta vez no hay que co ita r 
conmigo. Haz lo que quieras; arréglatelas como 
puedas, pero esta misma noche le escribiré a tu 
padre. 

irene {encogiéndose de hombros) 
Escríbele cuando quieras; me es igual. 

santiago (sarcástico) 
¡Ah! ¿De veras? 

IRENE 

¡Ah! ... En absoluto: te lo juro. 

SANTIAGO 

¿Entonces, por qué no quieres que me vaya? 

irene (con desfallecimiento) 
¡Oh!... Por nada. (Se levanta.) 



165 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Siéntate y respóndeme. 

IRENE 

No; no vale la pena. Vete, vete, puesto que tan- 
ta prisa tienes por olvidarme. ¡Vete! . . . 

santiago {después de una pausa) 
¡Esto es demasiado! ¡Ah, Irene! ¿A qué juegas 
conmigo en este momento? . . . ¿Te das cuenta de 
que esto se parece, como una gota de agua a otra, 
a la más refinada coquetería? . . . Di, ¿te das cuen- 
ta de ello? 

IRENE 

Es verdad; perdóname. Ya no sé lo que digo . . . 
¡Oh, Santiago! ¡Soy tan desgraciada! {Se deja caer 
en una siUa y llora.) 

santiago {conmovido, yendo hacia eUa) 
¿Qué te pasa? 

irene {abrazándose a él) 
¡No debes abandonarme! . . . ¡Estoy tan sola, soy 
tan miserable! ... ¡No tengo a nadie más que a ti, 
Santiago! ¡Sólo tú puedes acudir en mi ayuda! 

SANTIAGO 

Pero ¿qué quieres de mí? 

IRENE 

¡Que me protejas! ¡Que me defiendas! 



166 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Que te defienda? 

IRENE 

¡Sí! 

SANTIAGO 

Te aseguro, Irene, que hago todo lo que puedo 
por comprenderte; pero. . . 

IRENE 

¡Ah, lo sé! Debo de parecerte loca. . . ¡Pues 
bien, sí; estoy loca! Hay que tratarme como a una 
loca... Y cuidarme, también... Si no vienes en 
mi auxilio ahora, en seguida..., luego será de^ 
masiado tarde^ 

SANTIAGO 

¿Te amenaza algún peligro? 

IRENE 

Sí, 

SANTIAGO 

¿Un peligro inminente? 

IRENE 

Sí. 

SANTIAGO 

¿No puedes decirme de qué se trata? 
irene (después de haber vacilado) 

...De una separación, de un viaje... ¡Y no 
debo partir! ¡No quiero partir! ... ¡Si me voy, se 
acabó todo, estaré perdida! . . . 



167 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Bueno, ¿y qué es lo que te obliga a partir? 

IRENE 

¡Ah!. . . (Con un ademán.) Tengo miedo de mí 
misma. 

SANTIAGO 

Pues toma el tren para Roma con Giséle, y ve 
a reunirte con tu padre. 

IRENE 

Ya he pensado en ello. . . Pero, cuando llegue el 
momento, no me iré, no tendré fuerza de vo- 
luntad . . . 

SANTIAGO 

Sí. Yo te ayudaré, si quieres. 

irene (moviendo la cabeza) 
Volvería después; 

SANTIAGO 

¡No! 

IRENE 

¿No sabes que tengo horas, como en este mo- 
mento, en que veo claro, en que soy dueña de mi 
buen sentido, de mi libre albedrío? ... En cambio, 
tengo otras horas en que me falta, en que no sé 
lo que hago. . . ¡Es. . . como si estuviese en una 
prisión a la que tuviera que volver a pesar mío! 
Estoy. .. 

SANTIAGO 

Fascinada. . . 



168 



LA PRISIONERA 

IRENE 

Sí . . . Necesitaría que alguien me guardase, me 
retuviese . . . ; alguien que hubiese comprendido o 
adivinado ciertas cosas . . . que no puedo decir, que 
no diré nunca. . . 

SANTIAGO 

¿Es eso lo que esperas de mí? . . . ¿Y cómo quie- 
res que yo te retenga, que te impida hacer algo? 
¿Acaso tengo la menor influencia sobre ti? ¿Aca- 
so has escuchado alguna vez mis consejos? Acuér- 
date de que, hace un mes, me enviaste a paseo. 

IRENE 

Ya no es lo mismo. 

SANTIAGO 

Pues, ¿qué ha cambiado? 

IRENE 

Muchas cosas. Ahora, te escucharé. Quiero escu- 
charte. 

SANTIAGO 

i Pero no podrás! ¡No te dejarán! ¿De qué medio 
dispongo yo para luchar? ¿Qué te diré para con- 
vencerte, que tú no sepas ya, puesto que acabas 
de reconocer tú misma que ese viaje constituiría 
tu pérdida? ¿Qué se puede añadir a eso? . . . Ade- 
más, ¿crees que las buenas palabras bastarían 
para retenerte en una de esas horas de extravío 
de que hablas? . . . (Irene mueve ¡a cabeza.) ¡Ya lo 



169 



EDUARDO B O U R D E T 

ves! ... Y no voy a retenerte a la fuerza, ¿ver- 
dad? Entonces, ¿qué es lo que puedo hacer por ti? 

IRENE 

¡Todo! Puedes salvarme... 

SANTIAGO 

Pero, ¿cómo? 

IRENE 

Tú eres el. único que puede salvarme . . . 

SANTIAGO 

¿Por qué yo? 

IRENE 

Porque me quieres . . . 

SANTIAGO 

¡Precisamente por eso no puedo hacer nada! ¡En 
cuanto te viera sufrir, quedaría desarmado! ¡Una 
mujer no toma como enfermero a un hombre que 
la quiere! 

IRENE 

. . .Como enfermero, no. . . 

SANTIAGO 

¿Como qué, entonces? 

Irene (sin mirarle) 
Santiago. . . ¿quieres que te pertenezca? 

SANTIAGO 

¡Irene! 

IRENE 

¿Quieres? 



170 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¡Basta! ¡Cállate! 

IRENE 

¿Por qué? 

SANTIAGO 

Entonces, ¿es eso. . ., es eso lo que has venido 
a ofrecerme? 

irene (bajando la cabeza) 
Sí. 

SANTIAGO 

¡Pobre Irene mía! 

IRENE 

¿No quieres? 

SANTIAGO 

¡Es que te quiero! ¿No comprendes lo que esto 
quiere decir? 

IRENE 

Sí. 

santiago (violentamente) 
Me ofreces tu cuerpo, tu pobre cuerpo en pren- 
da, ¿no es eso? Quieres entregarte a mí para po- 
der decir a esa mujer. . . 

irene (exhalando un grito) 
¡Santiago! 

santiago (cmno antes) 
¡Pues bien: sí; lo sé, lo he adivinado!... Quie- 
res, ¿no es cierto?, decirle que te has entregado a 



171 



EDUARDO B O U R D E T 

un hombre para que después ele eso te deje tran- 
quila. . . ¡Pero yo, yo, no es tu cuerpo lo que quie- 
ro'! Es a ti, a ti toda entera, ¿sabes? . . . ¿Acaso 
puedes darme eso? Di. ¿Acaso se puede dar eso a 
un hombre al que no se quiere? . . . Porque, en fin, 
tú no me quieres, ¿verdad? No me quieres, 
irkne (con desesperación) 

¡Desearía tanto quererte! . . . (Se abate sobre su 
pecho, sollozando.) 

santiago (trastornado) 

¡Pobrecita mía! 

Irene (a través de las lágrimas) 

¿Crees que no sé que sería la felicidad para 
mí? . . . ¡Sé muy bien que mi sitio, mi verdadero si- 
tio está aquí, sobre tu hombro! . . . ¿Por qué no 
quieres dejarme en él? 

SANTIAGO 

¡Oh, Irene! ... ¡Es demasiado horrible lo que me 
pides! 

IRENE 

¿Por qué? . . . Quizá te amase . . . 

SANTIAGO 

Con el tiempo, ¿verdad?... No, pobrecita mía... 

IRENE 

Sin embargo, me lo propusiste una vez . . . 

SANTIAGO 

¡Ah! Porque, en aquel momento creí que sólo 



172 



LA PRISIONERA 

era tu orgullo lo que nos separaba. ¡No sabía aún 
todo lo que mediaba entre nosotros! 

IRENE 

Pero, cuando me hayas curado. . . 

SANTIAGO 

¿Crees, pues, que yo podré curarte? 

IRENE 

Sí; si eres muy bueno y muy indulgente; si tie- 
nes un poco de paciencia . . . 

SANTIAGO 

¡Te amo demasiado para eso! 

IRENE 

¿Entonces ... me rechazas? . . . ¿De verdad, San- 
tiago? . . . ¿Qué va a ,ser de mí? 

SANTIAGO 

Piensa en loi que sería de mí. IMe has hecho ya 
tanto daño! 

IRENE 

Pero, se ha acabado; ya no te lo haré más. 
¿Cómo podría hacerte daño después de haberme 
salvado? 

SANTIAGO 

¿Cómo puedes probarme eso? 

IRENE 

¡Santiago, mírame! ¡Mírame a los ojos! ¡Todo lo 



173 



EDUARDO B O ü R D E T 

que un hombre puede esperar de la mujer a quien 
ama, te lo daré! 

santiago (turbado) 
¡No me tientes, Irene! He soñado durante mu- 
cho tiempo en este instante. Ten cuidado, 

IRENE 

Pues bien; ha llegado ya. . . Tómame en tus 
brazos. Soy tuya, Santiago. . . 

IRENE 

¿No sabes a qué te obligas! 

IRENE 

Sí, 

SANTIAGO 

Aún estás a tiempo . . . Todavía puedes irte . . . 

IRENE 

No tengo miedo. 

SANTIAGO 

¿Lo quieres? ¿Estás segura de que lo quieres? 

IRENE 

Sí, 

santiago (atrayéndola hacia él) 
Irene. . . ¿Es verdad? ... (Se inclina hacia sus 
labios. Ante aquel semblante de hombre, trastor- 
nado por él deseo, Irene tiene un brusco movi- 
miento de retroceso. El la suelta) ¿Lo ves? 



174 



LA PRISIONERA 

IRENE 

Sí. . . Sí. . . í Perdón! (Y es ella, esta vez, la que 
le tiende los labios, Luego, toda nerviosa, apoya Ial 
cabeza en el hombro de Santiago, lucha aun un 
instante y se deshace en lágrimas). 

santiago (desesperado) 
¡Oh!... 

IRENE 

¡No! ¡No! No hagas caso... No es nada... ¡Se 
acabó! . . . ¿Me defenderás? 

SANTIAGO 

... Lo intentaré, 



TELÓN 



175 



ACTO TERCERO 



La misma decoración del acto anterior. Santia- 
go, solo, sentado en un sillón, con las manos de- 
trás de la cabeza, fuma y medita. Jorge, el ayuda 
de cámara, aparece por el foro, trayendo una carta 
que presenta a Santiago. Este mira el sobre, y pa- 
rece sorprendido. 

SANTIAGO 

¿Quién ha traído esta carta? 

JORGE 

Una doncella, señor, Espera la contestación. (Re- 
trocede y se detiene junto a la puerta. Santiago 
abre la carta y la lee. Después de algunos instan- 
tes de reflexión, se levanta, va a sentarse ante su 
mesa, toma un pliego de papel y comienza a es- 



SANTIAGO 

¿Para qué hora ha pedido la señora el coche? 

JORGE 

Para las tres, señor. (Santiago consulta la hora, 



17? 



¡EDUARDO B O U R D E T 

acaba la carta, luego la introduce en un sobre y 
se la tiende a Jorge).. 

SANTIAGO 

Ahí va. {Jorge sale. Santiago vuelve á coger la 
carta que ha recibido y la recorre de nuevo con la 
vista; luego, se la acerca a la nariz, aspira su per- 
fume, y sonríe. Irene aparece por la izquierda. lle- 
va puesto él sombrero, y se dispone a salir. Lleva 
en la mano un muestrario de telas para tapicería) . 

IRENE 

No me has dicho cuál de estas muestras, prefie- 
res. ¿Esta. . ., ésta. . . o ésta? . . . 

SANTIAGO 

Es para tu habitación.; Elígela tú misma. 

IRENE 

Es que quiero que te guste a ti* 

SANTIAGO 

Me gustará, desde el momento en que tú la ha- 
yas elegido^ 

IRENE 

Puedes decirme cuál prefieres,. 

SANTIAGO 

¿No te doy mi aprobación por adelantado? 

IRENE 

¡Qué antipático eres! 



178 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Vas de compras? 

IRENE 

Sí; tengo que ir a casa del tapicero y a casa del 
pintor, y estoy citada a las tres y media en el ta- 
ller de Apraxine para volver a ver ese cuadro que 
me gustó tanto el otro día. ¿No quieres venir con- 
migo? 

SANTIAGO 

No puedo, 

IRENE 

Sin embargo, es preciso que vayas a verlo. 

SANTIAGO 

¿Para qué? 

IRENE 

No voy a comprar un cuadro de ese precio sin 
que tú lo hayas visto. 

SANTIAGO 

No tienes necesidad de mi opinión. No entien- 
do nada de pintura. Si ese cuadro te gusta, cóm- 
pralo, y se acabó. 

IRENE 

¿No puedes venir, de verdad? Vendría a buscar- 
te con el coche. No te entretendría más de veinte 
minutos. 

SANTIAGO 

No puedo; te lo repito. Espero una visita. 



179 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

¿A quién? 

SANTIAGO 

¡Ah! ... A una persona. 

IRENE 

¿A qué hora? 

SANTIAGO 

A las tres y media. 

IRENE 

¿Y será larga esa visita? 

SANTIAGO 

No lo sé. (Dlaman al teléfono. Santiago coge el 
aparato). Diga. . . ¿De parte de quién?... ¡Ah, 
bien! Siga al aparato. (A Irene). Apraxine quiere 
decirte una palabra. 

irene (al aparato) 
Diga... Buenos días, querido señor... No; no 

se me ha olvidado ... Sí, sí; a las tres y media, 
como estaba convenido . . . ¡Entendido! ¿Cómo? . . . 
No; lo siente muchísimo, y le ruega que lo dispen- 
se; pero tiene una cita, y no podrá venir . . . Eso 
es, hasta ahora mismo. (Cuelga de nuevo el apa- 
rato). Me dice que sea puntual, porque tiene que 
salir. (Pausa): ¿Entonces? . . . 

SANTIAGO 

¿Entonces, qué? 



180 



LA PRISIONERA 

IRENE 

¿Puedo comprar ese lienzo, si me parece bien? 
¿Me lo permites? 

SANTIAGO 

Ya lo creo* 

IRENE 

Eres muy amable; gracias. Creo que es una bue 
na compra, ¿sabes? Apraxine vende sus cuadro 
más insignificantes a veinticinco mil francos, y 
éste me lo deja en quince mil, por ser para mí. 

SANTIAGO 

¡Vamos, más vale así! 

IRENE 

¡Con tal de que te guste! ... Te prevengo que es 
muy moderno. Quizá te parezca horrible . . . 

SANTIAGO 

No, ¿A qué hora volverás? 

IRENE 

¡Oh, no muy tarde! Pasaré por la librería para 
encargar que manden unos libros a Giséle, que m« 
ha escrito diciéndome que no tiene ya nada que 
leer. Y nada más. Volveré a merendar aquí. 

SANTIAGO 

Si por casualidad la persona a quien espero estu- 
viese aquí aún, cuando vuelvas, te suplico que no 
entres. 



181 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

Naturalmente; ni que decir tiene. 

SANTIAGO 

Prefiero que no os veáis. 

IRENE 

¡Ah! ¿Por qué? 

SANTIAGO 

Creo que no os sería agradable ni a la una ni a 
la otra, 

IRENE 

¡Ah! (Pausa). ¿No se puede saber quién es? 

SANTIAGO 

¿Te interesa? 

IRENE 

¡Hombre, después de lo que acabas de decir- 
me! ... 

SANTIAGO 

Es una mujer muy buena con la que me he con- 
ducido muy mal. 

irene [tratando de averiguarlo) 
Una mujer con la que . . . ¿La señora Meillant? 

SANTIAGO 

La misma, 

IRENE 

¡Oh! . . . ¡Qué gracioso! 

SANTIAGO 

¿Verdad? 



182 



LA PRISIONERA 

IRENE 

¿Y viene a verte? 

SANTIAGO 

La he citado. ¿Vendrá? No estoy seguro, 

IRENE 

¿Y para qué la has citado? 

SANTIAGO 

Mira. (Le tiende la carta que ha recibido). 

Irene (después de haberla leído) 
¿Qué cartas son esas de que te habla? 

SANTIAGO 

Las cartas que me escribió cuando. . . ¡Vamos!, 
el año pasado, 

IRENE 

¿No se las habías devuelto/? 

SANTIAGO 

No. Nos fuimos de París con tanta precipitación 
el año pasado, que no tuve tiempo de hacer nada; 
y luego, a nuestro regreso, ni me acordé siquiera,- 
irene (sonriendo) 

iPobre mujer! 

SANTIAGO 

¿No te será desagradable que la reciba aquí? 

IRENE 

No. ¡Vamos! Ni mucho menos. 



183 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Así lo creía. 

IRENE 

¿Por qué había de serme desagradable? 

SANTIAGO 

No hay ninguna razón para ello, en efecto. 

IRENE 

Tengo confianza en ti. 

SANTIAGO 

¡Claro! 

IRENE 

Supongo que, cuando, la haces venir aquí, es por- 
que quieres entregarle sus cartas a ella misma, en 
su propia mano, y haces bien. 

SANTIAGO 

Naturalmente. 

irene (mirándole) 
¡Qué te pasa? 

SANTIAGO 

¡Nada! 

IRENE 

¡Parece que te molesta que tome así la cosa! 

SANTIAGO 

¿A mí? ¡Estoy encantado, por el contrario! 

IRENE 

¿Qué? ¿Quisieras que me sintiese celosa? 



184 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Te repito que estoy encantado. 

IRENE 

¡Vamos! No tengo ningún motivo para sentirme 
celosa. 

SANTIAGO 

iAh, eso no! . . . Ninguno. 

IRENE 

¿Entonces? 

SANTIAGO 

En tu caso, los celos serían verdaderamente un 
lujo. 

IRENE 

¿Qué quieres decir con eso? 

SANTIAGO 

Sencillamente, que si son la cosa más natural 
del mundo cuando se quiere, son completamente 
ridículos e incomprensibles cuando no se quiere. 
Nada más. 

IRENE 

¿Entonces, yo no te quiero? 

SANTIAGO 

Naturalmente que no me quieres, 

irene (encogiéndose de hombros) 
¡Es ridículo! 

SANTIAGO 

¿Qué es ridículo? 



185 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

Decir eso. 

SANTIAGO 

No. ¿Por qué? 

IRENE 

¿Qué es lo que, en definitiva, ime reprochas? 

SANTIAGO 

¡Si yo no te reprocho nada! Absolutamente nada. 

IRENE 

¿Tienes queja de mí? 

SANTIAGO 

¡No! ¡Vete a hacer tus compras! ¡Vete, te io 
ruego! 

IRENE 

No. Expliquémonos. Lo prefiero, 

SANTIAGO 

¿Para qué? ¡Es completamente inútil! 

IRENE 

Si te he causado alguna decepción, dílo. 

SANTIAGO 

Ninguna, 

IRENE 

¿No hago todo lo que puedo para que seas feliz? 

SANTIAGO 

Todo lo que puedes. 



186 



LA PRISIONERA 

IRENE 

¿Acaso tengo otra preocupación que tu felicidad, 
desde que soy tu mujer? ¿Acaso tiene otra finali- 
dad mi vida? Antes de hacer algo, ¿no me pregun- 
to siempre si quedarás satisfecho, si lo aprobarás? 

SANTIAGO 

Hasta para elegir la tapicería de tu habitación: 
es exacto, 

IRENE 

No te burles de mí, ¿sabes? 

SANTIAGO 

No me burlo de ti. Eres una esposa atenta, ab- 
negada y fiel. ¿Qué más puedo pedir? Si no estoy 
satisfecho con esto, será porque soy muy difícil de 
contentar. 

irene (mirándole) 

No te comprendo, Santiago. 

SANTIAGO 

¡Ya lo sé! Por eso, esta explicación no sirve para 
nada. 

irene (después de una pausa) 
¿Entonces ... no eres feliz? 

SANTIAGO 

En todo caso, no es culpa tuya; y no tengo que 
dirigirte ningún reproche, lo repito. 

irene (con desfallecimiento) 
¿Qué hay que hacer, entonces? 



187 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Nada. No hay que hacer nada. 

IRENE 

Sin embargo, tú llenas todos mis pensamientos'. 
Eso lo sabes, ¿no? 

SANTIAGO 

¡Ah, no, caramba! ¡No sé absolutamente nada! 

IRENE 

¿No lo sabes? 

■. SANTIAGO 

¿Cómo quieres que conozca tus pensamientos? 
Están en ti, dentro de ti. A cada ser le pertenecen 
sus pensamientos, y las tuyos no los puedo ver. 

IRENE 

¡Pero yo no te oculto nada! Nada que pueda ator- 
mentarte, te lo juro. 

SANTIAGO 

Eso. . . (Hace un ademán). 

IRENE 

¿No me crees? Pues, bien; interrógame, enton- 
ces. Lo prefiero, 

SANTIAGO 

¡Oh, no, no! . . . ¡Eso no, sobre todo! ¡Dejemos en 
la sombra lo que ha sido hecho para la sombra! 

IRENE 

Sí; ya que estamos en esta situación, quiero que 



188 



LA PRISIONERA 

me interrogues . . . Quizá veas cuan ijnjusto eres, 
cuando lo sepas todo. 

SANTIAGO 

¡Ah! ¿Hay algo que saber? 

IRENE 

Algo que únicamente puede tranquilizarte. 

SANTIAGO 

Habla, Te escucho. (Pausa). ¿Has vuelto a verla? 

IRENE 

¿Estás loco? 

SANTIAGO 

¿Te ha telefoneado? 

IRENE 

No. 

SANTIAGO 

¿Te ha escrito? 

IRENE 
Sí. 

SANTIAGO 

¿Cuándo? 

IRENE 

Poco después de nuestro regreso. (Pausa). Dos 
veces. 

SANTIAGO 

¿Dónde están esas cartas? 

IRENE 

Las he devuelto sin abrirlas. 



189 



EDUARDO B O U R D E '! 

SANTIAGO 

¿Sin abrirlas? 

IRENE 

Te lo juro 4 

SANTIAGO 

¿Cómo las has devuelto? 

IRENE 

Con la persona que las había traído. 

SANTIAGO 

¿Y cómo no lo he sabido yo? 

IRENE 

No estabas aquí» Habías salido. 

SANTIAGO 

¿Las dos veces? 

IRENE 

SI 

SANTIAGO 

¡Probablemente, esperarían a que yo saliese para 
traerlas! 

IRENE 

Es posible* No lo sé^ 

SANTIAGO V * 

¿Entonces no tienes idea de qué era lo que 
quería? 

IRENE 

¡Oh! Volver a verme, sin duda. 



190 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Qué te lo hace creer? 

IRENE 



Lo supongo. 

¿Es eso todo? 

No, 

¿Qué más? 



SANTIAGO 



IRENE 



SANTIAGO 



IRENE 

Algunos días después de la segunda carta, su 
doncella ¡me habló en la calle. 

SANTIAGO 

¡Ah! . . . ¡Muy bien! 

IRENE 

No era. . . ella quien la enviaba¿ 
santiago (irónico) 
¿De verdad? 

IRENE 

No. Estaba muy enferma, 

santiago (como antes) 
¡Caramba! 

IRENE 

Hace mucho tiempo que está enferma. Acababa 
de tener una recaída... Había estado delirando toda 
la noche. Parece . . . que me llamó varias veces . . . 



191 



EDUARDO B O V R D E 



fa 



Entonces, en su tribulación, esa ¡mujer, que le es 
muy adicta, creyó que hacía bien avisándome. 

SANTIAGO 

¿Y qué hiciste, entonces? 

IRENE 

Nada. 

SANTIAGO 

¿Nada? 

Irene {mueve la cabeza; luego dice:) 
Sólo le rogué a la doncella que me trajese noti- 
cias suyas al día siguiente. Al día siguiente, las no- 
ticias eran mejores. Le dije que no volviera. 
santiago (después de una pausa) 
¿Y qué más? 

IRENE 



Nada más, 
¿Lo juras? 
SL 



SANTIAGO 



IRENE 



SANTIAGO 

¿Por qué no me lo has dicho antes? 

IRENE 

No quería inquietarte inútilmente. Como eres 
tan nervioso, tenía la seguridad ele que te atormen- 
tarías, a pesar de todo lo que yo pudiera decirte. 



192 



LA P R 1 S 1 O N E É Á 

Decidí esperar aún que pasasen algunos días para 
ponerte al corriente de todo. 

SANTIAGO 

¿Pqr qué algunos días? 

IRENE 

Va a ir a pasar algunos meses en Suiza, para 
cuidarse. Quería que se hubiese marchado. 

SANTIAGO 

¡Quién te ha dicho que se iba? ¿La doncella? 

IRENE 

Sí. (Pausa). ¿Te has tranquilizado un poco 
ahora? 

santiago (mirándola) 
No estaba intranquilo. 

IRENE 

¿Ves cómo puedes tener confianza en mí? 

SANTIAGO 

Siempre he tenido confianza en ti, Irene. Nunca 
he dudado de que, llegado el momento, obrarías co- 
mo has obrado. Te habías comprometido, al casar- 
. te conmigo, a no volver a ver más a esa mujer. Es- 
taba seguro de que no volverías a verla. 

IRENE 

¿Entonces, qué es lo que te preocupa? ¿Por qué 
no eres feliz? 



193 



EDUARDO B O U R DE T 

SANTIAGO 

¿Acaso eres felis tú? 

IRENE 

¿Yo? (Pausa).. Sí; soy feliz. 

SANTIAGO 

¡Vamos! 

IRENE 

Te lo aseguro, Santiago . . . ¿No tengo todo lo ne- 
cesario para ser feliz? Somos ricos; nos llevamos 
bien; tú eres .la bondad y la generosidad personifi- 
cad es para mí. ¿Qué más podría desear? 

SANTIAGO 

¿Por qué tratas de hacerme creer que no te fal- 
ta nada? 

IRENE 

¡Porque es verdad! 

SANTIAGO 

¡No; no es verdad! . . . No tienes aún treinta años, 
y yo no tengo treinta y cinco. A esta edad, la feli- 
cidad no reside en una existencia confortable, con 
collar de perlas y automóvil. Es demasiada pronto. 
Te falta amar, Irene, como me falta a mí ser 
amado. 



194 



LA PRISIONERA 

IRENE 

¿Qué quieres que te responda? Se te ha metido 
en la cabeza que no te quiero. . . 

SANTIAGO 

iAh! Si tú supieses cuánto he sufrido al meter- 
me eso en la cabeza, las esperanzas imbéciles por 
que he pasado antes de llegar a ello! A todos los re- 
cursos del amor, desde la ternura y la amistad, has- 
%a, el más triste de todos, la docilidad, me he afe- 
rrado desesperadamente. Ante una palabra tuya, 
ante una actitud que yo interpretaba según mi de- 
seo, recuperaba la confianza, comenzaba a creer de 
nuevo en la posibilidad de la dicha. Pero ahora, te- 
das esas ilusiones se han desvanecido, ya no pue- 
den servirme. Sé que nada significo para ti. Soy 
tan incapaz de hacerte feliz como de hacerte des- 
graciada. . . ¡Ali, si pudiese siquiera hacerte su- 
frir! . . . 



Lo puedes, 
¿Cómo? 



IRENE 



SANTIAGO 



ffiENE 

Si continúas diciendo esas insensateces. 

SANTIAGO 

ÍOh, te lo ruego, Irene! Sabes tan bien como vo 



195 



EDUARDO B O U R D E T 

que no son insensateces. ¿De qué sirve que te ta- 
pes los ojos? Mira, ¿sabes para qué he dado cita 
hoy a esa imujer, a esa mujer que ha sido mi que- 
rida, que me ha amado y a la que he hecho sufrir? 
¿A ella, sabes? 

ffiENE 

Sí, Santiago. 

SANTIAGO 

Pues bien; para ver el efecto que eso te produ- 
cía; para ver si protestabas, si te mostrabas in- 
quieta. . . Y te ha hecho reír. Ese es todo el resul- 
tado que he obtenido, 

ffiENE 

¿Querías que llorase? 

SANTIAGO 

Quería ver hasta dónde llegaba tu indiferencia. 

IRENE 

¿Es culpa mía si creo que me amas y no temo 
que me engañes con otra? 

SANTIAGO 

Si me amases, lo temerías . . . Pero lo cierto es 
que te sería completamente igual. 

IRENE 

i Eso no es cierto! 



196 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 
Sí, 

IRENE 

¡Me causaría mucha pena! 

SANTIAGO 

¿Mucha pena? 

IRENE 

¡Indudablemente! 

SANTIAGO 

Díme, ¿y en qué consistiría esa pena? 

IRENE 

¿Cómo quieres que te lo diga? ¡No lo sé! 

SANTIAGO 

Procura imaginario. 

IRENE 

Me sentiría muy decepcionada, muy entristeci- 
da. . . Creo que después de eso, no me agradaría 
ya hallarme en tus brazos, como antes . . . 
santiago (mirándola tristemente) 

¡Ah! ¿Cómo antes? . . . 

IRENE 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Tanto te agrada estar en mis brazos? ¡Di! 



197 



EDUARDO B O U B D E 7 

Irene (baja la cabeza) 
Sí... 

SANTIAGO 

¡Pobrecita mía! . . . ¿Crees que yo estoy ciego? 
irene (después de una pausa, con esfuerzo) 
¿Acaso . . . me he negadq alguna vez? 

SANTIAGO 

Has sido muy valerosa. 

IRENE 

Creía hacerte feliz . . . , y eria suficiente. 

SANTIAGO 

No se hace feliz a nadie a tan poca costa. 

IRENE 

Lo siento. 

SANTIAGO 

Créeme, íamar es otra cosa distinta de eso! 

IRENE 

Tocio lo que podía darte te lo he dado ... Si no 
te basta. . . 

SANTIAGO 

No. 

IRENE 

Entonces, búscalo en otra parte . . . sencilla- 
mente. 



198 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Lo desearías, ¿no es cierto? ¡Qué liberación, ese 
día! 

IRENE 

¡Oh; mira, Santiago, basta! (Pausa). Además. . . 
(Consulta el reloj). Es tarde, y tengo que irme. 
(Se aleja.) 

SANTIAGO 



Irene, 

¿Qué? 

Ven. 

¿Qué quieres? 



IRENE 



SANTIAGO 



IRENE 



SANTIAGO 

Perdóname. No he querido... ofenderte. Si lo 
he hecho, perdóname, 

Irene (volviendo hacia él) 
¿Por qué eres tan injusto? 

SANTIAGO 

¿Qué quieres? . . . ¡No puedo resignarme! 

IRENE 

Pero ¿resignarte a qué? ¿A que no te quiera? 



199 



EDUARDO B O U R D E T 

¡Pero si te quiero! iEn ti está todo lo que admiro, 
todo lo que me agrada, todo lo que respeto en el 
■mundo! 

santiago (melancólico) 
Sí; eso es verdad, 

IRENE 

Pues bien, ¿crees que muchas mujeres pueden 
decir otro tanto de sus maridos? 

santiago (como antes) 
No pedía tanto, tampoco. 

IRENE 

¿Acaso quiero a alguien más que a ti? ¿No, ver- 
dad? Entonces ... Si te hubieran dicho, hace un 
año, que ocuparías el primer lugar, el único lugar 
en mi vida, ¿no hubieras sido feliz? 

SANTIAGO 

Evidentemente . . . 

IRENE 

¿Crees que no has hecho progresos en mi cora- 
zón desde la tarde en que vine a pedirte que me 
acogieses, que me guardases, aquí, sobre tu hom- 
bro? . . . ¿Te acuerdas de aquella tarde? 

SANTIAGO 

Sí. 



200 



L A 



PRISIONERA 



irene {sonriendo) 
Y tres semanas después, en Montee], el discurso 
del alcalde y la capillita donde hacía tanto frío. . . 
¿Te acuerdas también? 



SANTIAGO 



Sí. 



IRENE 

¿Lamentas lo que pasó aquel día? 

SANTIAGO 



¿Y tú? 



¡No! 



Ya es algo, 



Entonces . 



¿Quieres? 



IRENE 

SANTIAGO 

IRENE 

¡abrázame! 

SANTIAGO 
IRENE 



Sí, quiero. (Santiago la toma en sus brazos y la 
tiene un instante inmóvil, contemplándola. En este 
momento, ella divisa encima de la mesa un relojito 
y se inclina para ver la hora que es). ¿Cómo? ¿Es 
esa hora? ¿Va bien el reloj? 



201 



EDUARDO B O ü R D E T 

SANTIAGO 
Sí. 

IRENE 

¡Las tres y treinta y cinco, ya! ¡Pero, mi reloj 
se retrasa, entonces! ¡Oh, qué fastidio! ¡Ni siquie- 
ra voy a tener tiempo de pasar por casa del tapi- 
cero! . . . (El la suelta,) ¡Pronto, hombre! 

SANTIAGO 

¿Qué? 

IRENE 

¿No me besas? 

SANTIAGO 

No; se te hace tarde. 

IRENE 

Eso no importa. 

SANTIAGO 

No; vete, 

IRENE 

¡Qirá tonto eres! Es porque he dicho . . . 

SANTIAGO 

Vete . . . Vete . . . (Le vuelve la espalda y se 
aleja) . 

IRENE 

¡Qué susceptible eres, Dios mío! 



202 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¡Vete, anda! 

irene (suspira; luego dice:) 
Hasta ahora, entonces. 

SANTIAGO 

Hasta ahora. {Irene se aleja. En el momento de 
salir, se vuelve), 

IRENE 

Supongo que no irás a hacer el amor a esa mujer. 

SANTIAGO 
Gracias por haber pensado en ello. 

IRENE 

Me lo prometes, ¿eh? 

SANTIAGO 

Sí, sí. ( Irene sale. Santiago se sienta, con la 
amargura reflejada en el semblante. Al cabo de al- 
gunos vicmentOtS, ve la carta de Francisca, que ha 
quedado encima de la, mesa, la coge, se la mete en 
el bolsillo, se levanta, va a abrir un «secréiaire» y 
extrae un sobre bastante repleto que traslada a la 
mesa, donde vacía su contenido: unas cartas. Lee 
una al azar. En este momento, se oye un timbre. 
Vuelve a introducir las carias en el sobre, que 
guarda en un cajón. Aparece Jorge.) 



20S 



EDUARDO B O U R D E T 

JORGE 

La señora Meillant. 

SANTIAGO 

Que pase. (Un instante después, Jorge introdu- 
ce a Francisca y desaparece) . Buenas tardes, Fran- 
cisca. Es usted muy amable en haber venido. (Le 
besa la mano) . 

FRANCISCA 

¡Oh! He venido a recoger mis cartas, ¿sabe? No 
vaya a figurarse otra cosa. 

SANTIAGO 

No me figuro absolutamente nada, Tengo dere- 
cho a darle las gracias por haber venido, ¿no? 

FRANCISCA 

¿Por qué no le dio usted las cartas a mi doncella, 
como le secribí? Hubiera sido mucho más sencillo. 

SANTIAGO 

He preferido entregárselas en propia mano. Me 
ha parecido lo más seguro. Además, ¿por qué no 
confesarlo?, tenía deseos de volver a verla. 

FRANCISCA 

¿De veras? ¿Y no pensó usted si yo los tendría 
de volver a verle? 



204 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Supuse que, si le era demasiado desagradable, no 
vendría. 

FRANCISCA 

Quiero mis cartas, como acabo de decirle. No pa- 
rece usted haberse enterado de que hace un año las 
estoy esperando. 

SANTIAGO 

Estaban aquí, y yo me hallaba dando la vuelta al 
mundo. ¡Como no hubiera vuelto expresamente del 
Japón para buscarlas! . . . 

FRANCISCA 

Podía usted habérmelas enviado antes de mar- 
charse. 

SANTIAGO 

No tuve tiempo. 

FRANCISCA 

La verdad es que se marchó usted de una mane- 
ra un poco precipitada. . . 

SANTIAGO 

Muy precipitada, en efecto. Pero, en fin: ¿no es- 
taba usted inquieta por sus cartas? Pues estaban 
bien seguras, ¿sabe? 

FRANCISCA 

¡Ah! ¿Usted cree? ¿Y si su mujer hubiera teni- 
do la ocurrencia de registrar sus cajones? 



205 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

¡Oh! Eso es completamente inverosímil. 

FRANCISCA 

Eso se cree siempre; pero, sin embargo, son co- 
sas que suceden, 

SANTIAGO 

En esta casa, no. 

FRANCISCA 

¿No es celosa su mujer? 

SANTIAGO 

En absoluto, 

FRANCISCA 

¡Qué suerte tiene usted! . . . Supongo que no es- 
tará aquí. 

SANTIAGO 

No; acaba de salir.; 

FRANCISCA 

Más vale así. (Acercándose a la mesa). ¿Es de 
ella esta foto? 

SANTIAGO 

De ella. 

FRANCISCA 

Mi enhorabuena, 



208 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Gracias. 

FRANCISCA 

¿Por qué no me dijo usted la verdad la última 
vez que estuve aquí? 

SANTIAGO 

¿La verdad? 

FRANCISCA 

Sí: que se iba usted a casar. Lo hubiera prefe- 
rido, ¿sabe? Era más correcto. Y, además, al me- 
nos, era una razón. 

SANTIAGO 

No se lo dije, porque no lo sabía. 

FRANCISCA 

¿No lo sabía usted? 

SANTIAGO 

No, 

FRANCISCA 

¡Y al cabo de tres semanas los periódicos anun- 
ciaban que se había usted casado! 

SANTIAGO 

Sí, 

FRANCISCA 

¡No perdió usted el tiempo, verdaderamente! . . . 
207 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Una vez que esas cosas se deciden . . 

FRANCISCA 

Se trata de una amiga de la infai'i ;, ¿no? 

SANTIAGO 

Prima, inclusive. 

FRANCISCA 

¿Hermana? 

SANTIAGO 

No. 

FRANCISCA 

iMejor! . . . ¿Y, naturalmente, se amaban uste- 
tedes desde sus más tiernos años? 

SANTIAGO 

¡Oh! 

FRANCISCA 

¡Ah, ahora puede usted decírmelo! Además, no 
sé por qué se lo pregunto, pues me es absoluta- 
mente indiferente. 

SANTIAGO 

Entonces . . . 

FRANCISCA 

¿Quiere darme mis cartas? 
208 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Tanta prisa tiene usted por recuperarlas? 

FRANCISCA 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Por qué? 

FRANCISCA 

Porque . . . 

SANTIAGO 

¡Yo no le reclamo a usted las mías! 

FRANCISCA 

¡Oh, hace mucho tiempo que las quemé! 

SANTIAGO 

¿De verdad? 

FRANCISCA 

¡Para lo que decían! . . . 

SANTIAGO 

De todos modos, no está bien lo que ha hech.3 
usted. 

FRANCISCA 

¿Para qué iba a conservarlas? 

SANTIAGO 

Para releerlas de vez en cuando. 
209 

14 



EDUARDO B O U R D E T] 

FRANCISCA 

No dispongo de tiempo. 

SANTIAGO .1 

¡Ah! 

FRANCISCA 

Además, ¿olvida usted que tengo marido, y uu 
marido esloso? 

SANTIAGO 

¡Vamos! 

FRANCISCA 

Sí, señor. 

SANTIAGO 

¿Cómo le va? 

FRANCISCA 

Bien. Está de caza, en Sologne. 

SANTIAGO 

¡Hombre venturoso! 

FRANCISCA 

. 

¡Oh, no bromee! Le quiero con toda mi alma, y 
no quisiera por nada en el mundo causarle el me 
ñor disgusto, 

SANTIAGO 

¡Pero, si no lo dudo! 



210 



LA PRISIONERA 

FRANCISCA 

Santiago . . . , mis cartas. 

SANTIAGO 

¡No tenga prisa! ¡Espere un poco! ¡Tenemos 
una porción de cosas que deeirnos antes! 

FRANCISCA 

No tenemos absolutamente nada que decirnos. 
Además, su mujer puede volver de un momento a 
otro, y yo no tengo más interés en verla, que ella 
tendrá sin duda en encontrarme. 

SANTIAGO 

Siéntese. No volverá antes de una hora, lo más 
pronto. Y en esta habitación ni siquiera entrará. 

FRANCISCA 

¿Cómo lo sabe usted? 

SANTIAGO 

Le he dicho que la esperaba a usted. 

FRANCISCA 

¿Se lo ha dicho? 

SANTIAGO 

Sí. 

i FRANCISCA 

¿Y ella está conforme? 

SANTIAGO 

Sí. 



211 



EDUARDO B O U R D E T 

FRANCISCA 

¡Bribón! . . . ¡Bien la ha amaestrado usted! 

SANTIAGO 

Siéntese, pues, y cuénteme... 

FRANCISCA 

¿Qué quiere usted que le cuente? 

SANTIAGO 

Todo lo que le ha ocurrido . . . desde hace un 
año 

FRANCISCA 

No tengo nada que contarle. 

SANTIAGO 

¡Vamos! 

FRANCISCA 

¿Qué quiere usted saber? 

SANTIAGO 

Quién es su amante. 

FRANCISCA 

Mi querido Santiago, es usted muy atrevido. 

SANTIAGO 

¿Qué le importa? Le prometo que no se lo diré 
a nadie... ¿Acaso... Moreuil? 

FRANCISCA 

Santiago,' me fastidia usted. 



212 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

En serio... ¿Moreuil?... ÍOh, qué mal gus- 
to!... (La mira. Ella no se mueve.) No. No ha 
protestado usted. No es Moreuil. Entonces, ¿quién? 

FRANCISCA 

¡Dios, cómo me impacienta usted! (Ríe.) 

SANTIAGO 

iAh! Se ríe usted. . . ¡Qué amable! 

FRANCISCA 

Me río porque me excita usted. Pero le aseguro 
que no tengo gana de reír. 

SANTIAGO 

Hay que reír. Le va a usted muy bien. Está 
usted encantadora cuando se ríe.. 

FRANCISCA 

No ambiciono estar encantadora. 

SANTIAGO 

¡Qué embuste! 

FRANCISCA 

¿Cree usted que tengo interés en agradarle 
ahora? 

SANTIAGO 

¡Oh! No digo que le interese especialmente; pero 
de todos modos, siempre le ha gustado a usted que 



213 



EDUARDO B O U R D E T 

la encuentre bonita. Pues sí; la encuentro bonita, 
muy bonita, más bonita de cómo la recordaba. ¿Es- 
taba usted antes tan bonita como ahora? 

FRANCISCA 

Santiago, le ruego que me dé mis cartas y me 
deje irme. 

SANTIAGO 

Se las daré si me dice usted a quién quiere. 

FRANCISCA 

¡Pues no quiero a nadie! 

SANTIAGO 

¿A nadie? 

FRANCISCA 

Quiero a mi marido. 

SANTIAGO 

¿No quiere usted a nadie, Francisca? 

FRANCISCA 

¡No! 

SANTIAGO 

¿De verdad? 

FRANCISCA 

¡Oh!. . . Se lo diría. . . ¿Por qué no? 

santiago (pensativo, mirándola) 
¡Francisca! 



214 



LA PRISIONERA 

FRANCISCA 

• ¿Qué? 

SANTIAGO 

Puesto que no quiere usted a nadie, ¿no que- 
rría. . . tratar de quererme un poco a mí? 

FRANCISCA 

¿A usted? ¡Ah, no! 

SANTIAGO 

¿Por qué? 

FRANCISCA 

¡Muchas gracias! 

SANTIAGO 

¿Tan mal recuerdo conserva usted de mí? 

FRANCISCA 

¡Oh, sí! 

SANTIAGO 

¿Hasta ese punto? 

FRANCISCA 

Hasta ese punto, sí, 

SANTIAGO 

Sin embargo, me parece que no nos despedimos 
de mala manera.. Después de todo, usted fué quien 
tomó la iniciativa de la separación. . . 



215 



E D U A R D O B O U R D E T 

FRANCISCA 

Creo que ya era tiempo. 

SANTIAGO 

Recuerdo que hasta me dijo usted cosas delicio- 
sas al marcharse.; 

FRANCISCA 



¡Una tiene su coquetería, querido! ¿No creería 
que iba a sollozar delante de usted? Pude reprimir- 
me hasta que encontré un taxi. En cambio, allí. . . 

santiago (conmovido) 
¿De verdad? 

FRANCISCA 

i Oh! ¡Y otros muchos días después de aquel! 

SANTIAGO 

No, 

FRANCISCA 

¡Sí! Reconozco que era completamente ridículo; 
pero ¿qué quiere usted?, una es como es. 

santiago (sonriendo, emocionado) 
¡Qué buena es usted! 

FRANCISCA 

Lo encuentra usted gracioso, ¿verdad? 

SANTIAGO 

No; lo encuentro adorable. 



216 



LA PRISIONERA 

FRANCISCA 

Sí. Pues bien; yo, no, 

SANTIAGO 

Francisca. . . Querida Francisca. . . Usted, que 
sabe querer . . . quiérame otra vez; se lo ruego, 

FRANCISCA 

ÍAh, no! . . . ¡Aquello se acabó! ¡Afortunada- 
mente! 

santiago (después de una pausa) 
Es lástima. . . 

FRANCISCA 

¿Usted cree? 

SANTIAGO 

Sí; es lástima. . . Si usted hubiera querido que- 
rerme . . . sólo un poquito . . . , yo habría podido 
amarla a usted mucho. 

FRANCISCA 

¿Usted? 

SANTIAGO 

Sí. 

FRANCISCA 

¿Usted amar? Pero, amigo Santiago, si no sabe 
usted .siquiera lo que es eso. 



217 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

¿Le parece a usted? 

FRANCISCA 

Estoy segura de ello. Para usted el amor es un 
juego bastante divertido. Y eso, no siempre. Ape- 
nas existe más que un momento que le divierta. . ., 
¿no es verdad? 

SANTIAGO 

Como si ese momento no contuviese a todos los 
demás. . . 

FRANCISCA 

Tiene su importancia, pero se paga demasiado 
caro con usted. . . No es suya la culpa; ha nacido 
usted inconstante. 

SANTIAGO 

He nacido fiel, Francisca. 

FRANCISCA 

¿Fiel a quién? 

santiago (después de una pausa) 
A usted, si usted quiere. 

FRANCISCA 

¿Y qué hace usted de su mujer? ¿No le basta 
ya? 

santiago 

¿Quiere usted que no hablemos de ella? 



218 



LA PRISIONERA 

FRANCISCA 

IPobrecita! Cómo la compadezco! 

SANTIAGO 

No hay por qué compadecerla. 

FRANCISCA 

¡Un año!; ¡ni aun eso!: ¡once meses! ¡Hace once 
meses que se casó usted y ya anda usted persi- 
guiendo una aventura! . . . ¡Oh! Por supuesto, esta- 
ba segura de que esto acabaría así. 

SANTIAGO 

¿De veras? 

FRANCISCA 

Al leer su carta, hace poco, no he vacilado un 
instante. En la manera que me decía usted qu« 
viniese, en seguida comprendí lo que quería. 

SANTIAGO 

¿Y a pesar de todo ha venido? 

FRANCISCA 

A recoger mis cartas. 

SANTIAGO 

Es verdad; perdón. 

FRANCISCA 

Pero no he dejado de adivinar que le interesaba 
a usted menos devolvérmelas, que ver si por ca- 



219 



EDUARDO B O U R D E T 

sualidad le quería todavía. ¡Le conozco a usted, 
Santiago! 

SANTIAGO 

No muy bien. 

FRANCISCA 

IVaya! ¡Era tan natural! Después de ese largo 
viaje que tanto le ha distraído, ha vuelto usted a 
París, y aquí, ¡qué diántre!, ha comenzado a abu- 
rrirse. La, vida conyugal, para un hombre como us- 
ted, es terriblemente monótona, ¿no? Entonces, ha 
lanzado usted una mirada a su alrededor, para ver 
con quién podría distraerse. Pero hacía demasiado 
poco tiempo que había vuelto, y no ha encontrado 
a nadie a mano. Entonces, llega mi carta, en el 
momento oportuno para que se acordara usted de 
mí. Y ha pensado: «¡Diablo! ¡Esa pobre Francis- 
ca!. . . Y en verdad, ¿por qué no? . . . Debe de con- 
sumirse de amor por mí, la infeliz. . . Pues bien; 
comencemos de nuevo por ella.» Pues ha errado 
usted el camino, querido Santiago; ¡esta pobre 
Francisca no le quiere a usted ya! 

santiago (después de una pausa) 

Entonces . . . ¡Tanto peor! 

FRANCISCA 

Le asombra a usted, ¿verdad? 



220 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿El qué? 

FRANCISCA 

Que sea posible no quererle, 

santiago {tristemente) 

No, Francisca; no me asombra ... Le aseguro 
que no me asombra, en absoluto. Es lo regular. . . 

francisca (después de una pausa) 

¿Por qué? 

SANTIAGO 

Por nada. Voy a darle sus cartas. Aquí están 
todas. (Se dirige a la mesa, saca el sobre que con- 
tiene las cartas y se lo entrega a Francisca) . Mire 
si falta alguna. 

francisca {mirándole) 
¿Qué le pasa a usted? 

SANTIAGO 

Nada. 

FRANCISCA 

¿Por qué se ha entristecido, de pronto? 

SANTIAGO 

¿Me he entristecido? 



221 



EDUARDO B O U R D E T 

FRANCISCA 

¿No seré yo quien le ha apesadumbrado? 

FRANCISCA 

No, Francisca. 

FRANCISCA 

Entonces, ¿qué es lo que le pasa? 

SANTIAGO 

¡No me pasa nada! ¡Absolutamente nada! Me he 
entristecido, porque . . . porque vamos a seperar- 
nos y no volveremos a vernos, 

FRANCISCA 

¿Y a usted qué más le da? 

SANTIAGO 

La echaré a usted de menos, Francisca. . . 

FRANCISCA 

¿Me ha echado usted mucho de menos, desde 
hace un año? 

SANTIAGO 

Quizá . . . 

FRANCISCA 

¡Qué gracia! ¡Me lo hubiera usted dicho! 

SANTIAGO 

¿Cómo? 



222 



LA PRISIONERA 

FRANCISCA 

Podía usted haberme escrito. . . Yo no se lo ha- 
bía prohibido^ 

SANTIAGO 

... Es verdad, 

FRANCISCA 

Ni una palabra. . . Ni siquiera una tarjeta pos- 
tal. . . ¡Nada!. . . ¡Y todavía quería usted que yo 
le quisiera! . . . ¡Sería verdaderamente demasiado 
estúpida, confiéselo! 

SANTIAGO 

Nunca se es estúpido por amar . . . 

FRANCISCA 

¡Por amarle a usted, sí! 

SANTIAGO 

¡Tiene gracia! 

FRANCISCA 

¿Qué es lo que tiene gracia? 

SANTIAGO 

Lo mal que me conoce usted, mi pobre Francis- 
ca. Me ve usted completamente al revés de como 
soy. 

FRANCISCA 

¡Ah! 



223 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Se lo aseguro. 

FRANCISCA 

¿De quién es la culpa, entonces? 

SANTIAGO 

¡Oh! Mía; lo reconozco. 

FRANCISCA 

Si usted es capaz de amar, ¿cómo no me lo ha 
demostrado nunca? ¿Por qué ha parecido siempre 
desdeñar el amor que yo sentía hacia usted? . . . 
¡Quizá llegue un día en que eche usted de menos 
aquel tiempo, Santiago! 

SANTIAGO 
Tranquilícese; lo echo de ¡menos ya, 

FRANCISCA 

No; todavía nc. Es usted demasiado joven- 
Pero. . . 

SANTIAGO 

¡No puede usted imaginar cuánto lo echo de me- 
nos, Francisca! . . . 

FRANCISCA 

¿Es de verdad? 

SANTIAGO 

Sí, 



224 



LA PRISIONERA 

francisca (desjmés de una pausa, mirándole) 

¡Es usted, realmente, el hombre más incompren- 
-sible que conozco! Con usted, las cosas llegan cuan- 
do ya no se las espera. . . y cuando es demasiado 
tarde. 

SANTIAGO 

¿Está usted segura? 

FRANCISCA 

¿De qué? 

SANTIAGO 

De que es demasiado tarde. 

FRANCISCA 

Sí. 

SANTIAGO 

Francisca . . . (Le coge una mano) . 

FRANCISCA 



Déjeme. 



SANTIAGO 



¿Está usted segura de que no hay en el fondo 
de usted. . ., en lo más recóndito. . ., un leve res- 
plandor. . . que podría reanimarse..., poniendo 
mucho cuidado, adoptando muchas precaucio- 
nes? . .'. Diga. 



225 



EDUARDO B O U R D E T 

FRANCISCA 

¡No! ¡No quiero! (Se levanta.) 

SANTIAGO 

¡Tanto peor! 

FRANCISCA 

¿Dónde están mis cartas? 

SANTIAGO 

En el suelo, (Las recoge.) 

FRANCISCA 

Démelas. 

SANTIAGO 

¿Quiere usted ser buena conmigo, por última 

vez? 

FRANCISCA 

¿Cómo? 

SANTIAGO 

Puesto que esto ha acabado; puesto que vamos 
a despedirnos y no nos volveremos a ver más .... | 
déjeme que la bese, 

FRANCISCA 

¡Está usted loco! 

SANTIAGO 

Se lo suplico. Quisiera, por una vez, por una 

sola vez. volver a ver sus ojos. 



226 






LA PRISIONERA 

FRANCISCA 

~ ¿Mis ojos? 

SANTIAGO 

Sí, ¡Oh! No sus ojos de ahora; no sus ojos . . . 
para todo el mundo, sino sus ojos de otro tiempo, 
unos ojos que yo conozco. . . 

FRANCISCA 

Mis ojos no piden gracia. . , 

santiago (acercándose a ella) 
¡Sí! ¡Esos! ¡Quiero volver a verlos, nada más 
que volver a verlos! 

FRANCISCA 

No, 

SANTIAGO 

Después, se irá usted. No la retendré, ¡se lo juro! 
Concédame esa alegría. (Quiere tomarla en sus 
brazos) .■ 

francisca (defendiéndose) 
¡No, no quiero! 

santiago 
¡Se lo suplico! 

francisca (suplicante) 
¡Déjeme! 

SANTIAGO 

¡Francisca! . . . 



227 



EDUARDO B O U R D E T 

francisca (como antes) 

¡Déjeme! ¡Se lo ruego!... ¡No quiero!... (Más 
débilmente) .. ¡No quiero!... ¡No qu...! (Sus la- ] 
bios se juntan. Ella se abandona,. El beso, muy lar- ¡ 
go, la deja, aniquilada, con la cabeza ecliada hacia 
atrás sobre el hombro de Santiago y con los ojos 
cerrados) . 

santiago [inclinado hacia ella, contemplándola y 
a media voz) 
iQué cosa más hermosa! 

francisca (débilmente, sin moverse) 
¿Cuál? 

SANTIAGO 

. . . ¿Una mujer! 

francisca (desasiéndose) 

Está usted satisfecho, ¿verdad? ¿Ha logrado us- 
ted lo que quería? Yo estaba casi tranquila, casi 
le había olvidado... ¡Ha sido preciso que venga 
aquí para proporcionarle el placer de atormentar- 
me de nuevo! . . . ¡Ah! ¡Dios mío, no sé lo que me 
haría! ... ¡Y sabía lo que me esperaba! ¡Lo sa- 
bía!.. 

santiago (sonriendo, yendo hacia ella) 

Mi Francisca querida . . . 



228 



LA PRISIONERA 

- . FRANCISCA 

¡Ah, no, no; no se vuelva usted a acercar, San- 
tiago, se lo suplico!... ¡Ha querido usted ver si 
conservaba su poder! Pues bien; una vez que lo 
ha visto, me parece que eso debe bastarle. 

SANTIAGO 

¿Cree usted, verdaderamente, que eso me 
basta? 

FRANCISCA 

No querrá usted comenzar otra vez a hacerme 
daño. 

SANTIAGO 

No, Francisca. 

FRANCISCA 

Entonces, déme mis cartas, para que pueda 
irme. 

SANTIAGO 

No. 

FRANCISCA 

¿No quiere usted dármelas? 

SANTIAGO 

Iré a llevárselas a su casa. 

FRANCISCA 

¡No! 



229 



EDUARDO B O U R D E T 

SANTIAGO 

Ahora mismo, 

FRANCISCA 

¡No quiero! 

SANTIAGO 

A eso de las cinco, ¿estará usted en su casa? 

FRANCISCA 

No; no estaré,; 

santiago {tiernamente) 
¡Sí! 

FRANCISCA 

¡En mi casa! ¡Está usted loco! 

SANTIAGO 

Me ha dicho usted que estaba sola en París. 

FRANCISCA 
i 

¡Pero no quiero que venga usted! 

santiago {la coge de los brazos y la obliga a -que 
le mire) 
¿No quiere? 

francisca {con menos seguridad) 
No. . . 

SANTIAGO 

¿De veras? ¿No quiere? 
230 



L A PRISIONERA 

francisca {en tono suplicante) 
¡No! 

SANTIAGO 

¡Francisca! . . . 

francisca {después de una pausa, bajando 

la cabeza) 
¡Oh!. . . Va a comenzar de nuevo. . . 

santiago 
¿Qué va a comenzar de nuevo? 

francisca 
¡Todo, como antes! 

santiago 
No; como antes, no. 

FRANCISCA 

¡Oh! 

SANTIAGO 

Lo verá usted. 

FRANCISCA 

¡Será completamente igual! 
SANTIAGO 

No s 

FRANCISCA 

¿Por qué? ¿Qué ha cambiado? 
231 



EDUARDO B O ü R D E T 

SANTIAGO 

Yo. 

FRANCISCA 

¿Usted cree que se cambia? 

SANTIAGO 

Se aprenden cosas nuevas ... Se instruye uno. 

francisca ( sonriendo) 
¿Viajando? 

SANTIAGO 

Viajando, sí. 

francisca 
¿Qué es lo que se aprende? 

SANTIAGO 

Se aprende a amar a la gente de nuestro país; 
figúrese, la gente que comprende lo que decimos. 
Resulta fatigoso hablar cuando no somos compren- 
didos. ¡Acaba uno por cansarse! 

francisca (sorprendido,, mirándole) 
¡Pobre Santiago! 

SANTIAGO 

No me compadezca: he encontrado una compa- 
triota. 

francisca (sonriendo) 
¿Soy yo la compatriota? 



232 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿No le parece? 

francisca (oprimiéndole amorosamente) 
Sí. 

santiago (estrellándola en sus brazos) 
Nos comprendemos los dos, ¿eh. compatriota 
mía? 

FRANCISCA 

. . .Sí. (Se contemplan un instante, sin decir 
nada.) ¡Oh, Santiago*. . . , esto es terrible! Si te 
quería ya tanto cuando eras tan áspero, ¿qué será 
ahora si empiezas a ser amable? 

SANTIAGO 

Me querrás un poco más; y se acabó. 

FRANCISCA 

¡Pero tengo tanto miedo de ser torpe y de no 
saber retenerte! . . . 

SANTIAGO 

Sí, Francisca; esta vez, me retendrás. 

francisca (contra él) 
¡Querido mío!. . . Soy feliz. . . 

SANTIAGO 

¿De verdad? 



23S 



EDUARDO B O U R D E T 

FRANCISCA 

¡Sí! 

SANTIAGO 

¡Ves cómo no eres torpe! ¡Lo que acabas de de- 
cir lo prueba! ... (Se oye el ruido de una puerta 
que se cierra. Santiago levanta la cabeza, sorpren- 
dido.) ¡Cala! (Se separan.) 

FRANCISCA 

¿Qué es eso? 

SANTIAGO 

Mi mujer que vuelve, sin duda. 

francisca (nerviosamente) 
¡Ah! ¡Lo estaba temiendo! 

santiago 
Está tranquila; no entrará.. (Escuchan algunos 
instantes, en süencio.) ¿Lo ves? . . . ¿Te has tran- 
quilizado? . . . Puedes salir: no encontrarás a 
nadie. 

FRANCISCA 

Pero. . . ¿vas a venir? 

SANTIAGO 

¡Olaro que voy a ir! 

FRANCISCA 

¿Ahora? 



234 



LA PRISIONERA 

santiago (llevándose a los labios la mano que eUa 
le tiende) 
En seguida. (Le abre la puerta, sale eUa y él la 
acompaña; al cabo de algunos instantes reapare- 
ce, seguido de Jorge, el criado.) 

JORGE 

La señora me ha dicho que la avisara en cuan- 
to el señor estuviese solo. 

santiago (contrariado) 

¡ Ah! . . . Pues bien; avísela . . , Y luego, me trae- 
rá usted el sombrero y el abrigo, 

JORGE 

Bien, señor. (Sale. Un momento después, apa- 
rece Irene por la izquierda.) 

SANTIAGO 

¿Estás ya de regreso? 

IRENE 

Sí. 

SANTIAGO 

No has tardado mucho. ¿Y ese cuadro? 

IRENE 

¿Qué cuadro? 

SANTIAGO 

El cuadro de Apraxine que querías comprar 



235 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

¡Ah, sí! 

SANTIAGO 

¿No lo has comprado? 

IRENE 

oírme? (En este momento, aparece Jorge por el 
oírme? (En este momento, aparece Jorge por él 
foro con el sombrero y el gabán de Santiago.) ¡Ah! 
¿Vas a salir? 

SANTIAGO 

Sí; pero dispongo de cinco minutos. (Al, criado.) 
Deje ahí eso. (El criado deja las prendas encima 
de una silla y sale.) Tú dirás. 

IRENE 

Esperaré a que vuelvas, 

SANTIAGO 

No. 

IRENE 

Te retrasarías. (El la mira, y se queda asom- 
brado de su aspecto extraviado.) 

SANTIAGO 

¿Qué te pasa? 

IRENE 

Nada. Te lo diré cuando vuelvas. 



236 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¡No! ¡Dímelo ahora mismo! 

IRENE 

No -corre tanta prisa. 

SANTIAGO 

Vamos: ¿qué te pasa? 

¡RENE 

Santiago, quisiera marcharme,.., dejar París. 

SANTIAGO 

¡Dejar París! 

Sí. 

¿Y por qué? 

Te lo suplico. 

SANTIAGO 

¿Qué significa eso? ¿Para ir a dónde? 

IRENE 

Podríamos irnos a vivir a Montcel, durante al- 
gún tiempo, si quieres. Papá no desea otra cosa. 
Me lo ha propuesto varias veces. No habría más 
que telegrafiar al administrador. Saldría a espe- 
rarnos con el auto, a Limoges. 

SANTIAGO 

Pero ¿por qué quieres abandonar París? ¡No 
hace un mes siquiera que hemos vuelto! 



237 



IRENE 

SANTIAGO 

IRENE 



EDUARDO B O U R D- E T 

■ 

IRENE 

Ya lo sé, 

SANTIAGO 

¿A qué obedece ese capricho? 

IRENE 

No es un capricho, 

SANTIAGO 

¡Entonces, explícate! 

IRENE 

Esperaba que . . . comprenderías. 

SANTIAGO 

¿Qué comprendería? 

IRENE 

Sí. 

SANTIAGO 

Pues» no; no comprendo^ 

IRENE 

Es preciso que me marche de París., 

santiago (violentamente) 
Pero ¿por qué? 

Irene (toda temblorosa y bajando la cabeza) 
He vuelto a verlas 

santiago 
¡Ah! . . . (Pausa.) ¿Dónde la has visto? 

IRENE 

En casa de Apraxine . . . Sabía que iba a ir allí. 
Me esperaba. 



238 



A PRISIONERA 

SANTIAGO 

¿Cómo lo ha sabido? 

IRENE 

¡Oh! Lo sabe todo. 

SANTIAGO 

¿Conoce, pues, a Apraxine? 

IRENE 

Lo conoció hace tiempo en Viena. 

SANTIAGO 

¿Tú lo sabías? 

IRENE 

Naturalmente que no. 

SANTIAGO 

¿Entonces . . . habéis hablado? 

IRENE 

Me ha hablado ella a mí. 

SANTIAGO 

¿Delante de Apraxine? 

IRENE 

No. 

SANTIAGO 

¿Qué te ha dicho? 

IRENE 

¡Oh! ... Ya no lo sé, 

SANTIAGO 

No quieres decírmelo. . . 



239 



EDUARDO B O U R D E T 

IRENE 

No me acuerdo ya; te lo aseguro . . . Apenas la 
he escuchado. 

SANTIAGO 

Sin duda, te habrá pedido que la visites. 

IRENE 

Sí. 

SANTIAGO 

¿Qué le has contestado? 

IRENE 

Que no quería. 

SANTIAGO 

¿Y ella entonces? . . . 

IRENE 

Me ha dicho«. . . que esperaría. 

SANTIAGO 

¿Hasta cuándo? 

IRENE 

Hasta que yo fuese. 

SANTIAGO 

¿Ya no se va, por tanto, a Suiza? (Irene mueve 
la cabeza.) Estará curada, probablemente. 

IRENE 

Dice que le da lo mismo morirse. 

SANTIAGO 

No se morirá; no tengas cuidado. Esa es la clá- 
sica amenaza. 



240 



LA PRISIONERA 

IRENE 

Ella no miente nunca. 

SANTIAGO 

¿Su marido no puede llevarla? 

IRENE 

Ya no viven juntos. Ella lo ha abandonado. 

SANTIAGO 

¡Ah! 

irene (después de una pausa) 
Santiago..., ¿es cierto que él vino a verte, 
hace un año? 

SANTIAGO 

Sí. ¿Cómo lo ha sabido? 

IRENE 

No me lo ha dicho. (Pausa). Le abandonó inme- 
diatamente después de aquello.) 

SANTIAGO 

Tanto mejor para él. ¿Y no tiene a nadie que 
pueda llevarla? 

irene (moviendo la cabeza) 
A nadie. (Conteniendo su emoción.) Esta 
iola . . . , completamente sola . . . 
santiago (después de Iwberla contemplado un 

momento en silencio) 
¡"Ah! ¡Es muy fuerte, hay que reconocerlo! 
(Irene se encoge de hombros.) ¿No ha de ser fuer- 



241 



EDUARDO B O U R D E 1 

te, para haber conseguido trastornarte hasta esc 
punto, desde el primer momento? 

IRENE 

¿Acaso sabes si ella no está más trastornad* 
que yo? 

SANTIAGO 

Naturalmente, ello formaba parte del espectácu 
lo. Lo que me extraña es que, viéndote en ese es 
tado, te haya dejado escapar, esta vez; que n 
haya tratado de retenerte . . . 

IRENE 

¿Crees que no lo ha intentado? 

SANTIAGO 

¿Entonces? . . . 

IRENE 

Para poder marcharme, he tenido que pram< 
terle que iré a verla en seguida. 

SANTIAGO 

iAh, bravo! Y. . . piensas ir, ¿di? 

IRENE 

Demasiado sabes que no. 

SANTIAGO 

¿Tendrás ese valor? 

IRENE 

Sí. 



242 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

Será duro para ti, ¿verdad? 

IRENE 

Sí, 

SANTIAGO 

¿Cuánto tiempo... podrás resistir? 

IRENE 

No lo sé. Por eso te suplico que nos vayamos. 

SANTIAGO 

Sí, Pues bien; vete. ¿Quién te lo impide? No me 
necesitas para ello. 

IRENE 

¿No quieres venir conmigo? 

SANTIAGO 

¡Noí 

IRENE 

¿Por qué? 

SANTIAGO 

¿Quieres saberlo? ¡Mírate! ¡Mira tu rostro! Esa 
expresión anhelante, esos ojos extraviados, esas 
manos que tiemblan, ¡porque has vuelto a ver- 
la. . ■. ¡He ahí por qué!. . . ¡Hace un año que vivo 
al lado de una estatua, y ha bastado que esa mu- 
jer reaparezca para que la estatua se anime, para 
que se convierta en un ser viviente, capaz de su- 
frir y de estremecerse! . . . Pues bien; renuncio al 



243 



EDUARDO B O U R D E T 

combate . . . ¿Comprendes, Irene? Renuncio. Te he 
amado más que a nada en el mundo, lo sabes, te 
lo he demostrado. Mientras he podido esperar que 
llegarías a quererme algún día corno yo mismo te 
quería, como se quieren un hombre y una mujer, 
con el corazón y con los sentidos; he aceptado per- 
manecer de guardia junto a ti. Pero basta ya. Re- 
nuncio a esa tarea ingrata e inútil. Guárdate tú 
sola, si puedes. A mí no me interesa ya. Se acabó. 
Estoy cansado de correr tras un fantasma. Aigui- 
nes lo sabía cuando me decía: «Déjala., Apártate 
de su camino. No es, para ti. No son para nos- 
otros.» ¡Tenía razón! . . . ¡Afortunadamente, hay 
mujeres que son para nosotros! 

IRENE 

La señora Meillant, por ejemplo. . . 

SANTIAGO 

Sí. 

IRENE 

¡He aquí mi recompensa por haber luchado 

tanto! 

SANTIAGO 

Yo no te lo he pedido. Tú has sido la que ha ve- 
nido a buscarme. 

IRENE 

¡Debiste rechazarme entonces! 



244 



LA PRISIONERA 

SANTIAGO 

¡Debiste no haberme dicho que podías amarme! 

IRENE 

¿Acaso yo lo sabía? . . . ¡He hecho todo lo que 
he podido por amarte! . . . ¡Hablas siempre de lo 
que tú has hecho! ¿Y yo? . . . ¿Acaso no has vis- 
to mis rebeliones? ¿Te has preocupado siquiera de 
ellas? . . . Me amabas, sí; pero a tu manera. 

SANTIAGO 

Lo siento, pero no conozco otra. ¿Era un amor 
platónico lo que esperabas de mí? 

IRENE 

Esperaba un poco más de ternura, y no sola- 
mente, eternamente . . , deseo. 

SANTIAGO 

Aborrecías con toda tu alma mi deseo, ¿eh? . . . 
I Vamos, dilo, sé franca, al menos . . . (Irene bajo, la 
cabeza, sin responder.) Pero, ibah! No lo digas; 
no vale la pena, ¡Hace mucho tiempo que lo sé! 
Irene (sin mirarle) 

¡Ah! 

SANTIAGO 

Nadie lo hubiera creído, ¿verdad? ¿Es eso lo 
que quieres decir? Pues bien; sé. feliz: ya estás 
libre de él. ¡No te lo impondré nunca ya, pierde 



245 



EDUARDO B O U R D E T 

cuidado! ¡Al fin, vas a poder respirar! ¡No más mo- 
lestias! ¡Se acabó! ¿No me das las gracias? 

irene (después de una pausa) 

Santiago, ¿no tienes nada más que decirme? 

SANTIAGO 

No; nada más, en verdad. Creo que nos hemos 
dicho todo cuanto podíamos decirnos ... La situa- 
ción ha quedado muy clara, ahora. Harás lo que 
quieras . . . (Coge el sombrero y el abrigo.) Me da 
igual. ¡Buenas tardes! (Sale. Ella le sigue con los 
ojos, sin moverse, con la mirada dura, y permane- 
ce aM por unos momentos, esperando que volve-i 
rá, quizá. Luego se sienta, pensativa, con la frente 
apoyada en la mano. Josefina, la donceUa, aparece 
por la derecha, Uevando unas flores envueltas.) 

IRENE 

¿Qué es esto? 

JOSEFINA 

Unas flores para la señora, que acaban de traer. 

(Las entrega a Irene, que desenvuelve él papel. 

Es un ramo de violetas como el del primer acto.) 

irene (después de haber contemplado las violetas 

en silencio) 

¿Quién las ha traído? 



246 



LA PRISIONERA 

JOSEFINA 

El florista, señora, 

IRENE 

¡Ah! (Pausa.) ¿No venía con ellas ninguna car- 
ta, está usted segura? 

JOSEFINA 

No, señora; nada, 

IRENE 

Está bien, Josefina; gracias. (La doncella sale. 
Irene continúa contemplando las violetas. Poco a 
poco, sus ojos se van llenando de lágrimas. Se acer- 
ca él ramo al rostro, lo roza con los labios y lo pone 
sobre su mejilla. Su mirada, tornándose dura, se 
vuelve por un instante hacia la puerta por donde 
Santiago ha salido; luego, se fija de nuevo en las 
flores y las contempla largo rato. Por fin, incapaz 
de resistir más tiempo a la llamada que emana de 
ellas, se levanta, gana la puerta de la izquierda, 
se vuelve por última vez, como si vacilase aún, 
y sale bruscamente. La escena queda desierta al- 
gunos instantes; luego, se abre la puerta del foro 
y aparece Santiago. Se detiene en el umbral, bus- 
ca a Irene con los ojos, vuelve a cerrar la puerta, 
se quita el sombrero y el gabán y se sienta ante 
su mesa, reflexionando. Se oye en este -momento 
el ruido de la puerta de entrada, que se cie- 



247 



EDUARDO B O U R D E 7 

rra. Santiago levanta la cabeza y Uama suave- 
mente.) 

SANTIAGO 

¿Irene? . . . (Se levanta, va hacia la puerta de la 
izquierda y llama de nuevo.) ¿Irene? . . . (Entra 
en la habitación, luego reaparece, sorprendido, y 
llama. Entra Jorge.) ¿Ha salido la señora? 

JORGE 

Sí, señor; en este momento. 

SANTIAGO 

¡Ah! (Pausa.) ¿No ha dicho nada al salir? 

JORGE 

No, señor,- 

santiago (después de una pausa) 

Está bien; gracias. (Se sienta. El criado va a 
retirarse, pero ai ver el sombrero y el gabán en- 
cima de una silla, vuelve.) 

JORGE 

¿El señor no necesita el sombrero y el abrigo? 
¿Puedo llevármelos? (Santiago, absorto en sus 
pensamientos, no le oye. Al cabo de un momento, 
levanta la cabeza y ve al criado, que espera.) 

SANTIAGO 

¿Qué quiere usted? 

248 






A PRISIONERA 

JORGE 

Preguntaba si podía levarme el gabán y el som- 
Drero del señor, 

santiago (después de una pausa) 

No. (Levantándose.) Démelos . . . Voy a salir yo 
también. (El criado le ayuda a ponerse el gabán, 
mientras cae el 



TELÓN.) 



249 



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LIBRO EN MADRID, EN LA 

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